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La ciudad Dorada

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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Vie 11 Ago 2017, 8:37 pm

Por fin llegaron a una pequeña casita redondeada, con una puerta en forma de arco.

Dejaron los ponys fuera para que retozasen en el prado y bebiesen agua de los muchos manantiales que había en los alrededores.

Ayudaron a Yasir a entrar y le acostaron sobre un blanco lecho que había preparado en un lado.

No había esquinas en la casa, pues era redonda, y tenía ventanas en forma de arco, como la puerta. Era una sola pieza y nuestros amigos vieron que había una mesita redonda en el centro, preparada suculentamente.

Había toda clase de manjares sobre ella: fuentes de fruta de muchas clases, algunas de ellas nuevas y desconocidas para los viajeros, pasteles y empanadas, zumos y panecillos,- mermelada y miel. Nuestros amigos lo contemplaron boquiabiertos,



'—¿Quién ha preparado todo esto? —preguntó Celeste, sin salir de su asombro.


—Yo —contestó una voz chillona y simpática a sus espaldas.


Al volverse vieron en el arco de la puerta una señora-huevo sonriendo ampliamente, con un delantal rodeando su enorme figura y cabellos ensortijados, de color calabaza.


—Os presento a mi compañera de fatigas. Ella es la madre de mis seis retoños —dijo orgullosamente Ishas


La señora-huevo se acercó bamboleándose y tendió su gordezuela mano, que estrechó con Itor y Celeste. En seguida que hubo hecho esto se acerco a una pequeña estufa de leña que tenía un cazo de barro humeando y tomando una toalla lo cogió y lo acercó al lecho de Yasir.


—Sabía que trairíais un herido —explicó mientras mojaba la toalla en la infusión, la escurría


y con ella limpiaba las heridas de los tobillos de Yasir.

Hasta ahora no se habían fijado en lo feas que estaban las heridas. Parecían incluso un poco ins fectadas. Itor y Celeste miraban el proceso ansiosamente.. Yasir encogió la cara con expresión de dolor cada vez que se le aplicó la compresa en las heridas. señora-huevo envolvió los dos tobillos con el paño húmedo y se dirigió a una alacena sacando de su interior un pequeño bote.


—Es un ungüento estupendo para golpes y magulladuras. Le aliviará el dolor en las articulaciones de los brazos y la espalda ----continuó explicando mientras desabrochaba la camisa a Yasir.


—¿Cómo sabía que le duele la espalda y los brazos, ycómo sabía que veníamos y cómo sabía que traíamos un herido y cómo...?


—Bueno, bueno —interrumpió Isha a Celeste------. No tantas preguntas, una detrás de otra. El sexo femenino suele tener una sensibilidad especial en ciertas áreas. A veces se le llama intuición, pero cuando va más allá se le llama visión. No en vano os vais acercando a la Ciudad del Gran Rey, donde todo lo sobrenatural ocurre a diario. Esto es sólo el comienzo, ya iréis averiguándolo sobre la marcha.


Ya Niga había terminado con su paciente y éste estaba profundamente dormido.


—Mañana estará nuevo, ya veréis —presagió alegremente—. Sentémonos a la mesa.


Acercaron taburetes de madera de haya para todos y comenzaron a devorar a pleno carrillo, con verdadero apetito.


--—iQué bueno está todo! —felicitó Celeste, sin dejar de poner mantequilla y miel sobre un panecillo--—. Hacía tanto que no comíamos... No sé cuánto tiempo hemos estado bebiendo sólo leche, he perdido la cuenta ya.


—Por cierto —comentó Itor---. ¿Te diste cuenta tú cuándo desapareció Provisión? Creo que se debió quedar donde acampamos antes de nuestro encuentro con los crustáceos.—Si no hubiera sido por ella no sé qué hubiéramos hecho, Ha sido una buena amiga.Lo que no entiendo es cómo nos bastó con aquella leche, tampoco se puede decir que sintiéramos hamre.


_ Claro - dijo con naturalidad Niga._ es que cuando se pasa la primera montaña y se bebe de las aguas que aplacan la sed, ya no se vuelve a tener sed. Luego el cuerpo sólo está preparado para tomar leche, pues todos los alimentos que encontrareis son nuevos y no se pueden digerir al principio.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Vie 11 Ago 2017, 9:27 pm

Cuando el cuerpo está ya acostumbrado a la leche --—continuó explicando Isha— se puede seguir con alimentos más sólidos.

—Parece que está todo perfectamente planea¿No es así? —comentó Itor—-. Así que aunque se pasen algunos ratos malos, no hay de qué preocuparse.


—Bueno, queridos —dijo Niga cariñosamen• te—. Si habéis comido suficiente podéis acostaros en esos lechos que os preparé en aquel lado. Yo me acostaré cerca de vuestro compañero por si necesita algo durante la noche. Vosotros debéis descansar. Les diré a los pequeños que no hagan ruido.


Los niños-huevo se habían sentado silenciosamente a comer y casi nadie había notado su llegada mientras escuchaban interesados las explicasciones de Isha y sus compañeros. Los seis se bajaron de sus taburetes y se fueron al lado de la pared, donde se acomodaron encima de unas pieles y se quedaron dormidos casi al mismo tiempo que nuestros amigos.


Yasir abrió sus ojos al darle en la cara una fuga de aroma de pastel de moras, Estiró los brazos y las piernas y movió la cabeza de un lado a otro; Luego se sentó y se quitó las vendas que cubrían sus heridas.



_ —¿Qué me has puesto, Niga? —--preguntó sonriente--—. Me siento nuevo, casi no me duelen los tobillos y tengo ganas de correr.


—Me alegro mucho ---repuso ella acercándose al lecho—. Ahora debes desayunar. Anoche no cenaste y seguro que tienes hambre.


—Ya lo creo. Estoy deseando probar ese pastel de moras que me ha sacado de mi sueño con su aroma apetitoso. Gracias por tus cuidados, me siento mucho mejor —dijo Yasir agradecido.



Niga se fue bamboleándose hacia la portezuela y llamó a los niños y a Itor, Isha y Celeste, que paseaban en el prado. Se sentaron todos a desayunar con buen apetito.

Después del desayuno llegó Onix, que había pasado la noche en su casa, y se encaminaron hacia el palacio. El camino de casa de Isha hacia el palacio era maravilloso. Caminaron por prados verdes, salpicados aquí y allí por florecillas silvestres, margaritas, amapolas y otras clases. Bordearon una pequeña laguna de aguas transparentes y tranquilas, donde se deslizaban suavemente bellos cisnes, de blancura impecable. Nuestros amigos se pararon a contemplar su majestuosa estampa.

Eran, por cierto, algunos de ellos los mayores cisnes que habían visto los muchachos; Celeste pensó que le gustaría poder sentarse cómodamente entre su plumaje y dejarse llevar silenciosamente de un extremo al otro del lago, acariciando la superficie del agua con la punta de sus dedos.

Alegremente iban charlando cuando vieron a pocos pasos unos hermosos jardines primorosamente cuidados, rodeados de piedrecitas blancas, para dar a entender que no se debían pisar. Infinidad de flores, de diversas especies, se ,veían en cualquier parte donde uno fijase la 'mirada. Era un lugar multicolor, trabajado con esmero y con un gusto exquisito.



—Buenos días —saludó una voz a sus espaldas.


—Os presento a Ivy, el que cuida, con cariño, cada una de estas plantas —anunció Isha.



Un sonriente y bronceado ser-huevo les miras ba con expresión jubilosa, sosteniendo herramienta artesanas de jardinería en ambas manos.


, ---EI rey os espera —dijo-—. Está leyendo en el jardín de atrás.


Entre las plantas y árboles frondosos apareció una casa ovalada como la de Isha, pero diez veces mayor en anchura y tres veces más alta. A lo largo de sus paredes aparecían multitud de ventanitas redondas y varias puertas ovaladas.

Cuando llegaron a pocos metros de la casa, varios soldados-huevo les salieron al paso y, tras conocer su propósito, les dejaron pasar, escoltándoles hasta tla misma presencia del rey-huevo, que tranquilamente tomaba el sol en el jardín trasero de su palacio, mientras meditaba en lo que acababa de leer en los pergaminos que sostenía en las manos.

Se levantó a estrecharles las manos y después les hizo sentar en cómodas butacas en el hermoso jardín del palacio. Al momento llegó una alegre

sirvienta trayendo una bandeja con una enorme jarra de zumo de granadas y copas para todos. Aquella bebida ayudó a los muchachos a recuperar la energía y les quitó todo resto de cansancio del viaje. Rodeados de flores de tantos colores  y árboles y arbustos primorosamente cuidados, se sentían privilegiados de haber conocido un lugar tan hermoso.

El rey-huevo les preguntó algunos detalles de su viaje„ Quiso saber si los tres habían bebido de la fuente "de las aguas que aplacan -la sed ,mostró satisfecho al contestarle afirmativamente.También le agradó saber que poseían una copia de los pergaminos y que la examinaban con frecuencia.



—Ahora que estáis empezando a  tomar alimentos sólidos, ya estáis preparados para afrontar nuevas y más duras dificultades —les dijo el rey-huevo-—. Durante el tiempo que habéis tomado sólo leche no hubiérais tenido fuerzas para combatir con enemigos muy peligrosos y afortunadamente para vosotros, los seres-huevo vigilan fielmente la zona de los crustáceos y salieron oportunamente a socorreros, aunque tengo entendido que combatisteis con mucha fuerza y valor. Se ve que la leche de Provisión había hecho su efecto en vosotros.


—Sí, llegó muy a punto —asintió Celeste-—; Sin ella hubiéramos perecido.


—Debes recordar siempre —dijo el rey con dulzura, pero con firmeza— que no tienes que preocuparte de tu sustento, ni de tu salud, ni de tu cobijo. Tu único empeño ha de ser llegar a la Ciudad Dorada, descubriendo cada día el .lugar por donde debes andar y, sobre todo, andar el camino con gozo. Tanto si es un camino bordeado de flores, semejante al lugar en que estás ahora, como si es un camino de espinos y empinado, tienes que aprender a andarlo contenta y confiando que llegarás a la meta. Hasta ahora se te ha permitido protestar y rezongar, pero a partir de ahora, que ya has tenido suficientes pruebas de que hay quíen te cuida, ya no se te permitirá murmurar ni, quejarte. ¿Aprenderás pronto?


—Así lo espero —contestó Celeste ' avergonzada—; Ya sé que he sido muy incrédula y pesimista. Mis amigos han tenido mucha paciencia conmigo. Haré un esfuerzo por cambiar.


