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" Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

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Romanos-cap:6

Mensaje por Evangelista el Jue 22 Nov 2012, 8:53 pm


-----------------------------------------------------------------------------------------
La cuestión es:

Si la gracia ha sobreabundado sobre los pecados y sobre el pecado —sobre todas nuestras iniquidades que hemos cometido y sobre el pecado que hemos heredado, y si donde el pecado ha abundado, la
gracia ha sobreabundado— ¿será cierto, entonces, que la gracia abundante conduce a persistir en la práctica del pecado?

Desde los tiempos de Pablo hasta el día de hoy, los que rechazan el evangelio siempre han dicho que esto es así.

Si estás completamente justificado, no por tus propias obras sino en y por la perdurable e inmutable
justicia de Dios en Jesucristo nuestro Señor resucitado de entre los muertos, esto entonces implica —según ellos— que mantienes que puedes ser descuidado, y, de cierto ¡que puedes practicar el pecado!

¿Qué tiene que responder el Espíritu Santo por medio del Apóstol a este argumento?

«¿Qué, pues, diremos?

¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?»

Bien lejos de esto.

«Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?»

Aquí tenemos el principio de liberación respecto del pecado que tan ridiculizado ha sido —la liberación respecto del pecado por medio de la muerte.

Y no encontraremos otra clase de liberación respecto del pecado en la Palabra de Dios.

Durante siglos, muchas almas sinceras han buscado liberación mediante ayunos y encierro en monasterios.

Ahora muchas almas sinceras la buscan yendo en pos de una falsa perfección del alma.

Pero la verdad de Dios es la liberación respecto del pecado por la muerte.

Pero observa esto:

no se trata de la muerte futura de nuestros cuerpos, si llegamos a morir, sino de esto:

«Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?»

¿Dirás tú:

Esto debe referirse a aquellos que han llegado a la perfección?

¿Acaso tenemos este pensamiento aquí? No, sino que con el propósito de mostrar con cuanta certidumbre esto se aplica a todos los cristianos, el Apóstol dice:

«¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?

Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (vv.
3-4).

Así, él expone con todo cuidado que este principio de liberación respecto del pecado por la muerte se aplica a todos los que han sido bautizados a la muerte de Cristo.

Nada podría ser más claro, y sin embargo nada es menos conocido.

Lo cierto es que debería ser bien comprendido, porque el Apóstol pregunta:

«¿O no sabéis?»

¿Comprendes esta gran verdad práctica de la liberación respecto del pecado?

Quizá digas, como alguien nos dijo hace pocos días:

«Todos somos pecadores e indignos del cielo; debemos tratar por todas las maneras de mejorar
nuestra naturaleza pecadora, pero me temo que nunca, en este mundo, será suficientemente apta para el cielo».

¡Apta para el cielo! ¿Es un cadáver apto para el cielo?

Está muerto; no es apto ni para el cielo ni para la tierra.

Tiene que ser sepultado.

¿Lo sepultas para hacerlo perfecto, bien de manera repentina, o gradual?

Es una masa de corrupción; no tiene vida, ni un asomo de vida, ni puede tenerla, hasta que se manifieste el poder de Dios en resurrección.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 23 Nov 2012, 8:07 pm

Es una masa de corrupción; no tiene vida, ni un asomo de vida, ni puede tenerla, hasta que se manifieste el poder de Dios en resurrección.

¿No sucede lo mismo con todo nuestro ser moral?

Mi vecino, con toda su sinceridad, está pasando toda su vida tratando de mejorarse a sí mimo —la carne— mediante sacramentos y ritos; teme que nunca llegará a cumplirlo todo de forma que llegue a ser apto para el cielo.

¡Qué ceguera ante aquello que incluso el bautismo debiera enseñarle!

La realidad es que no creemos a Dios cuando nos dice que somos tan malos como Él nos valora —tan
malos, tan viles, tan aborrecibles, tan ofensivos, tan muertos a todo lo bueno, en la carne como hijos de Adán.

¿No has dicho nunca:

«Sólo soy apto para ser enterrado y quitado de la vista.

Sí, sepúltame, sepúltame fuera de la vista.

No soy apto para el cielo, no soy apto para la tierra.

Oh, sepúltame fuera de la vista de Dios y fuera de mi propia vista»?

«Aquí hay agua;» dijo el eunuco:

«¿qué impide …?» (Hch. 8:36).

Observa bien, entonces, que la liberación respecto del pecado no es la mejora del yo o de la naturaleza malvada (la carne), sino que

«somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo».

No somos bautizados para la obra del Espíritu en nosotros, sino para Su muerte, la muerte de Aquel que murió por nosotros y resucitó.

Así, la muerte que nos libera del pecado no es una muerte al pecado, a lo que nosotros alcancemos, sino la muerte de Cristo en la cruz y nuestra identificación con él — «sepultados con Él».

Observarás que no hay pensamiento alguno de que el bautismo comunique vida.

El bautismo es para muerte, y más allá de la muerte hay vida en el Cristo resucitado.

Cristo no sólo murió, sino que Él

«fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre» (RVA).

«Así también nosotros andemos en vida nueva».

No solo se trata de que las cosas viejas pasaron y que todas son hechas nuevas, sino que estamos en esta nueva creación por la gloria del Padre.

«Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección.»

La faceta de la resurrección en esta cuestión es expuesta más plenamente en Colosenses 2, pero aquí solo observaremos que el bautismo a Su muerte es el punto principal para exponer lo que todos los cristianos deberían conocer: la verdad de la liberación mediante la muerte.

Versículo 6.

«Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él,
para que el cuerpo del pecado sea destruido [anulado], a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.»


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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 23 Nov 2012, 8:27 pm


Ahora, la cuestión es ésta:

¿Queda el viejo hombre crucificado cuando el creyente alcanza la perfección, según se dice, en el sentido de que la vieja naturaleza deja de existir, o que se transforma en totalmente buena?

En este texto no hay ninguna insinuación de que se trate de un estado peculiar de algunos cristianos en contraste al resto.

La gran verdad de nuestra posición cristiana es que nuestro viejo hombre fue crucificado.

¿Cuándo?

¿En nuestra experiencia?

No, este no es el pensamiento aquí, sino más bien:

«fue crucificado juntamente con él».

Desde luego, esto tuvo lugar en la cruz.

No sólo llevó Él, en Su amor infinito, nuestros pecados en la cruz, sino que también nuestro viejo hombre fue completamente juzgado allí.

Es desde luego plasmado en la experiencia de nuestras almas cuando nos identificamos con este Jesús
crucificado, de lo cual el bautismo es una figura.

¿Quedamos así identificados con la muerte de Jesús?

No hablamos de la mejora o restauración de nuestra vieja naturaleza, sino:

¿podemos mirar retrospectivamente a la cruz y decir: Allí fui crucificado con Cristo? Todo aquello de lo que yo pudiera jactarme tuvo que ser crucificado.

Y con toda seguridad así fue, para que el cuerpo de pecado quedase anulado, impotente, porque un
muerto es impotente, o no estaría muerto.

Hemos visto cómo Dios justifica a Su pueblo de sus pecados por la sangre de Jesús.

Ahora vemos cómo Él los justifica del pecado, de la raíz, o naturaleza.

«Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.»

Los pecados son perdonados, y ahora no se puede imputar pecado a quien está muerto: queda justificado del pecado.

Pero no habría poder para una vida santa en meramente estar muerto al pecado.

Cuál sea el verdadero poder lo encontraremos cuando lleguemos a Romanos 8, versículo 2; sólo debemos observar cuidadosamente que estamos tan verdaderamente identificados con Cristo resucitado como lo estuvimos con Él en la muerte, o más aún.

Versículos 8-10.

«Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él.»

Lo uno sigue a lo otro.

Y esto para siempre.

«Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea
más de él.

Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.»

Ya no tiene nada más que ver con el pecado, ni el pecado con Él.

Él estuvo una vez aquí, y llevó su maldición hasta el extremo.

Fue hecho pecado, u ofrenda por el pecado.