—Así me gusta —repuso contento el rey—. Veo que tu actitud es humilde y con deseo de mejorar, y esto es lo único que hace falta. Estando en una buena disposición, el cambio está garantizado.


—¿Cuánto nos falta para llegar a nuestro destino? —-preguntó Yasir impaciente.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Vie 11 Ago 2017, 9:49 pm

—Es una pregunta que no puedo responder —repuso con seriedad el rey—. Ni siquiera sé cuán hábilmente seguiréis el camino, si os desviaréis con frecuencia, perdiendo tiempo hasta volver al camino, o si tendréis sabiduría suficiente para no apartaros del camino en ningún momento. Cada vez que os apartéis del camino, será un atraso en vuestro viaje, y tendréis que regresar al lugar desde el cual os desviasteis o tendréis que seguir adelante a trompicones hasta que encontréis nuevamente el camino, en algún lugar más avanzado.


—Entonces ¿debo entender que ahora nos hemos desviado del camino y debemos volver al lugar donde la tormenta nos sorprendió, obligándonos a desviarnos? —preguntó Itor.


—Es algo difícil de entender —contestó pacientemente el rey---. Voy a intentar explicároslo. Sólo hay un camino para llegar a la Ciudad Dorada, es el camino del amor, de la fe y de la esperanza. Pero hay diversos lugares por donde andarlo y sólo el Gran Rey sabe cuál es el mejor por el cual cada uno debe andar. No todos andarán los mismos pasos, pero todos andarán el mismo camino, y llegarán al mismo lugar. Lo que a veces puede parecer: una desviación del camino, resulta ser los pasos que uno necesita dar. Éste ha sido vuestro paso por la tormenta, que os obligó a desviaros del camino que vosotros pensábais era el más directo, es decir, alcanzar la siguiente hilera de montañas e intentar escalarlas.


—¿Y no es ese el camino que debemos andar? —preguntó Celeste sorprendida.


—Si la tormenta no os hubiera sorprendido, hubíérais llegado al pie de las montañas grises y sin duda habríais caído en manos de los habitantes de las montañas grises, que devoran todo ser humano que se desvía del camino. Creyendo que están en el camino van a caer en la trampa del enemigo. Os prevengo desde ahora que penséis muy cautelosamente y os aseguréis antes de tomar una dirección.


—iCaramba! ---exclamó Itor con un silbido---Me siento responsable por ser el guía de la expedición. Debí consultar los pergaminos con más atención.



—No te culpes, Itor —le tranquilizó el rey—. Cada uno es responsable de sí mismo y libre para elegir los pasos a dar, pero también es cierto que tu madurez te da la responsabilidad de hacer tu tarea a conciencia y de no hacer tropezar a los más inmaduros.


—Tendré más cuidado —aseguró Itor.


—Así que cuando yo merodeé por el bosque en busca de leña y fui a caer en las garras de los cangrejos, también estaba dentro de nuestros pasos ¿no es así? ---observó Yasir—. Pues de no ser así, nunca os habríamos conocido,


—Cierto, querido amigo —asintió, sonriendo, el rey-—. Veo que lo vais entendiendo.



En esos momentos se oyó el tintineo alegre de una campana que llamaba a comer, Se había pasado la mañana sin darse cuenta, tan enfrascados que estaban en la conversación.

Fue de gran valor para los muchachos toda la información que el rey les proporcionó.

Celeste se había propuesto firmemente no quejarse tanto en -los momentos futuros de dificultad. Itor se había dado cuenta de su gran responsabilidad de no equivocarse en los pasos que habían de dar y de que los demás no tropezasen por su falta de sabiduría al elegir el lugar por donde andar. Yasir se había maravillado al ver con mayor claridad que el Gran Rey estaba interesado en ellos y ahora estaba seguro de que, mientras ellos pusieran de su parte, recibirían los empujones necesarios para no salirse de los pasos que les convenía dar. Había sido una conversación inolvidable para los tres.

Tuvieron que agachar las cabezas para pasar por la ovalada puerta del palacio, especialmente Yasir, que era el más alto. Celeste casi no tuvo que agacharse, pues el arco de la puerta medía un metro y medio aproximadamente y ella no medía mucho más. Al entrar se encontraron en una estancia con el suelo de madera, que crujía bajo sus pies al avanzar.

las paredes se podían ver verdaderas obras de arte, pues los seres-huevo no colgaban cuadros de las paredes de sus casas, sino que pintaban directamente sobre ellas paisajes y flores.

Al pasar, a través de un arco sin puerta, a la siguiente estancia, les llegó el delicioso aroma de lo que los sirvientes del rey habían estado guisando y se dieron cuenta de que tenían hambre otra vez.


Ésta era una estancia amplia en la que había multitud de pergaminos apilados, en estantes de madera, y varios seres-huevo, sentados en acogedores rincones, ocupados en el estudio de los rollos. Estos ni levantaron la vista al pasar los muchachos y el rey, pues estaban tan enfrascados en su lectura que no los vieron entrar.


—-Son los ministros del país ——explicó el rey--. Cada uno gobierna un área distinta y así yo no tengo que hacerlo todo.


Tomaron una escalera que llevaba al primer piso, donde había un comedor enorme ya dispuesto para los comensales. En un rincón había un grupo de seres-huevo que tenían un instrumento cada uno. Al entrar los muchachos y el rey comenzaron a tocar con júbilo y algunas de las sirvientas comenzaron a danzar en corro.


La música era muy alegre y los muchachos se sintieron tan felices y a gusto que no pudieron evitar unirse al grupo que danzaba en el centro de la estancia. El rey también se unió y dieron vueltas y, saltaron hasta que no pudieron más. La música siguió mientras saboreaban los exquisitos manjares que les habían preparado con cariño.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Lun 14 Ago 2017, 10:50 pm

Un paso más: Cap-8

Qué interesante la charla con el rey!, ¿verdad? —comentó Yasir mientras regresaban a casa de Isha.-

—Mucho —contestó Celeste-—. Me pregunto cómo vamos a pasar al otro lado de las montañas grises si sus habitantes tienen la intención de devorarnos.


—Vais a necesitar un guía —intervino Isha—.Por lo menos hasta que alcancéis el pie de la ladera oriental. A partir de allí tendréis que .atraversar solos el desierto.


—¿Desierto? —preguntó Yasir sorprendido----; ¿Es eso lo que nos espera al otro lado de la montaña?


—Así es —repuso Isha—. Pero no desfallezcan vuestros ánimos. Otros lo han cruzado y han llegado victoriosos al final. Sólo se trata de hacer lo que el rey os ha explicado: andar los pasos que os conviene andar.


—¿Hay manantiales en el desierto? —preguntó Celeste preocupada,


—¿Para qué quieres manantiales? —preguntó Isha sonriendo---. ¿Tienes sed?


bueno...en realidad, ahora no —respondió  la muchacha vacilando-—, pero cuando llevemos varios días sin beber, tendremos sed, —


Pero ¿no bebistéis de la fuente de las aguas que aplacan la sed? —preguntó Isha.


Los muchachos respondieron afirmativamente.


—Pues no os preocupéis más —les tranquilizó Isha——. La fuente de las aguas que aplacan la sed forma parte de un río subterráneo que viene directamente de la Ciudad Dorada. Este río se encuentra bajo el camino que va a la Ciudad. Siempre que tengáis necesidad de beber, buscad el agua y la hallaréis. Si no halláis el agua es porque os habéis desviado del camino.



—Hola —saludó Niga, agitando el brazo desde

la ovalada puerta de su casita. Luego desapareció en su interior y cuando llegaron, al cabo de unos minutos, vieron la cazuela de barro humeando sobre el fuego. Aspiraron el aroma de las hierbas mientras les servía una taza a cada uno.


—iQué bien nos cuidas, Niga! —comentó Itor agradecido—. Te echaremos de menos en nuestro viaje.


He estado hablando con el rey —dijo Isha—, y me ha dicho que debéis tomar un tiempo de descanso antes de proseguir el viaje. Debéis alimentaros bien y descansar antes de emprender nueva; mente el camino. También es necesario que profundicéis en el estudio de los pergaminos para evitar errores en cuanto a los pasos por los cuales debéis andar. No olvidéis que el camino a la Ciudad ya está hecho, pero hay que descubrir cada paso.


—¿Quién ha abierto el camino? —quiso saber Yasir,


—Eso es algo muy misterioso y difícil de entender —repuso Isha—. Sólo hay uno capaz de abrir el camino entre las fortalezas y la Ciudad Dorada y éste es el hijo del Gran Rey.


—Claro —exclamó Itor  jubiloso-- Sabía que había leído algo de eso en los pergaminos; pero no he leído bastante y no he entendido casi nada.


—El hijo del Gran 'Rey vive en la Ciudad Dorada y siempre ha vivido allí, excepto un período de su vida que pasó en una de las fortalezas. Vino para darse a conocer a los humanos y para hablarles de la Ciudad Dorada y del Gran Rey, pero casi ningún humano se interesó en él y tampoco le creyeron.


—iCaramba! —exclamó Celeste—. Debió entristecerse mucho después de haber dejado el lugar tan maravilloso donde vivía con su padre y haber venido a una fortaleza fría y gris y que no le creyeran.

—Sí, es muy triste —asintió Isha—. Los hombres de la fortaleza se pusieron de acuerdo para matarle, y él se dejó matar, pues tenía un plan especial que sólo se podía cumplir si iba a la muerte. —Pero entonces —


interrumpió Yasir—,


_si le mataron, ahora el Gran Rey vive solo.


—No, no terminó ahí la historia —explicó Isha—. Después de tres días se despertó de la muerte, con un nuevo cuerpo, y abrió el camino para que los que quisieran seguirle pudieran llegar a la Ciudad Dorada.


—Será maravilloso conocerle cuando lleguemos —dijo Itor con admiración—. Si no fuera por el camino que él ha abierto, nadie podría ir a la Ciudad Dorada y estaríamos condenados a vivir siempre en las fortalezas.



Nuestros amigos pasaron una temporada larga en el país de los seres-huevo reponiendo fuerzas y estudiando los pergaminos en el jardín Isha y Niga. Cuando el otoño estaba tocando a



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Lun 14 Ago 2017, 11:16 pm

Nuestros amigos pasaron una temporada larga en el país de los seres-huevo reponiendo fuerzas y estudiando los pergaminos en el jardín Isha y Niga. Cuando el otoño estaba tocando a

su fin y llegaron los primeros días del invierno, empezaron a sentir deseos de proseguir su viaje hacia su destino.