¿Por cuál pecado? ¿Acaso el suyo?

En Él no había pecado.

El pecado, nuestro pecado, ya no tiene nada con Él, ni Él con el pecado.


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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 23 Nov 2012, 8:45 pm

Se ha desvanecido totalmente de la vista de Dios.

Él, que estuvo una vez bajo el pecado, y ello hasta la muerte, ahora vive para Dios.

¡Oh, preciosa verdad sustentadora del alma!

El pecado ya no tiene nada más que ver con Él, y nada más que ver con nosotros.

Quedamos de una vez identificados con Él en la muerte —y más que identificados, vivos en Él para siempre jamás.

¡Oh, alma mía!, ¿no crees tú a Dios?

Versículo 11.

«Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.»

¿Se trata, entonces, de que la vieja naturaleza, o pecado, quede erradicada, muerta?

¿Es que ya no existe más en el creyente?

Aquí no tenemos tal pensamiento.

Si fuese así, realmente así, no tendríamos necesidad de considerarla así.

¿Acaso has oído alguna vez de un cadáver que sea considerado muerto?

Quedamos identificados de tal manera con Cristo que Dios quiere que nos consideremos muertos con Él y vivos en Él.

Él quiere que tratemos la vieja naturaleza como si fuese muerta al pecado, y a nosotros mismos como vivos en Cristo resucitado de entre los muertos; sólo que, como ya hemos indicado, esto último va mucho más allá de lo primero, porque si alguno está en Cristo, es nueva creación.

Tenemos paz para con Dios por lo que se refiere a nuestros pecados, por la obra de nuestro Señor
Jesucristo.

Pero Dios, que ha resucitado a nuestro Señor Jesucristo, también nos ha resucitado en Él, de modo que
estamos vivos para Dios en Jesucristo Señor nuestro.

Nada es más útil para el propósito de Satanás que echar todo esto a un lado:

tanto la obra consumada de Cristo, por la que somos justificados de nuestros pecados, estando identificados con Su muerte al pecado, y también la obra de Dios al resucitarnos en Cristo y liberándonos así del pecado y haciéndonos vivos para Él.

Sí, en lugar de la llana verdad de este pasaje de la Escritura, muchos han presentado la liberación respecto del pecado como un logro futuro del creyente, y que sólo algunos alcanzan.

Esta es la raíz de la perfección legalista en la carne.

Lo que Dios nos dice en estos versículos da el único principio de liberación respecto del pecado.

Todos los demás métodos son un mero engaño.

Pero tú dirás:

encuentro que mi vieja naturaleza, de hecho, no está muerta.

Así es, pero tú debes considerarte muerto al pecado y vivo para Dios en Jesucristo Señor nuestro.

Encontraremos que mucho de lo que sigue es el desenvolvimiento de este principio tan importante.

Tocará a cada paso de nuestro caminar en este mundo.

¿Cómo deberíamos andar para mostrar nuestra identificación con un Cristo crucificado?

Sí, estamos crucificados con Él.

Puede que conozcas a muchos que andan como si estuvieran muertos a las cosas de Dios y de Su Cristo, y totalmente vivos al mundo que crucificó a Jesús.

¡Quiera Dios emplear estas solemnes verdades con poder santificante para nuestras almas!

Versículo 12.

«No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus
concupiscencias.»

Que de ningún modo surja el pensamiento de que tienes que practicar el pecado para que la gracia abunde.

Vivir en pecado es lo directamente opuesto a la muerte al pecado, como hemos visto más arriba.

La muerte con Cristo, tal como se ha profesado en el bautismo, no es desde luego vivir en el pecado.

Y ahora, también, estamos vivos para Dios en Jesucristo Señor nuestro.

Él no dice que debes considerarlo extirpado (arrancado de raíz).

Si un enemigo ya no existiese en un país, no habría necesidad de decir:

No dejéis que este enemigo reine.

Tampoco se podría decir:

«de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias», si no hubiere concupiscencias, deseos pecaminosos, que someter y resistir.

Pero no debemos presentar nuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino,

«presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos».

Sí, el principio mismo de un andar en santidad es nuestra muerte con Cristo y el estar vivos para Dios.

No se trata ni por un momento de alcanzar este estado, sino que, considerándonos así muertos, y vivos otra vez, así debemos andar.

El conflicto queda claramente reconocido, pero hay liberación.


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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 23 Nov 2012, 8:57 pm

Versículo 14.

«Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.»

Así, poseyendo vida en Cristo, podemos ahora contemplar el pecado, nuestro viejo yo pecaminoso, como un enemigo, pero como un enemigo que no se enseñoreará de nosotros.

¡Qué liberación tenemos aquí!

Para aquel que conoce la absoluta vileza de la vieja naturaleza, no hay palabras que puedan expresar de manera suficiente la magnitud de la liberación respecto del reinado del pecado.

Puede que haya tentación repentina —sí, y fracaso—, pero el pecado no se enseñoreará: no reinará.

¿Por qué no reinará el pecado?

Porque «no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia».

Toda la historia de la Cristiandad y la historia de cada creyente individual demuestra la verdad de esta declaración y también de su antítesis.

Precisamente en aquella proporción en que se conozca y goce del libre favor de Dios por Jesucristo, tal
será la liberación respecto de la esclavitud del pecado, y podremos vivir una vida santa.

La ley no puede dar poder a los que están bajo ella: sólo puede maldecirlos.

En el momento en que haces que el favor de Dios sea condicional, tanto si con respecto de la ley de Moisés
como de los preceptos del evangelio, comienzas en el extremo equivocado y pronto no encontrarás nada más que miseria y dudas.

Dirás: No guardo los mandamientos de Dios como debiera; o, no amo a Cristo como debiera, así que,

¿soy verdaderamente cristiano?

Ahora bien, ¿es esto ley o gracia?

Desde luego que es ley.

La Palabra dice que el pecado no se enseñoreará de nosotros, porque no estamos bajo este principio de la ley, sino bajo la gracia.

Y desde luego no puede haber santidad de vida a no ser que el corazón quede perfectamente libre, en el favor sin límites, gratuito e incondicional de Dios.

¿Me ha aceptado Él a mí, un pecador impío que merecía el infierno?

¿Ha dado Él, en un amor puro e inmerecido, a Su Hijo para morir por nuestros pecados?

Lo ha resucitado de entre los muertos para nuestra justificación?

¿Nos ha dado redención eterna por Su sangre?

¿Tenemos de este modo paz para con Dios según todo lo que Dios es?

¿Estamos identificados con Cristo en todo el mérito de Su muerte, y más todavía, vivos para Dios en Él —y esto de una gracia absoluta y gratuita, la gracia de Aquel que es inmutable?

Ahora que vivo para Dios, puedo considerarme, considerar a mi viejo hombre, muerto.

Así quedo libertado de mí mismo, para vivir para Dios.

Al ser todo así de gracia inmutable para mí, no estoy entonces sobre la base de la ley, ni de condiciones para vida, ni para salvación o liberación, sino absolutamente bajo gracia, una gracia libre y eterna.

¡Oh!, ahora estoy libre para servir al Señor en una verdadera separación y aborrecimiento del mal.

¡Qué gloriosa verdad!

El pecado no se enseñoreará.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 28 Nov 2012, 10:06 am

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Sin duda, querido joven creyente, muchos te dirán que una doctrina así te llevará al pecado según quiera tu vieja naturaleza.

«¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera.»

Los que así hablan nunca han conocido la gracia de Dios, ni la verdadera libertad —no la libertad para pecar, sino la libertad respecto al pecado.

Observa esto, estas palabras no se dirigen a aquellos que están tratando de experimentar que están muertos al pecado o muertos con Cristo y vivos para Dios.

Han hecho la confesión en el bautismo de que están muertos y sepultados con Cristo, identificados con Él en la muerte.

Se consideran muertos al pecado y están así justificados del pecado y vivos para Dios.