Eran muy felices en el país cálido y florido de los seres-huevo; allí no se sentía el frío del invierno ni el cansancio de las piernas y cada día podían bañarse en las aguas cristalinas de los lagos. Pero sabían que aquél ya no era su lugar y no proseguir sería una forma de apartarse del camino, pues ya era tiempo de dar los siguientes- pasos.

Decidieron ir a consultar al rey-huevo para saber por dónde seguir.

El rey les recibió con mucho cariño y charlaron por última vez en su jardín lleno de color y del zumbido de las abejas que picoteaban de flor en flor, bajo las ramas de los abedules y el trinar de los cientos de pájaros que revoloteaban sobre sus cabezas, llenando el lugar con sus cantos.

Les dijo que al amanecer enviaría a unos de sus soldados para escoltarles hasta la salida del país, pues no se podía salir a través de la catarata, ya que aquélla era sólo para entrar en el país. La salida les quedaba cercana al comienzo del desierto y era probable que no encontraran ninguno de los moradores de las montañas grises, aunque no era seguro.

La despedida fue algo triste, pues ya unos lazos muy especiales unían sus corazones a los de los seres-huevo, aquellos personajes cariñosos y felices que tan oportunamente habían salido a su encuentro.

Abrazaron fuertemente al rey y Celeste no pudo evitar que unas cuantas lágrimas resbalaran por sus mejillas al cruzar por última vez el frondoso jardín impregnado del olor de jazmines y pensamientos, rosas y claveles.

Muchas tardes se habían sentado bajo aquellas ramas verdes, disfrutando de la paz de aquel lugar, Bajo ellas sú fe se había fortalecido al profundizar en el estudio  de los pergaminos y compartir con el rey las maravillas de la Ciudad Dorada, y se sentían Con más fuerza para reanudar su aventura,aunque les invadía cierto cosquilleo cuando pensaban en los peligros venideros.

Al rayar el alba se despertaron con esa sensación de expectación que se siente ante lo desconocido.

Desayunaron poco, pues estaban un poco nerviosos para saborear lo que Niga había preparado.

Ésta les dio tres bolsas repletas de provisiones y un fuerte abrazo.

Onix había venido a despedirles también.

Cuando llegó el soldado del rey partieron en dirección este, sobre los suaves prados que rodeaban el hogar de Isha e Niga y sus seis retoños agitaron los brazos desde el umbral de la puerta hasta que les perdieron de vista.


Caminaron por los prados, entre flores y mariposas, toda la mañana. En las redondas casitas que les iban saliendo al paso se veían seres-huevo, ocupados en sus tareas matutinas, silbando y cantando alegremente.

Por fin vieron un grupo de sauces que descolgaban tristemente sus brazos agitados por la brisa en una suave danza. Al acercarse vieron que tras ellos se ocultaba un bello lago de aguas verdes que reflejaban las ramas de los árboles y las siluetas de los pajarillos que volaban sobre él.


—Hemos llegado al fin de nuestro trayecto —anunció Isha con cierta tristeza en su voz—. Os dejamos en manos de Albin, un buen guía.



Juntando sus labios sin apretarlos Albin dejó salir un chorro de aire emitiendo un silbido tremolante. Esperaron bajo los sauces en silencio hasta que al cabo de unos minutos, al otro extremo del lago vieron cuatro siluetas blancas que se deslizaban por encima de las serenas aguas,



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Lun 14 Ago 2017, 11:39 pm

—i Qué bellas criaturas! —exclamó Celeste al acercarse suavemente a los cisnes—. iQué enormes y majestuosos!


—Siempre os recordaremos —dijo Isha abrazándoles.

—También nosotros —respondió Itor-—. Gracias por estar a punto cuando más os necesitábamos.

—Hemos pasado un tiempo muy feliz entre vosotros —dijo Celeste abrazando a Isha y a Onix.


—Marchar ya, las despedidas son tristes —recomendó Onix—. Los cisnes os esperan.


'—¿Quieres decir que- vienen con nosotros? —preguntó Yasir extrañado.


—No, no van con vosotros —respondió Isha sonriendo-—. Vosotros vais con ellos, mejor dicho, sobre ellos.


—¿En serio? —preguntó Celeste encantada—. Jamás pensé que un ser tan bello se dejaría montar.



—Es su trabajo —contestó Albin, que hasta ahora no había hablado—. Cada uno tenemos una tarea que desempeñar. Ellos lo harán contentos, pero no les hagamos esperar más.



Se cargaron las bolsas a la espalda, metiendo en ellas sus zapatos para no mojarlos, ya que tendrían que introducir buena parte de las piernas en el agua. Se arremangaron los pantalones hasta más arriba de las rodillas y se acomodaron entre las suaves plumas de sus blancas cabalgaduras,

Al momento éstas empezaron a deslizarse con suavidad sobre las frescas aguas y pronto Isha Y Onix eran dos puntitos en la orilla. Los muchachos sintieron nostalgia. No verían más a sus que ridos y alegres amigos.

Por largo rato se deslizaron así sobre las aguas verdes y silenciosas, sin decir palabra, admirando  el paísaje y havia tranquilidad de aquel remanso de paz.

Sobre ellos un cielo azul turquesa„ reflejando su color sobre el centro del lago; a izquierda y derecha los bordes del lago reflejando el verde de los sauces; bajo sus pies, la vegetación en el fondo ondulando con el vaivén de las aguas.

Cabalgaron sobre las interminables aguas, siempre acompañados de la hilera de sauces que poblaban las orillas del lago.

Albin era un guía silencioso que sólo habló al cabo de largo rato para preguntarles si deseaban parar a comer. Celeste dijo que sí, agradecida, ante todo porque no deseaba apresurar el comienzo de su viaje por el descíerto, temiendo secretamente encontrarse con alguno de los siniestros habitantes de las montañas grises, que les quedarían a la izquierda al salir del país de los seres-huevo.


Los cisnes se arrimaron a la orilla del lago y los viajeros se bajaron contentos de poder estirar las piernas. Comieron del delicioso pastel de zanahorias que Niga había colocado en sus bolsas y después se tumbaron unos minutos sobre la hierba, a la sombra de los sauces.


—Pienso que pasará bastante tiempo hasta que disfrutemos de un lugar tan hermoso como éste —dijo pensativamente Celeste.

. —Así es —asintió Albin-—. Pero cuando atraveséis el desierto y lleguéis al remanso de paz, lo apreciaréis mucho más que si no tuvierais la oportunidad de conocer el desierto. No olvidéis nunca que el río de la fuente de las aguas que aplacan la sed corre bajo vuestros pies.


Montaron nuevamente sus cabalgaduras silenciosas y prosiguieron su navegación.

Celeste recordó aquel trayecto como el más maravilloso de todos, hundida entre las suaves y tibias plumas, blancas como la nieve, mecida suavemente .......



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Miér 16 Ago 2017, 7:43 pm

Montaron nuevamente sus cabalgaduras silenciosas y prosiguieron su navegación.

Celeste recordó aquel trayecto como el más maravilloso de todos, hundida entre las suaves y tibias plumas, blancas como la nieve, mecida suavemente  al compás de los movimientos gráciles de las extremidades incansables de aquellas sumisas criaturas, que no ofrecían la menor resistencia a ser utilizadas como navío por desconocidos de otro mundo.

Aún atravesaban el lago cuando el sol se ocultó tras las copas de los sauces en la orilla occidental.

Albin dijo que aunque faltaba poco para llegar a su destino, sería más conveniente pasar la noche en un lugar seguro como aquel y no pasar al otro lado, sin saber dónde pasarla. Así que se pararon nuevamente, comieron algo, con más apetito que la vez anterior, y se acomodaron en la hierba bajo los sauces.

Cuando amaneció, Celeste sintió cierto cosquilleo en el estómago al darse cuenta de que ya no estaba en casa de Isha, sino camino a lo desconociclo.

Se sentó a contemplar las aguas del lago, que ya brillaban con los destellos naranjas y amarillos de los primeros rayos del sol. En la orilla, a pocos metros de ellos, cuatro formas de blancura impecable aparecían contrastando con el verde de los prados y el azul del cielo.

Aquellos fieles animales sabían que su trabajo aún no había terminado y esperaban pacientemente a que los viajeros diesen la orden de salida. Después de lavarse y de saborear un buen desayuno, acompañados del trinar mañanero de los miles de pajarillos tenían sus nidos en aquellos parajes, reanudaron la navegación.

Navegaron un corto trecho, tras el cual llegaron al borde oriental del lago y se dirigieron hacia una pequeña colina, detrás de los sauces, dejando a los cisnes descansando en las tranquilas aguas.



—Tendremos que calzarnos ahora —recomendó Albin—--. Aquí acaba la mullida alfombra de césped. Ésta es la gruta que comunica con el  mundo del cual Os acompañaré hasta la Salida,


Se pusieron los zapatos y, siguiendo a Albin, penetraron en un agujero de una altura aproximada de un metro, agachándose y abriéndose paso entre las ramas del arbusto que lo ocultaba. La entrada a la gruta quedaba totalmente escondida tras unos frondosos arbustos de tal forma que, de no haber llevado un guía, ni hubieran imaginado que hubiera gruta alguna.

Anduvieron agachados unos ,veinte metros por un estrecho y húmedo pasadizo, hasta que llegaron a un ensanchamiento en el cual pudieron enderezarse.


—Menos mal —exclamó Yasir agradecido—. Tenía ya un buen dolor de riñones de ir encorvado.


—Si no fueras tan alto no te pasaría —dijo Itor bromeando--—. Celeste y yo no tenemos tanto problema para meternos en lugares estrechos y a Albin aún le sobraban unos centímetros andando totalmente derecho.


—Todo tiene sus ventajas y sus desventajas —objetó Yasir—; vosotros no alcanzáis a ciertos lugares que yo alcanzo con sólo estirar el brazo.


—Es así para que nos necesitemos los unos a los otros —intervino Albin, que rara vez hablaba—. Ninguno somos completos sin los demás. Nos complementamos los unos a los otros, por eso vivimos en sociedad. De no ser así, viviríamos aislados.


—i Qué lugar sorprendente! —comentó Itor mirando a su alrededor—. Ahora se me empiezan a acostumbrar los ojos a la oscuridad y empiezo a diferenciar formas.


—¿Qué es ese sonido? —preguntó Celeste.


Guardaron silencio unos segundos.


—Es el goteo del agua —explicó Albin---Continuamente caen gotas tras hora, día. tras día, año tras año, y así se forman esas curiosas formas que podéis ver forzando un poco la vista, Dentro de un poco veréis mejor; los ojos se adaptan increíblemente a la oscuridad.-


—Estalactitas y estalagmitas —dijo Itor---, Miles de gotas cayendo una tras otra, en un mismo punto, dejando sus residuos invisibles en el momento que caen, dan forma con el paso de los años a figuras formidables que cuelgan del techo, como puntas de lanza, y que emergen del suelo como torres de castillo.