¡Oh, maravillosa aunque casi olvidada verdad! Muertos al pecado —la única liberación respecto del pecado. Pero, ¿qué liberación habría sin vida en Cristo para Dios? ¿Cómo se puede andar en novedad de vida si no se posee la novedad de vida?

Si tu vieja naturaleza fuese puesta bajo ley, entonces es cosa bien cierta que el pecado se enseñorearía.

Pero debido a que Dios te ha dado una nueva vida —y ello como Su don gratuito— y ahora te ha
puesto en Su gracia inmutable e infinita, «¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?» En ninguna manera.

Estamos bien seguros de que todos los que quisieran ponerte bajo la ley nunca han conocido de verdad qué es la gracia de Dios.

No olvides que todo esto muestra la relación que hay entre la gracia y la santidad práctica, o la
rectitud en el andar.

Esto queda claro por el siguiente versículo.

Versículo 16.

«¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a
quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?»

En el pasado fuimos los esclavos del pecado —«débiles».

El pecado, como amo, era totalmente nuestro dueño.

Ahora hemos sido redimidos de aquella condición, y hemos quedado liberados, por la muerte de Jesús, de aquel antiguo amo.

Entonces era pecado para muerte.

¿A qué amo obedecemos? ¿Al pecado para muerte, o a la obediencia para justicia? ¿Acaso estamos vivos para Dios para dedicarnos a obedecer al viejo amo, el pecado? ¿Es acaso este el propósito de la gracia de Dios?

En ninguna manera.

Y ahora, ¿puedes aplicarte el versículo 17 para ti mismo?:

«Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados».

No esquives este punto.

Un esclavo está obligado a hacer lo que le manda su amo.

No tiene capacidad para resistirle; aunque pueda disgustarle no puede rehusar hacerlo.

¿Has conocido esta terrible esclavitud bajo el pecado? ¿Tenía el pecado el dominio? ¿Hacías tú las cosas que aborrecías, y no tenías poder para escapar de este cruel amo?

Gracias sean dadas a Dios, podemos reconocer que así era, y, gracias sean dadas a Dios, Él vino a nuestro encuentro en este estado.

¿Cuál es la forma de doctrina a la que fuimos entregados? ¿No fue la muerte con Jesús, como tipificaba nuestro bautismo?

¿La has obedecido —identificación con Cristo en Su muerte— y en Él estás vivo de entre los muertos?

Entonces, la palabra que viene a ti es ésta:

«libertados del pecado, vinisteis a ser siervos [o, esclavos] de la justicia»
(v. 18).



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 28 Nov 2012, 10:25 am

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Sí, así es como cambiaste de amos, por medio de una gracia perfecta.

Mientras estabais bajo el pecado, erais libres de la justicia; ahora sois siervos de la justicia y libres de la esclavitud del pecado. Sí, el pecado y la justicia son contemplados como dos amos.

El cristiano queda perfectamente libre del antiguo tirano.

«Así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.»

Es bien cierto: el hombre tomaba la misma ley que Dios le había dado para probarle su culpa, y la empleaba para establecer su propia justicia.

Otros pueden abusar la gracia de Dios como licencia para pecar.

Pero es bien evidente que el objeto del Espíritu Santo al exponer estas verdades de la gracia infinita es que podamos, como vivos para Dios, presentar nuestros miembros para santificación
para servir a la justicia.

Versículos 20-21.

«Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte.»

Sí, ésta era nuestra condición, esclavos del pecado.

¡Oh, cuán profunda la vergüenza que recaía sobre nosotros en todos los terribles frutos de aquella esclavitud! Pero, ¡qué cambio!


Versículo 22. «Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.»

Tenemos que observar esto con cuidado: no hay aquí pensamiento alguno ni de mejora de la naturaleza de pecado ni de perfeccionar dicha naturaleza.

No, la muerte no es una mejora.

El mayor de los errores acerca de este capítulo es la suposición de que la libertad respecto al pecado es un logro.

Es por la muerte —la muerte de Cristo—, y esto no es nuestro logro.

Y considerarnos muertos con Él no es un logro.

No es por el servicio a Dios que quedamos libertados del pecado; esto sería un mérito humano.

¿No es precisamente lo opuesto? Lee estas palabras de manera cuidadosa:

«Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación».

Así, cada cristiano queda liberado del pecado,

«y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia» (v. 18).

No dice:

Llegasteis a ser siervos de la justicia, y entonces quedasteis libertados del pecado.

Estas grandes verdades nos ocuparán, si el Señor quiere, en el capítulo 7.

¡Mientras, estas son unas verdaderas y solemnes verdades!

Versículo 23.

«Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor
nuestro.»

¡Qué don!

¡Y, oh, cuán pocos creen esto!

No tenemos ningún mérito en esto, o no sería el don de Dios.




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Romanos-cap:7

Mensaje por Evangelista el Miér 28 Nov 2012, 11:43 am




El capítulo 6 nos habló de nuestra liberación; este capítulo 7 nos da detalles acerca de la misma.

No comprenderemos este capítulo si no vemos este orden, porque la verdad del capítulo 6 tiene que haber recibido todo su peso antes de que tratemos de comprender el capítulo 7.

El Apóstol acaba de decir:

«Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia».

Esta es una declaración de suma importancia, y el Apóstol procede ahora a explicar cómo hemos (esto es, para aquellos que están bajo ella) sido liberados.

Luego describe la condición de un alma vivificada y bajo la ley antes de la liberación.

Esto lo hace de una manera muy completa, y finalmente expone, lleno de gozo, el tema de la liberación, llevándonos así al capítulo 8.

Versículo 1. Primero, ¿cómo fueron liberados de la ley aquellos que estaban bajo ella?

«¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive?»

Este hecho muestra la importancia de la verdad ya expuesta —la identificación con la muerte de Cristo, el considerarnos muertos con Él, y vivos para Dios.

Porque si aquellos que estuvieron una vez vivos bajo ella lo estuvieran aún, tienen que ser responsables de cumplir cada una de sus jotas y de sus tildes, o la ley tendrá que maldecirlos.

De modo que el cristianismo, en tal caso, carecería totalmente de valor.

El hombre seguiría todavía bajo la maldición.

La ley tiene dominio sobre el hombre en tanto que vive.

Su responsabilidad respecto de la ley sólo termina con la muerte.

La ley respecto al matrimonio demuestra esto:

sólo la muerte disuelve el vínculo de responsabilidad.

Mientras que un marido vive, la mujer no puede ser de otro, pues en tal caso, ella sería adúltera.

Esto era evidente de por sí para los que conocían la ley.

Del mismo modo el creyente no puede, por así decirlo, tener dos maridos.

No puede estar vivo en la carne, casado a la ley (bajo la ley), y estar también casado con Cristo.

Sin duda alguna los hombres dicen que así ha de ser, que uno ha de tener la ley y Cristo a la vez, pero nosotros no estamos aquí explicando lo que los hombres dicen, sino lo que dice la Escritura.

Dios nos dice que no podemos tener a Cristo y la ley.

Así como una esposa sólo queda libre de su antiguo marido por la muerte, así nosotros sólo podemos quedar libertados del antiguo marido, del principio de la ley, mediante la muerte.

Ahora, en tanto que es cierto que materialmente no hemos muerto, debemos sin embargo observar la importancia de la verdad que hemos aprendido en el capítulo 6, de considerarnos muertos, identificados con Cristo en la muerte.

Sólo que ahora esto se ve en su relación especial con respecto a la ley.

Versículo 4.

«Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para
que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.»

Así ellos estaban tan muertos a la ley por el cuerpo de Cristo como si realmente hubiesen muerto.

Pasan de su dominio a otro estado enteramente nuevo.

No tienen más que ver con el marido antiguo, sino que entran a una nueva relación, casados con un nuevo marido, a uno resucitado de entre los muertos, Cristo.

Pero, ¿no dirán algunos grandes maestros que estar muertos a la ley, el no tener ya más que ver con ella, ni ella contigo, es antinomianismo?