—Cogeos de las manos y seguidme —ordenó Albin.



Abriéndose paso entre las múltiples y diversas formas, lentamente, atravesaron la estancia en que se hallaban. Albin tenía una destreza admirable v guiándoles por los lugares más apropiados, aun en momentos que parecía que no había por dónde pasar. Caminaron como media hora hasta que llegaron a un lugar donde ya no se podía seguir, pues la pared les cerraba el paso de frente, a izquierda y a la derecha.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Miér 16 Ago 2017, 8:17 pm

—Bueno, queridos amigos —dijo Albin cariñosamente—-. Mi trabajo ha terminado y puedo deciros que aunque ha sido poco el tiempo que he compartido con vosotros, me siento unido a vosotros en mi corazón.


—También nosotros, Albin —dijo Itor abrazándole—. Muchas gracias por habernos acompañado hasta aquí.


Albin les indicó una grieta en la pared, de una anchura aproximada de medio metro, entre dos enormes rocas, y dijo:


"—Debéis escurriros entre esas dos rocas, arrastrándoos sobre los codos y el estómago, hasta que lleguéis al final del paradizo. Iréis a caer dentro de un pozo sin agua cuya boca está tapada por las ramas de una zarzamora. Podréis escalar las paredes sin dificultad, pues tiene abundantes salientes rocosos para que apoyéis los pies y las manos; Cuando hayáis atravesado la zarzamora tomad rápidamente hacia, la derecha, para alejaros de las montañas grises, y luego seguid de frente hacia el oriente a través del desierto.


—Así lo haremos . -—aseguró 'Yasir—. Gracias por todo.



Itor se metió el primero, arrastrándose sobre el estómago y ayudándose con los codos para avanzar. Cuando desaparecieron sus pies, Celeste se internó tras él y finalmente Yasir desapareció por la hendidura en la peña.

Lenta y trabajosamente, nuestros amigos se arrastraban por el pasadizo, con el espacio justo para no dar con la cabeza en el techo. Tenían que ir de uno en uno porque no había anchura para dos a la vez.

Al cabo de lo que a Celeste le parecieron horas, pero que en realidad fueron unos minutos, Itor vio cierta claridad frente a él y enseguida animó a sus compañeros diciendo que estaban llegando al otro lado del túnel.

Por fin salieron, sudorosos y cansados, y se sentaron en el suelo de lo que parecía un pozo seco.

Las paredes rocosas ofrecían agarraderos para la escalada, aunque a Celeste no le hacía gracia, ya que tenía bastante vértigo, y no le gustaban las alturas, aunque se tratase sólo de unos metros.

El pozo hubiera parecido oscuro para alguien que lo hubiera podido mirar desde arriba, pero a nuestros amigos no les parecía tan oscuro, pues sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad de la gruta y del túnel, y el pozo era menos oscuro. Gracias a esto pudieron ver, con bastante  claridad, dónde poner las manos y los pies durante la escalada .

Cuando , habían descansado un rato y se sentían animados, Yasir comenzó a subir con su bolsa a la espalda. Celeste le siguió con bastante miedo, pero no lo dijo porque quería aprender a ser valiente, y finalmente Itor comenzó también a escalar.

Las paredes del pozo tenían: una altura aproximada de nueve o diez metros, como una casa de tres pisos. Desde luego, si Celeste hubiera cometido la torpeza de mirar hacia abajo cuando estaba a mitad de camino, seguramente el estómago le hubiera dado un vuelco. Al ir subiendo iba entrando un poco más de claridad, a pesar de que las ramas cubrían bastante tupidamente la boca del pozo y el fondo del pozo aparecía gris y poco acogedor.

Si cualquiera de ellos hubiera resbalado y caído al fondo, seguramente se habría roto algunos huesos. Por fin, Yasir llegó al borde. Se abrió paso por entre las ramas de la zarzamra y se encontró a poca distancia de las montañas grises, en un lugar frío y desolado.

El viento corría chocando contra las piedras y el cielo se hallaba encapotado como si de un momento a otro fuese a descargar una gran lluvia.



—Alejémonos pronto de aquí —dijo Celeste con un estremecimiento—. No me gusta este lugar.


—No es muy acogedor, que se pueda decir —estuvo de acuerdo Yasir—.¿Hacia dónde vamos ?


—Albin dijo que nos apresurásemos hacia la derecha para alejarnos de las montañas grises, que quedan a nuestra izquierda, y no muy lejos, por cierto —recordó Itor.



La vegetación consistía en escasos matorrales y algún que otro arbolito solitario de poca altura y delgado tronco. El viento les golpeaba con fuerzas las espaldas, echándoles el cabello hacia adelante, como si quisiera ayudarles en su alejamiento de aquel siniestro lugar.

Ante sí se veían cientos de metros de terreno De lado, salpicado de algún que otro arbusto, y detrás de ellos, las temibles montañas grises, altas y sombrías.

Caminaron hasta el atardecer y, a pesar de haber tenido el viento a favor suyo, no parecían haber puesto mucho terreno entre ellos y las montañas.

El invierno estaba ya enseñoreándose de aquel páramo desértico y nuestros amigos sintieron mucho frío a pesar de sus chaquetas. Acostumbrados al tiempo primaveral del país de los seres-huevo, aquel frío les dejaba casi paralizados.

Tenían las manos y la cara moradas y casi no sentían la nariz. Les dolían los pies al pisar y se preguntaban dónde pasarían la noche. No se veía ni rastro de un lugar donde refugiarse y el sol ya se perdía tras la línea de arena trente a ellos.


—Espero que no tengamos que pasar la noche a la intemperie —dijo Celeste esperanzada.


--—No podríamos pararnos y tumbarnos aquí sin más —dijo Itor---. Nos quedaríamos congelados durante la noche. En lugares como éstos descienden las temperaturas una barbaridad. Necesitaríamos más ropa para abrigarnos.



—Pues no sé cómo vamos a atravesar este inmenso desierto que yace entre nuestros pies y el horizonte lejano —advirtió Yasir---. Tendremos que pasar más de una noche en él si queremos llegar al extremo oriental.



—Bueno, no nos afanemos demasiado por lo que pasará mañana y en los días consecutivos —recomendó Celeste--—. He aprendido algo muy importante en el país de nuestros queridos amigos los seres-huevo, y es que es importante ser feliz cada día, confiando que hay un camino maravilloso preparado  para nosotros, que el  mismo hijo del Gran Rey ha abierto, no vale dudar en  los momentos como éste, pues lo único que Conseguimos es atemorizarnos y deprimirnos.


——Es Cierto —replicó Yasir-—. Siempre hemos recibido ayuda en los peores momentos.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Miér 16 Ago 2017, 8:43 pm

' —-iEscuchad! —dijo repentinamente Itor„

parándose en seco, pues hasta ahora habían seguido caminando mientras charlaban y sólo habían oído el silbido del viento y el canto de algún grillo solitario-—. ¿Qué rugido extraño es ése?


Celeste y Yasir escucharon con atención y esta vez se oyó con más claridad. Era un rugido lejano, poderoso y escalofriante, que provenía de las montañas grises tras ellos.

—iVamos! —instó Itor—. Apresuremos el paso.  -esto no me gusta.


Los tres viajeros, reventados de cansancio como estaban, apretaron el paso todo lo que pudieron, sacando fuerzas de flaqueza.

Los rugidos se iban oyendo de tanto en cuanto y a nuestros amigos les parecía oírlos cada vez más cercanos, por más aprisa que se daban.

Por espacio de alrededor de una hora caminaron a buen paso, con los rugidos lejanos amenazándoles a cada rato.


—No puedo más —dijo Celeste——. Siento que siempre soy yo la que primero se rinde, pero esa es la desventaja de ser mujer, aunque al principio del viaje no lo quise reconocer.


—Paremos un minuto para recobrar el aliento —concedió Itor.



Pero antes de que nuestros amigos hubiesen respirado tres veces, se oyeron fuertes rugidos tras ellos y, al volverse, pudieron ver dos figuras de tamaño considerable que corrían a cuatro patas hacia ellos.


—iRápido---dijo Itor;-agarrando a Celeste dé una mano, mientras Yasir la cogía de la Otra.

En loca carrera corrieron y corrieron; sin atreverse a mirar atrás, sin saber dónde refugiarse ni cómo defenderse de lo que fueran aquellas bestias.

Pronto pudieron ver más de cerca dos enormes figuras grises, peludas en gran manera, paradas a poca distancia de ellos, bajo el reflejo de la luna.

Tenían una altura aproximada de dos metros y medio, al pararse sobre dos patas, y cuando rugían mostraban una boca enorme, con afilados colmillos que sobresalían a ambos lados.

Nuestros amigos no se detuvieron a mirarles, sino que volvían la cabeza cada momento para ver cuán cerca estaban.

Mientras seguían corriendo vieron que las enormes criaturas bajaban nuevamente las patas delanteras y emprendían la persecución.


—Nos dan alcance —dijo Yasir, sin dejar de correr, tirando con todas sus fuerzas de la mano de su amiga, que iba en medio de los dos, casi arrastrada por ellos, dando traspiés.


—En pocos minutos tendremos que luchar —dijo Itor jadeando-—. No vale la pena seguir corriendo. Nos cogerán y se lanzarán sobre nuestras espaldas. Es mejor enfrentarles y luchar cuanto podamos.



Se pararon en el silencio de la noche, con la luna como único espectador de aquella terrible escena.


¿Unico espectador ?


—Chist... chists.. —se oyó a sus espaldas-—, Por aquí, amigos, no tardéis. No hay tiempo.


A pocos metros de ellos salía la cabeza de un topo de un agujero de medio metro de diámetro. La mirada de los viajeros se posó nuevamente en las bestias que estaban a poca distancia ya, y desesperados se lanzaron hacia el lugar de donde salía la cabeza del topo.


-—Seguidme —dijo internándose en el agujero.


Se quitaron las bolsas de la espalda lo más deprisa que lo habían hecho jamás y Celeste saltó dentro de aquel agujero, después de haber dejado caer su bolsa por él, sin saber a dónde iría a parar.

Yasir la siguió, sin perder tiempo y por último Itor, que tuvo la desagradable oportunidad de ver a las terribles criaturas grises a muy poca distancia, al introducirse en el agujero y librarse de un fuerte zarpazo, literalmente por los pelos.

En la boca del agujero se podían ver las sombras de las dos cabezas de las fieras rugiendo, perfiladas por la luz de la luna.



Nuestros amigos cayeron por un agujero casi vertical, de unos diez metros de profundidad, cogiendo buena velocidad, como quien se desliza por un tobogán de gran altura, y fueron a parar a un montón enorme de hojas secas, donde fueron totalmente sumergidos por la fuerza de la caída.

Buscaron sus bolsas entre las hojas y salieron a gatas, sacudiéndose hojas del pelo y de la ropa y preguntándose para sus adentros qué lugar extraño sería aquel al que habían ido a parar.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Sáb 19 Ago 2017, 7:53 pm

Azabache, Marfil y Esmeralda----cap 9
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_Por los pelos! —suspiró Yasir en la oscuridad—. Ha faltado poco para que esas criaturas espantosas me arrancasen la cabeza de un zarpazo.


—Escuchad cómo rugen —dijo Celeste estremeciéndose—. No parecen muy conformes con la idea de haber perdido a sus presas. Se hubieran dado un buen banquete con nosotros.


Un leve y modesto carraspeo a sus espaldas les recordó que había alguien aparte de ellos en aquel lugar.


—Perdona, amigo —se disculpó Itor dirigiéndose al topo---. Estamos aún recobrándonos del susto, pero debo decirte que te estamos infinitamente agradecidos por tu oportuna intervención.


—No hay de qué —dijo con humildad el topo—. Oí los rugidos de las fieras y supuse que habría alguien en peligro. No sois los primeros que caéis por este agujero.


Mirando hacia arriba a través del agujero aún se veían las sombras de las cabezas de las fieras olfateando su interior. Los rugidos resonaban aumentados por el eco, como cuando se grita en el interior de un pozo.


—No debemos quedarnos aquí para siempre —dijo el topo-—. Seguidme.



Los muchachos ya empezaban a ver un poco en medio de la oscuridad de la madriguera Y obedientes empezaron a seguir al topo, que andaba a cuatro patas abriéndose paso por los pasadizos con toda facilidad.

Nuestros amigos apenas alcanzaban a diferenciar su oscura figura en las tinieblas y se daban toda la prisa que podían para no perderle de vista, pero en más de una ocasión tuvieron que llamarle y pedirle que les esperase, pues había pasadizos tan estrechos que casi no cabían ni a gatas.


El topo era de un tamaño enorme en comparación con el tamaño de un topo normal. Cuando se ponía de pie sobre las patas traseras para hablarles, le llegaba a Celeste por las rodillas. Su voz era bastante aguda y su mirada despierta e inteligente.


oyeron el sonido reconfortante de flautas y tambores, risas y charla y el crepitar de una acogedora hoguera. El olor de leña quemada y pescado asado les llenó de una agradable sensación familiar de hogar.

Cuando salieron arrastrándose del último tramo del laberinto de túneles y galerías, vieron un alegre grupo alrededor del fuego. Se encontraban en una amplia caverna con el suelo de tierra y paredes rocosas.

El techo estaba bastante alto, pudiendo Yasir ponerse en pie sin llegar con la cabeza arriba, y en el centro de él había un agujero que permitía la salida del humo del fuego al exterior a través de una larga chimenea.

En las paredes había repisas y alacenas que contenían diferentes clases de utensilios: tazones y sartenes, herramientas de metal y madera, mantas, almohadones, baldes de agua, provisiones en abundancia, etc.

Incluso había varios jarrones de barro con flores silvestres.



Aquí tenemos tres viajeros más —anunció alegremente Micox, pues así se llamaba el topo.


—Bienvenidos —saludaron varias voces al unísono, a la vez que el topo se acercaba al grupo haciendo señas a los muchachos para que le siguieran.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Sáb 19 Ago 2017, 8:28 pm

Nuestros amigos se acercaron a la hoguera, algo tímidos por no conocer a ninguno de los presentes, y tomaron asiento en el suelo de tierra disfrutando del calor tan agradable que despedían las llamas.

Enseguida notaron que sus manos y pies empezaban a entrar en calor y pudieron mover con libertad los dedos que estaban entumecidos por causa del frío tan terrible que habían pasado las horas anteriores.


—Bueno, bueno —dijo una voz agradable y amistosa—. Esto sí que es una grata sorpresa. No pensábamos encontrar seres semejantes a nosotras en nuestra expedición.

Los muchachos miraron al lugar de donde provenía la voz al otro lado del fuego y, para su sorpresa, vieron un rostro hermoso de una joven muchacha de cabellos negros recogidos en dos largas trenzas que le llegaban hasta las caderas. Vestía una túnica gruesa y abrigada de colores vivos y bajo ella unos pantalones anchos que se ajustaban en los tobillos. Su cintura estaba ceñida por un cinturón de seda que se ataba a un lado y escondía una pequeña daga de empuñadura brillante. Una diadema de hilos dorados y plateados cruzaba su frente y resaltaba el negro brillante de sus ojos.


—Creo que me toca a mí empezar las presentaciones —dijo Micox, poniéndose en pie, ya que habéis venido a parar a mi humilde hogar. Primero diré que mi nombre es Micox y mi misión es alentar a los viajeros que han de atravesar el desierto y hospedarles hasta que sea conveniente comenzar la travesía por las arenas. Este amigo a mi derecha se llama Veloz, y en verdad lo es mucho, más que cualquiera de nosotros, con toda seguridad.

Al decir esto, una pequeña ardilla de color marrón claro se puso en pie de un salto e, inclinando la cabeza en un saludo, dijo:



—Todos mis hermanos son veloces y estamos dispuestos a ayudar en cualquier cosa que podamos. Nuestra especialidad es llevar mensajes en caso de urgencia. En representación de todos los animales del bosque debo decir que ansiamos el día en que el Gran Rey venga con poder y quite la maldición que ha caído sobre los bosques desde que Gadama gobierna como señor de los mismos. Contad con nosotros, combatiremos hasta la muerte si es preciso —dicho esto con gran entusiasmo tomó asiento nuevamente.


—Al lado de Veloz tenemos a Rímini —


prosiguió Micox señalando a un enano gordo y barbudo que inmediatamente se levantó y, quitándose una pipa de entre los labios, hizo una reverencia tocando con la barba en el suelo.


—Damas y caballeros —dijo sosteniendo su pipa humeante en la mano derecha—, es un placer enorme para mí estar hoy en esta reunión y un privilegio poder participar de vuestra compañía. Estoy a vuestro servicio en todo cuanto necesitéis de lo que está a mi alcance.


-—Frente a mí debo presentaros a quien tanto se ha alegrado de veros —continuó Micox cuando se hubo sentado Rímini. Azabache, la hermosa dama que cayó inesperadamente por mi agujero en la tarde de ayer.


—Para mí es una gran alegría encontrarme con habitantes de las fortalezas que, al igual que nosotras, han dejado atrás lo que tenían para ir en busca de una patria mejor —dijo Azabache con su bella voz—. Mis hermanas menores decidieron acompañarme, menospreciando las riquezas y comodidades temporales que nos rodeaban en la fortaleza de Aramir.



—Tan sólo hace cuatro días que huimos de Aramir —

añadió una suave voz perteneciente a una muchacha de cabellos casi blancos y ojos de un azul transparente. También su frente estaba cruzada por una diadema dorada y plateada, pero sus cabellos no estaban recogidos en trenzas, sino que caían por su espalda como una cascada—.

Cruzamos el bosque que rodea la fortaleza y al entrar en el desierto mi hermana cayó por el agujero de la entrada de la madriguera. Esmeralda y yo —dijo señalando a la tercera de las muchachas— pensamos que se habría roto en mil pedazos al oír su grito perderse en el fondo del agujero.



—También yo pensé que era mi fin al caer por el hoyo —interrumpió Azabache—, pero cuando me hundí en el montón de hojas y salí gateando me encontré con Micox, que me miraba con curiosidad preguntándose cuál sería la causa de mi vi* sita. Nos invitó a que nos quedáramos a descansar, así que llamé a Marfil y Esmeralda, las cuales se deslizaron por el agujero después de asegurarles una y otra vez que no se romperían nada.Esmeralda era casi una niña, pero lo suficientemente madura como para saber elegir entre lo que le ofrecían las fortalezas detrás de todos sus encantos y las dificultades e incomodidades de un viaje desconocido sabiendo que al final había algo que jamás encontrarían en la fortaleza. Sus ojos verdes estaban clavados en las inquietas llamas y en ellas veía al Gran Rey y a su hijo que las esperaban en la puerta de una ciudad brillante. Sabía que había elegido bien y no se volvería atrás.



—Bien —dijo Micox—; creo que ha llegado el turno a los recién llegados. Tenéis la palabra. Contadnos de dónde venís y cómo habéis llegado hasta aquí.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Dom 27 Ago 2017, 7:27 pm

—Bien —dijo Micox—; creo que ha llegado el turno a los recién llegados. Tenéis la palabra. Contadnos de dónde venís y cómo habéis llegado hasta aquí.



Nuestros amigos procedieron a contarles cómo habían sentido deseos de abandonar Endor. .y cómo Vanisha les había iniciado en el estudio de los pergaminos.

Les contaron sobre el mensaje misterioso de las luciérnagas y la aparición milagrosa de Quiros en la primera montaña cuando estaban ya muriendo de sed. También les hablaron de la fuente de las aguas que aplacan la sed y de los manantiales que corren bajo el desierto si se anda por el camino correcto.

Les contaron acerca de Provisión y su fidelidad mientras la necesitaron. Asimismo les relataron el aprisionamiento de Yasir por los cangrejos y la intervención de los seres-huevo justo a tiempo. Les describieron el maravilloso país de los seres-huevo, el lago de los cisnes y la gruta que comunica con el desierto.

Finalmente les explicaron cómo habían corrido hasta no poder más perseguidos por las bestias de las montañas grises y cómo habían decidido enfrentarles y luchar cuando oyeron la voz de Micox llamándoles desde su agujero.



—iCaramba! —exclamó Esmeralda—. Sí que habéis corrido aventuras.


—Traeré ahora vino para que recobréis fuerzas —dijo el topo levantándose—. Habéis pasado un mal rato y debéis reponeros.




Los muchachos continuaron conversando con sus nuevos amigos alrededor de la hoguera saboreando el vino y el pescado, que estaba delicioso asado sobre las brasas. Después de cenar Se retiraron a descansar cada uno a un rincón, sobre pieles y esteras, tapándose con mantas de las muchas que tenía Micox.

—Qué bien preparado estás para recibir invitados —se admiró Yasir.


—Es que con frecuencia se celebran aquí reuniones que duran hasta bien entrada la noche —repuso el topo-—, y no me gusta que mis amigos tengan que salir al frío por la noche, pudiendo prepararles un rinconcito en mi agujero. Buenas noches, amigos.