Esto, dicen ellos, llevaría a dar fruto para pecado; sería terrible. Pero, ¿qué es lo que dice Dios? Él dice que esto es «a fin de que llevemos fruto para Dios».

Esto está en perfecta armonía con lo que se ha dicho hasta ahora:

«Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (6:14).

Estar bajo la ley es estar bajo maldición, porque todos quedan culpables de manera probada (capítulo 3).

Pero ahora somos uno con el Cristo resucitado, con los pecados perdonados y el pecado juzgado, para que podamos llevar fruto para Dios.

Versículo 5.

«Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en
nuestros miembros llevando fruto para muerte.»

Este versículo determina el carácter de la enseñanza que sigue.

No puedes decir:

Cuando estábamos en la carne, a no ser que hayas sido liberado de tal estado.

No podrías decir:

Cuando estábamos en Londres, excepto que te hayas ido de allí.

Es muy importante comprender esto.

Con frecuencia se pregunta:

¿Es esta parte del capítulo 7 la experiencia propia de un cristiano?

Desde luego que no, o no se diría:

«Mientras estábamos en la carne».

Pero, como veremos, es la experiencia por la que han pasado la mayoría de los cristianos, por no decir que todos.

También se dice que es la experiencia de los inconversos.

Pero tampoco puede ser, porque los tales no pueden decir

«Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios» (v. 22).

Se trata, evidentemente, de la experiencia de un alma vivificada, nacida de Dios, que posee una nueva naturaleza que se deleita en la ley de Dios según el hombre interior, pero que sigue bajo la ley, y que no ha aprendido todavía qué es la liberación a través de la muerte.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 28 Nov 2012, 11:55 am

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Se puede decir con certidumbre que la experiencia descrita en los versículos 5-24 es la miserable experiencia de cada persona nacida de Dios si es puesta bajo la ley.

Cuando recordamos cuántos cristianos se encuentran en esta misma condición, no es asombroso que haya tantos sufriendo estas miserias.

Tenemos que comprender las palabras

«porque mientras estábamos en la carne» como significando mientras estábamos bajo el primer marido, la ley.

La ley sólo puede tener que ver con el hombre mientras éste vive.

La ley contemplaba de tal manera al hombre, y le mandaba y requería su obediencia, que lo contemplaba como vivo en la carne.

Una vez muerto, cesan todos los mandamientos y requerimientos.

No puedes mandar a un muerto que ame a Dios ni a su prójimo, pero estando vivo en una naturaleza que sólo puede pecar, el mandamiento sólo puede ser ocasión de transgresión.

La ley podía exigir justicia, pero como el hombre no era justo, venía a ser una ministración de condenación y muerte.

La posición cristiana es ésta:

considerarse uno mismo como muerto a la carne y vivo para Dios —una vida enteramente nueva para Dios.

Toda esta cuestión quedaría enormemente simplificada si mantuviésemos la distinción entre estas dos cosas:

la vida antigua o vieja naturaleza, llamada la carne (la base sobre la que el hombre fue puesto a prueba bajo la ley), y la nueva vida, o nueva naturaleza, que tiene el creyente, la misma vida eterna del Cristo resucitado.

Hemos visto cómo hemos sido liberados de la esclavitud del pecado al morir a lo uno y estar vivos a lo otro.

No se trata de que el pecado haya quedado erradicado, sino que somos muertos a él.

Versículo 6.

Este mismo principio de muerte y de vida en resurrección en Cristo se aplica a la cuestión de la ley.

La ley no está muerta ni abolida en sí misma, sino que nosotros estamos muertos a ella.

«Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra.»

La ley producía esta experiencia verdaderamente desgraciada, pero estamos liberados de la ley.

¿Lo puedes decir de verdad?

Es de suma importancia resolver esta cuestión antes de examinar la miseria de la que hemos sido liberados.

Por la muerte y resurrección de Cristo no sólo quedamos plenamente justificados de nuestros
pecados, sino que hemos pasado de una condición de pecado y muerte a una condición enteramente nueva; sí, hemos pasado a una nueva creación de vida y justicia.