Sólo se oía la respiración de los durmientes y un leve ronquido acompasado procedente del rincón donde dormía el enano, sumido en lo que parecían ser dulces sueños, según revelaba la placidez de su rostro barbudo.

Marfil estaba sentada, recostada su espalda sobre la pared, observando el poderoso haz de luz que penetraba por la chimenea en el techo y  rebotaba contra las cenizas de la hoguera enviando luminosidad a su alrededor, mientras en el interior del haz, desde el suelo hasta el techo, revoloteaban multitud de diminutas partículas de polvo que eran imperceptibles en el resto de la estancia.


Pensaba cómo la luz revela cosas que están escondidas y ni siquiera sospechábamos que existieran. A veces son cosas muy pequeñas y casi sin importancia, como las minúsculas partículas de polvo. Otras veces es todo lo que nos rodea, que había permanecido oculto a nuestro alrededor, corno en una noche sin estrellas y sin luna.

Otras veces hay tinieblas en nuestra mente o en nuestro corazón, que no nos dejan ver los tesoros de la verdadera felicidad que estan a nuestro alcance. A tantas personas en las fortalezas no les había resplandecido la luz en su interior para poder ver lo que en realidad está ahí mismo, a su lado, la Posibilidad de escapar de esa cárcel, adornada corno un palacio, que retiene a sus prisioneros haciéndoles creer que son príncipes.





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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Dom 27 Ago 2017, 7:52 pm

Marfil retrocedió en sus pensamientos al tiempo cuando en la fortaleza de Aramir se oyó el llanto de una criatura que hacía pocos segundos había dejado el claustro materno para hacer acto de presencia en la agradable y limpia estancia donde su madre, la bella esposa del gobernador Ricavir, había luchado desde el anochecer para dar a luz a aquella criatura que no parecía tener mucho interés en conocer el mundo exterior.

Al rayar el alba salió de su escondite la rubia cabecita, ayudada por la experta partera que atendía a la parturienta, y, tras ella, el resto de su blanco cuerpecito.

Todos se admiraron de la blancura de su piel y cabellos apenas visibles. Irirma, la exhausta madre, yacía en su lecho con el rostro pálido y cubierto de sudor, la respiración agitada y el pulso lento y desacompasado. El médico entró y suministró un brebaje a la madre, según dijo, para fortalece su débil corazón.

—Estará como nueva en dos semanas —aseguró antes de irse—- si se mantiene en descanso.


Así fue; al poco tiempo se levantaba y atendía personalmente a su rubio bebé. Su hermanita Azabache contaba apenas tres años de edad y, como es de suponer, cada vez que la

niña recién nacida tenía que ser alimentada o bañada quería presenciar de cerca el espectáculo, y su madre por Los azules y transparentes ojos del bebé .

Ella llamaban la atención a cuantos los contemplaba, no sólo por su sorprendente color, sino por la firmeza con que se clavaban en lo que se pusiera delante de ellos.

Fue Azabache la primera en hacer un comentario alarmante al respecto.

—-Mamá —dijo un día mientras su madre le cambiaba la ropita a la niña-—, Marfil no me mira cuando me pongo a un lado, sólo cuando me pongo enfrente de ella.


Ya su madre había notado algo raro en la mirada de su hija, pero pensando que eran manías de madre, no hizo caso y desechó sus pensamientos, Pero ahora que su hijita menor lo mencionaba, sintió que una oleada de temor invadía su corazón, Puso a la niñita, que ya contaba tres meses de edad, encima de la cama y, cogiendo un patito de vivo color amarillo lo pasó a poca distancia del rostro del bebé. Luego lentamente lo movió de derecha a izquierda con la intención de que los pequeños ojitos lo siguieran con interés, pero Marfil no se inmutó.

Siguió con sus ojos clavados en frente de ella, por más que su madre moviera el juguete de un lado a otro.

La madre tocó insistentemente su campanilla de cobre y enseguida apareció una de sus doncellas.

—Corre a llamar al médico —urgió Irirma sin aliento—. No pierdas tiempo.


La doncella obedeció en el acto y a los pocos minutos entraba el médico en la alcoba.

—Me temo que tus sospechas son fundadas querida Irirma —hizo una pausa y añadió-—: Tu pequeña no ve, es ciega.


La madre estalló en llanto y corrió escaleras abajo a dar la desdichada noticia a su marido el gobernador.

Durante el transcurso de los primeros años de la vida de Marfil fueron traídos a su hogar los mejores médicos del país, incluso de lejanas fortalezas, por ver si hubiera curación posible para su ceguera. Por más pruebas e intentos que hicieron no consiguieron atajar el mal. Era incurable, ceguera permanente y sin esperanza de cura.

Durante estos años había nacido la tercera hija de la familia, una criatura de cabellos naranjas como el resplandor del fuego y ojos tan verdes que la llamaron Esmeralda. Cuando crecieron, Azabache y Esmeralda tomaban a su hermana de la mano y la llevaban a dar paseos por el jardín y jugaban con ella y le contaban cómo eran las flores, los pájaros y los lagos, y Marfil se esforzaba en intentar imaginárselos.


Cuando crecieron se convirtieron en tres bellas jóvenes, pretendidas por los más ricos caballeros de la fortaleza, y con frecuencia tenían que engalanarse y disponerse a acompañar a sus padres a bailes en palacios de personajes importantes.

Al contrario de lo que se le trataba de inculcar a toda costa, Azabache no tenía ningún interés en este tipo de encuentros sociales en que era agasajada por los jóvenes y sacada a bailar una y otra vez hasta que, con la mayor cortesía posible, se disculpaba diciendo que estaba muy cansada y mandaba llamar una carroza que la llevase de vuelta al palacio de sus padres.


Marfil se limitaba a sentarse a un lado del salón y ensimismarse en la belleza de la música. Esmeralda era demasiado joven para tomar parte en el baile, así que se sentaba al lado de su hermana ciega haciéndole algún comentario de vez en cuando relativo a la marcha de la velada.


El gobernador Ricavir no podía entender cómo su hija mayor no disfrutaba de la cómoda y opulenta vida en su palacio.

A veces la llamaba aparte para hacerla recapacitar sobre su extraña actitud y para intentar convencerla de que debía empezar a mostrar interés por las cosas propias de una joven de su categoría, para llegar a ser la esposa de algún importante personaje.

Estas conversaciones siempre terminaban igual, con un arrebato de ira y un portazo por parte del gobernador al desesperarse viendo que no se conseguía encender la menor chispa de interés en el corazón de su joven hija. Su esposa Irirma le tranquilizaba diciendo que aún era muy joven y que ya cambiaría cuando algún guapo duque la enamorara, pero con el paso del tiempo se fue demostrando que no era como ella pensaba.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Dom 27 Ago 2017, 8:16 pm

Azabache pasaba las noches en el torreón donde tenía su alcoba, contemplando las estrellas y la luna y viajando con su mente a países imaginarios donde no tenía que ponerse incómodos y apretados vestidos de gala y donde podía correr descalza sobre la hierba, agitada su negra melena por la brisa, o por una playa interminable sin duques ni cortesanos que la incomodaran con su charla vacía.

Su hermana Marfil siempre se sentaba a su lado clavando sus ojos muertos en el cielo, mientras sus hermanas le contaban si había muchas estrellas o pocas y si la luna estaba llena o nueva, ?-en menguante o en creciente.

Esmeralda permanecía fiel a sus hermanas. Mirando a las tres jóvenes nadie hubiera pensado que eran hermanas, pues su apariencia externa era tan distinta; pero sus corazones y anhelos eran como tres gotas de agua.


La luz-cap:10
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Una noche, durante la cena, Esmeralda estaba tan inquieta que apenas podía masticar lo que tenía en la boca.

Azabache la miró extrañada, pero sólo pudo ver toda clase de gestos disimulados y guiños sin entender de qué se trataba. En cuanto terminó la cena tomaron a Marfil de la mano y apresuradamente subieron a la alcoba de Azabache en el torreón.


—Bueno, suéltalo ya —dijo Azabache cerrando la puerta tras sí—. ¿Qué te ha puesto en este estado de inquietud?


—Mira lo que he encontrado —respondió excitada sacando un papel enrollado, viejo y polvoriento--—.

Tiene un aspecto muy misterioso. Lo encontré esta tarde detrás del lago en un roble viejo que tenía el tronco agujereado. Pasando por allí, de pronto sentí un deseo irresistible de meter el brazo en el agujero del tronco. Si me hubiera parado un minuto a pensarlo, seguramente no lo hubiera hecho por miedo a ser mordida por algún animal que pudiera haber hecho su nido en el tronco. Enseguida que metí el brazo y palpé las paredes del tronco, sentí algo suave y crujiente y lo saqué. Menuda sorpresa me llevé cuando desenrollé unos centímetros y vi esta escritura antigua. Lo guardé rápidamente bajo mi capa y vine deprisa procurando no despertar sospechas. Presiento que es algo muy especial.




—Déjame ver —dijo Azabache tomándolo de su mano---. iQué bella escritura! Parece tener muchos años, el papel está quebradizo, hay que manejarlo con cuidado.


—Déjame palparlo —dijo Marfil acercándose a tientas—. iQué suavidad incomparable! No se asemeja a nada que yo haya tocado hasta ahora. Casi a lo único que podría compararlo es al pétalo de una rosa, y a la vez no tan frágil. Qué extraño aroma despide —añadió acercándoselo a la nariz—. A viejo y a mohoso y a la vez a limpio.



—Veamos lo que dice —dijo Azabache tomándolo suavemente de las manos de su hermana. Comenzó a leer—:

«La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella, porque la gloria del Gran Rey la ilumina y su hijo es su lumbrera.»



—¿Qué ciudad será esa? —murmuró Marfil pensativa—. Habrá existido tal vez hace muchos años y ya no queda nada de ella.


—«Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche» —continuó leyendo Azabache.


—Seguro que no es una fortaleza de las de nuestro país —comentó Esmeralda con ironía---. No creo que exista un lugar más cerrado que las fortalezas. No se puede ni salir a los bosques sin el correspondiente pase de autorización del jefe de la guardia, y esto para una misión muy especial.-Cuántas personas nacen y mueren aquí dentro sin haber salido jamás.


—Sí, suena muy diferente a lo que conocemos —dijo Marfil tristemente.

—Continúa leyendo, por favor. Esas palabras son como un rayo de esperanza en mi abatido corazón. Ojalá existiera un rincón así donde yo pudiera huir dejando atrás este bullicioso lugar.




Azabache continuó leyendo:

«Estas palabras son fieles y verdaderas y el Gran Rey ha enviado a su mensajero, para mostrar a los suyos las cosas que deben suceder pronto. iHe aquí vengo pronto! Feliz el que guarda las palabras de la profecía de este libro.»



—iAsí que es una profecía! —exclamó Marfil—. Algo que ha de acontecer.


—A no ser que haya acontecido ya y no hayamos vivido para verlo —dijo Esmeralda decepcionada.


—Me resisto a creerlo —--objetó Marfil—. Algo en mi pecho ha saltado cuando he oído esas palabras: feliz el que guarda las palabras de la profecía de este libro. He sentido por un instante una felicidad incomparable, que en ninguna otra ocaSión en mi vida he sentido. Ya se ha desvanecido, pero el recuerdo de lo que he sentido no se ha borrado.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Dom 27 Ago 2017, 8:42 pm

Los ojos de Marfil brillaban con un brillo nuevo y parecía que el azul de ellos se había vuelto más potente, como un mar profundo. Su rostro resplandecía con una sonrisa nueva y en su corazón había nacido una esperanza nueva.


—No dice nada más —anunció Azabache—. Sólo es un trozo pequeño de pergamino. Cualquiera sabe dónde habrá ido a parar el resto del rollo.


—A lo mejor llevaba cientos de años en ese tronco —dijo Esmeralda entusiasmada—. Creo que sería bueno volver mañana a ver si encontramos algún trozo más.


Después del desayuno la mañana siguiente, Marfil pidió a sus hermanas que la subieran al torreón pues sus pensamientos estaban desbocados como , un caballo salvaje y deseaba darles curso libre para ver a dónde la conducían en su loca carrera.

Quería estar sola para que nadie la interrumpiera en su fantasía. Mientras tanto, sus hermanas fueron al lugar donde Esmeralda había hecho el importante descubrimiento.

Algo en su interior les decía que había comenzado una aventura y se sentían inquietas y excitadas.

Cuando Marfil se quedó sola se sumergió por completo en el mundo de los pensamientos, olvidando todo lo que la rodeaba. No tenía dificultad en hacerlo pues ni siquiera necesitaba cerrar los ojos para estar sumida en la más profunda oscuridad día y noche.

Diecisiete años había vivido oyendo las voces y risas de los demás, el rugir del viento, el caer de las gotas de lluvia, el canto de los pájaros y la música del palacio, dando forma imaginaria a lo que sus oídos percibían.

Sus manos palpaban las formas de lo que la rodeaba, y los olores que percibía junto con los sonidos la ayudaban a componer las imágenes en su mente, sin tener plena certeza si en realidad el mundo que la rodeaba era como ella lo imaginaba.


«iQué significado tan maravilloso tendrían aquellas palabras del pergamino!», pensó.

«Si en aquella ciudad no hay necesidad de sol ni de luna para ver, tampoco se necesitarán ojos para ver, pues la gloria del Gran Rey ilumina la ciudad y su hijo es su lumbrera.»

iCuánto deseaba Marfil poder llegar a aquel lugar! ¿Qué hacer? Ansiaba el regreso de sus hermanas por ver si traían noticias de ánimo, alguna pista para saber por dónde comenzar la búsqueda.


Ensimismada en sus pensamientos, apenas notó cómo una suave brisa movía las cortinas de su ventana y recorría la alcoba donde se hallaba, pero sí notó un nuevo aroma desconocido que jamás había sentido.

Al inspirar sintió que su ser entero era refrescado y su mente se aclaraba.

«Debe haber una forma de comunicarse con aquel lugar», pensó convencida.

«iQué aroma agradable y nuevo entra por la ventana!»

Cuanto más respiraba aquel aroma transportado por la brisa, más y más fuerza tomaban sus pensamientos.


—Si hay posibilidad de ir allí, tengo que ir a toda costa —dijo en alta voz—. iOh, cuánto lo deseo! Quiero ver el Gran Rey y recibir esa luz en mi interior.



Diciendo esto comenzó a llorar y llorar y llorar. Cuanto más lloraba, más anhelaba marchar allí y más se daba cuenta de la necesidad que tenía de llegar allí.

Tanto lloraba que las lágrimas que caían por sus mejillas eran como dos riachuelos que descendían por su cuello y corrían por su cuerpo hasta llegar a los pies, donde formaban una pequeña laguna.

Sintió que aquel perfume embriagador la llenaba mientras lloraba y lloraba, y aquella suave brisa que transportaba el aroma recorría incesante la alcoba agitando suavemente sus cabellos y el borde de su vestido. Sintió que de alguna forma misteriosa aquel llanto la limpiaba desde adentro y una profunda paz inundaba su corazón.

En ese instante Unos golpes en la puerta le anunciaron que sus hermanas estaban de vuelta.

—Adelante —dijo, incorporándose mientras se secaba las mejillas y el cuello con el borde de su falda.


La puerta se abrió y cuando volvió su rostro hacia sus hermanas, en lugar de la acostumbrada oscuridad que tenía siempre a su alrededor, la rodearon millones de destellos de diferentes colores



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Dom 27 Ago 2017, 8:59 pm

La puerta se abrió y cuando volvió su rostro hacia sus hermanas, en lugar de la acostumbrada oscuridad que tenía siempre a su alrededor, la rodearon millones de destellos de diferentes colores sobre un fondo negro que en seguida pasó a ser gris y luego azul y luego blanco, y finalmente los destellos se fueron reuniendo y amontonando formando dos formas ondulantes sobre un fondo blanco, que destelleaban y ondulaban cada vez más lentamente hasta que por fin se pararon por completo, y ante sí Marfil descubrió lo que siempre había imaginado al oír sus voces, palpar sus manos y oler sus perfumes.

Con pasos vacilantes y manos temblorosas se acercó a sus hermanas que se habían quedado inmóviles en el umbral de la puerta, y en un susurro casi inaudible dijo:


—Veo, puedo veros.

Esmeralda y Azabache la miraban asombradas, pareciendo haber perdido la facultad de hablar o moverse.


—Entrad —dijo Marfil aún en voz baja, y tomándolas de las manos las hizo entrar y cerró la puerta.

—¿A qué huele? —fue lo único que pudo decir Esmeralda.


—Es el aroma de la luz, la luz del Gran Rey ---respondió Marfil en un susurro--—. Lo ha enviado en su viento y me ha llenado de su luz, como decía el pergamino. ¿Recordáis?


Sus hermanas la miraban y veían un cambio tal en su rostro que no sabían que decir. Marfil les contó cómo había sentido un deseo profundo de llegar a aquella ciudad de la cual habían leído y cómo había notado el aroma embriagador y sentido la brisa mientras lloraba y cómo al dejar de llorar sus ojos habían visto por primera vez algo distinto a la oscuridad.


—¿Encontrasteis algo más en el tronco? —preguntó finalmente.


—No, no había nada. ¿Qué le diremos a papá? —preguntó Esmeralda asustada.


—La verdad —contestó Marfil sin dudar—--. La verdad y la luz van de la mano.


Cuando Marfil bajó la escalera por su cuenta, con rostro resplandeciente y ojos brillantes, los sirvientes y las doncellas que le salieron al paso se pararon extrañados al verla bajar sola sin agarrarse al pasamanos y sin dudar con sus pies.

Pero Marfil no les dio tiempo a hacer preguntas. Se fue directamente al salón donde su padre leía antes de las comidas.

Llamó suavemente y se alegró al ver que su madre estaba también allí. Corrió hacia ellos y sin dar rodeos les contó lo del pergamino y su experiencia en el torreón y cómo había recibido lo que tanto había ansiado.

Sus padres escucharon atentamente sin saber qué decir. Era evidente que su hija no estaba inventando nada, pues allí estaba el arrugado pergamino y los ojos de Marfil brillaban con nueva vida.



Después de encerrarse un largo rato en el salón con su esposa, el gobernador mandó llamar a Azabache y le aconsejó no perder tiempo con cosas que seguramente serían leyendas del pasado.

También le dijo que no quería que hiciera que sus hermanas se ocuparan en fantasías habiendo cosas importantes que aprender, necesarias para su vida futura en la fortaleza.


Azabache salió cabizbaja de la presencia de sus padres y se dio cuenta que la vida en el palacio no iba a ser nada agradable en adelante, sabiendo que sus padres no compartían ninguno de sus pensamientos. No tenían nada en común, así que cada vez se sentían más distantes de ellos y de todos los personajes que acudían al palacio.


La historia de la curación de Marfil fue extendida y la gente se maravillaba, pero cuando oían acerca de la luz interior y la ciudad del Gran Rey sonreían burlonamente como si se tratara de un cuento de niños.





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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Dom 27 Ago 2017, 9:21 pm

Los meses que siguieron a la curación de Marfil fueron muy duros para las hermanas.

Recibían quejas y amenazas continuas de su padre el gobernador y cada vez se hacía en ellas más fuerte el deseo de ir en busca de la Ciudad.


Una noche estaban las tres durmiendo en el torreón de Azabache, cuando una ráfaga de aroma embriagador sacó a Marfil de sus sueños.

Inmediatamente la invadió la misma sensación de paz que el día que recibió la vista varios meses antes.

Un fuerte resplandor penetraba por la ventana, como un rayo de luz potente.


—Azabache, Esmeralda —llamó en voz baja.

—¿Qué pasa? ¿Qué hay? —preguntó Azabache, sentándose sobresaltada.


—¿No lo notas? —dijo Marfil—. Es el aroma.


—Sí, algo huelo —respondió-—. Tal vez no tanto como tú, que tienes el sentido del olfato más desarrollado que yo por haberte faltado la vista, pero sí noto un olor fragante.

_ Mira que Luz- exclamo Esmeralda frotandose.

Las hermanas se dirigieron hacia la ventana y al asomarse vieron que la luz provenía de una nube densa y blanca como la nieve que estaba justo debajo de su ventana. No se veía a nadie.

—Vistámonos —dijo Azabache—. No sabemos qué puede ocurrir.

Una vez vestidas, se asomaron nuevamente a la ventana penetrando en el rayo de la luz.


—iQué nube tan rara! —dijo Azabache, extrañada-—. No se ha movido de aquí mientras nos vestíamos, como si nos hubiera estado esperando.


—Parece de algodón —dijo Esmeralda—. Me gustaría poderme sentar en ella.


Prueba —dijo inesperadamente Marfil——. Tal vez nos está esperando.


Al decir esto, una suave brisa les agitó el cabello y las invadió con fuerza un aroma tragante.

La nube se elevó hasta ponerse a la altura de .la ventana y Azabache no dudó, dio un paso adelante introduciendo un pie en la blanca nube y luego el otro, que se hundió hasta la rodilla. Luego se acornodó y dijo:

—Vamos, no hay tiempo que perder.

Marfil cogió a Esmeralda de la mano y saltó al suave algodón, que onduló bajo sus pies y enseguida comenzó a desplazarse lentamente.

Las muchachas iban sentadas en la nube en completo silencio, sintiéndose perfectamente felices, sumergidas en el olor fragante. Las tres sabían que habían hecho lo que se esperaba de ellas y que su tiempo en Aramir había terminado para siempre.

La nube voló lentamente por encima de la fortaleza por espacio de varias horas. Pasaron por encima de la muralla y pudieron ver a los centinelas que paseaban por el borde de la pared sin sospechar que tres fugitivas huían por encima de sus cabezas.

Esmeralda se tumbó, sintiéndose más a gusto que en el más cómodo de los divanes del palacio donde había crecido. Viendo el resultado placentero, sus hermanas la imitaron.

Durante tres días fueron transportadas así por encima de los bosques llenos de fieras y peligros, sin comer ni beber, hasta que finalmente la nube empezó a descender hasta que llegó a una altura adecuada para que las viajeras pudieran descender.


Cuando la nube se elevó y se alejó, sintieron que desaparecía el aroma que las había envuelto durante la travesía aérea, y se encontraron en un desierto de arena dorada.

Sólo se veía arena a su alrededor y algún que otro matorral bajo y seco.

—Menos mal que se me ocurrió coger mi daga -—dijo Azabache a sus hermanas—. Creo que nos va a hacer falta.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Miér 11 Oct 2017, 10:09 pm

El desierto-cap-11

buenos días' . —la voz aguda de Micox sacó a Marfil de sus pensamientos-—. Has madrugado más que nadie.


—Buenos días —repuso la muchacha---. Me despertó este haz de luz que entra a través de tu chimenea y preferí sentarme a contemplarlo. Es tan atrayente la luz...

—Sí —contestó el topo—. Es un rayo muy potente el que entra en los días despejados. Ilumina esta caverna y parte de las contiguas. Cuando está nublado apenas entra claridad y tengo que encender lamparillas de aceite.

¿Qué hacéis aquí tan temprano charlando? —intervino Veloz, que había entrado sigilosamente—. ¿Es hora de desayunar?


Eso depende del hambre que tengáis —repuso el topo—-. Vamos a ir preparando un fuego mientras se van despertando nuestros amigos.


En seguida empezaron los demás a desperezarse debajo de sus mantas y a frotarse los ojos, y en pocos minutos estaban todos con las caras lavadas reunidos alrededor del fuego.

Celeste comenzó a entonar melodías alegres con su flauta acompañada por Itor, que rasgaba las cuerdas de su pequeño instrumento de concha de tortuga. Esmeralda y Yasir ayudaron a preparar los tazones para el desayuno y Azabache se ocupó de tostar trozos de pan sobre el fuego.

Entretanto, apareció Micox con un enorme tarro de miel silvestre y un platito con mantequilla fresca, siendo acogido con un aplauso por sus huéspedes.

Después trajo una olla hirviendo con diferentes hierbas y pétalos de flores y también una jarra de leche de cabra.


—Esto me recuerda a los días en que teníamos a Provisión al lado —dijo Yasir.


Sí —asintió Celeste-—, y la olla de barro me recuerda las infusiones de hierbas que preparábamos en la taberna mi abuelo y yo. Cada vez que le recuerdo me animo al pensar que pronto le veré.

Bueno, amigos —dijo Micox mientras desayunaban—. Para mí es una gran alegría teneros aquí conmigo haciéndome compañía en mi solitario agujero, pero me doy cuenta que tenéis una meta que alcanzar y no es conveniente dejar pasar el tiempo sin hacer lo que corresponde. No podemos esperar recibir ayuda ni dirección si no cumplimos con nuestra parte.


Tienes razón, amigo -—intervino Itor—. He pasado buen parte de la noche dándole vueltas a la cabeza, También nosotros estamos muy felices en tu agujero gozando de tu hospitalidad y de la seguridad y protección de estas paredes, pero no debemos detenernos.

Si me permitís —terció Veloz, dando fin a una nuez que tenía entre sus patas delanteras—quisiera proponer un plan.


Adelante, amigo —invitó Itor—. Te escuchamos


He estado pensando que, como todos sabemos , el siguiente tramo de camino es un desierto, y no sabemos lo que os espera, Mi especialidad es llevar mensajes y reconocer terrenos; por tanto, me ofrezco a salir enseguida después del desayuno para inspeccionar el terreno y traeros nuevas a la caída de la tarde. Si partís cuando hayáis recogido vuestras cosas y andáis en dirección este, yo os encontraré al anochecer, o lo más tarde al amanecer antes de que levantéis de nuevo el campamento.



—Tu oferta es muy amable ---repuso Itor—- y muy tentadora por cierto, pero creo que sería mucho riesgo para tu vida andar solo por lugares desérticos, sin árboles para esconderte ni amigos para ayudarte ante posibles enemigos.



—Estoy decidido a hacerlo —insistió la ardilla—. Es mi trabajo. Si no lo hiciera no estaría cumpliendo con mi parte. Nosotros los animales también tenemos nuestra misión que llevar a cabo, y lo principal es ayudar al hombre. ¿Qué mayor honor podría tener yo que poder decir que os ayudé a encontrar la Ciudad Dorada?


—El Gran Rey estará orgulloso de ti —dijo Celeste—. Creo que lo que cuenta es la actitud, lo demás escapa fuera de nuestras posibilidades controlarlo; por eso no vale la pena preocuparse. Estoy completamente segura que el Gran Rey te protegerá en tu expedición. A nosotros nos ha protegido hasta ahora y hemos estado en apuros muy graves.


—Veo que aprendiste la lección de la fe —dijo Itor, sonriendo a Celeste—. Las pequeñas luciérnagas te lo avisaron desde el principio de nuestro viaje.


—Si se me permite opinar —interrumpió Rímini, poniéndose en pie mientras chupaba su pipa— creo que Veloz ha tenido una idea excelente.



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Re: La ciudad Dorada

Mensaje por Evangelista el Miér 11 Oct 2017, 10:09 pm

El desierto-cap-11

buenos días' . —la voz aguda de Micox sacó a Marfil de sus pensamientos-—. Has madrugado más que nadie.


—Buenos días —repuso la muchacha---. Me despertó este haz de luz que entra a través de tu chimenea y preferí sentarme a contemplarlo. Es tan atrayente la luz...

—Sí —contestó el topo—. Es un rayo muy potente el que entra en los días despejados. Ilumina esta caverna y parte de las contiguas. Cuando está nublado apenas entra claridad y tengo que encender lamparillas de aceite.

¿Qué hacéis aquí tan temprano charlando? —intervino Veloz, que había entrado sigilosamente—. ¿Es hora de desayunar?


Eso depende del hambre que tengáis —repuso el topo—-. Vamos a ir preparando un fuego mientras se van despertando nuestros amigos.


En seguida empezaron los demás a desperezarse debajo de sus mantas y a frotarse los ojos, y en pocos minutos estaban todos con las caras lavadas reunidos alrededor del fuego.

Celeste comenzó a entonar melodías alegres con su flauta acompañada por Itor, que rasgaba las cuerdas de su pequeño instrumento de concha de tortuga. Esmeralda y Yasir ayudaron a preparar los tazones para el desayuno y Azabache se ocupó de tostar trozos de pan sobre el fuego.

Entretanto, apareció Micox con un enorme tarro de miel silvestre y un platito con mantequilla fresca, siendo acogido con un aplauso por sus huéspedes.

Después trajo una olla hirviendo con diferentes hierbas y pétalos de flores y también una jarra de leche de cabra.


—Esto me recuerda a los días en que teníamos a Provisión al lado —dijo Yasir.


Sí —asintió Celeste-—, y la olla de barro me recuerda las infusiones de hierbas que preparábamos en la taberna mi abuelo y yo. Cada vez que le recuerdo me animo al pensar que pronto le veré.

Bueno, amigos —dijo Micox mientras desayunaban—. Para mí es una gran alegría teneros aquí conmigo haciéndome compañía en mi solitario agujero, pero me doy cuenta que tenéis una meta que alcanzar y no es conveniente dejar pasar el tiempo sin hacer lo que corresponde. No podemos esperar recibir ayuda ni dirección si no cumplimos con nuestra parte.


Tienes razón, amigo -—intervino Itor—. He pasado buen parte de la noche dándole vueltas a la cabeza, También nosotros estamos muy felices en tu agujero gozando de tu hospitalidad y de la seguridad y protección de estas paredes, pero no debemos detenernos.

Si me permitís —terció Veloz, dando fin a una nuez que tenía entre sus patas delanteras—quisiera proponer un plan.


Adelante, amigo —invitó Itor—. Te escuchamos


He estado pensando que, como todos sabemos , el siguiente tramo de camino es un desierto, y no sabemos lo que os espera, Mi especialidad es llevar mensajes y reconocer terrenos; por tanto, me ofrezco a salir enseguida después del desayuno para inspeccionar el terreno y traeros nuevas a la caída de la tarde. Si partís cuando hayáis recogido vuestras cosas y andáis en dirección este, yo os encontraré al anochecer, o lo más tarde al amanecer antes de que levantéis de nuevo el campamento.



—Tu oferta es muy amable ---repuso Itor—- y muy tentadora por cierto, pero creo que sería mucho riesgo para tu vida andar solo por lugares desérticos, sin árboles para esconderte ni amigos para ayudarte ante posibles enemigos.



—Estoy decidido a hacerlo —insistió la ardilla—. Es mi trabajo. Si no lo hiciera no estaría cumpliendo con mi parte. Nosotros los animales también tenemos nuestra misión que llevar a cabo, y lo principal es ayudar al hombre. ¿Qué mayor honor podría tener yo que poder decir que os ayudé a encontrar la Ciudad Dorada?


—El Gran Rey estará orgulloso de ti —dijo Celeste—. Creo que lo que cuenta es la actitud, lo demás escapa fuera de nuestras posibilidades controlarlo; por eso no vale la pena preocuparse. Estoy completamente segura que el Gran Rey te protegerá en tu expedición. A nosotros nos ha protegido hasta ahora y hemos estado en apuros muy graves.


—Veo que aprendiste la lección de la fe —dijo Itor, sonriendo a Celeste—. Las pequeñas luciérnagas te lo avisaron desde el principio de nuestro viaje.


—Si se me permite opinar —interrumpió Rímini, poniéndose en pie mientras chupaba su pipa— creo que Veloz ha tenido una idea excelente.



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Re: La ciudad Dorada

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