Hemos pasado de aquello que nosotros éramos a aquello que Cristo es.

Estábamos con Adán en pecado y muerte; ahora estamos unidos, somos uno con Cristo en
resurrección, donde Él está y lo que Él es.

«Pues como él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Jn. 4:17).

Su misma vida nos es comunicada.

Ser una nueva creación en Cristo Jesús es una cosa tan real ahora para la fe como lo será en breve para la vista.

Esta es una plena y completa justificación de los pecados y del pecado, y una plena y completa liberación respecto a todas las demandas de la ley.

Ha de haber esta completa liberación para servir en novedad de vida.

¿Has pasado así de la carne —el estado adánico— a Cristo? ¿Puedes decir:

Sí, ahora todo es Cristo? ¿Dices: La carne sigue ahí, y es pecado?

Es cierto. La ley sigue ahí. Muy cierto. He pecado. Sí, esto también es cierto. ¿Pero por qué murió Cristo? ¿No fue tanto por tus pecados como por tu pecado? ¿Estas pecando ahora, o estás liberado del pecado?

Veremos esto más plenamente expuesto en el capítulo 8.

Ahora sólo apremiamos este punto:

Está liberada el alma que puede comprender la terrible experiencia descrita en lo que sigue.


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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 30 Nov 2012, 2:58 pm

___________________

El fariseo inconverso o engañado no sabe nada de esta amarga experiencia.

Sólo cuando se ha implantado la nueva naturaleza, santa, y con ella el profundo anhelo del alma por la verdadera santidad, descubre el alma que no hay poder en la carne para hacer aquello que anhela.

Sí, la ley del pecado y de la muerte es como un amo de esclavos, y no hay poder para escapar.

Cuanto más tratamos de guardar la ley, que se dirige a los hombres como vivos en la carne, tanto más profunda es la miseria de hacer aquellas mismas cosas que aborrece la nueva y santa naturaleza.

Sí, aquello que no daría problemas a ningún inconverso, o más bien a uno que no ha nacido de
Dios, llena al alma vivificada de un intenso sentimiento de miseria.

¿Te encuentras en este estado? Si estás vivificado y bajo la ley, de cierto que estarás ahí en uno u otro grado.

¡Oh, cuánta de la agitación y del esfuerzo de nuestro tiempo es para ahogar esta miseria y ayudarte a olvidarla!

Bien, no desesperes, creemos que cada uno que ha nacido de Dios pasa por una experiencia así en mayor o menor grado, y a menudo aquellos que pasan por lo más profundo son aquellos escogidos para glorificar más a Dios.

No dudamos de que se yerra desde dos lados en la comprensión de este capítulo:

desde el lado de los que lo entienden como la experiencia de un pecador inconverso, y desde el lado de los que consideran que es la experiencia propia de un cristiano.

Versículo 7. Si fuésemos dejados a nosotros mismos, incluso donde hay nueva vida (la implantación de la nueva naturaleza santa), de natural nos volveríamos a la ley y nos pondríamos bajo ella.

Así sucede siempre cuando no se conoce al Espíritu Santo.

Es destacable que en estos versículos no se hace mención del Espíritu Santo ni una sola vez.

Como hemos dicho, son pocos los que no pasan por esta experiencia, y los que han recibido
liberación pueden mirar atrás y ver el gran provecho que han derivado de este ejercicio del corazón.

La ley no es pecado, pero por ella aprendemos qué es el pecado.

La ley expone la raíz —el pecado— en nosotros.

«Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.»

Cuando se recibió la nueva naturaleza, se sintió la naturaleza espiritual de la ley.

Un hombre sin la nueva naturaleza diría:

La concupiscencia no es pecado, a no ser que cometas el pecado mismo en transgresión.

Pero cuando la ley toca a la conciencia, detecta la concupiscencia, y yo digo:

Esto es pecado.

Sí, la concupiscencia misma es pecado; esto es, la naturaleza es pecado.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 30 Nov 2012, 3:16 pm

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Versículo 8. Esta naturaleza, siendo pecado como es, toma ocasión por el mandamiento para producir en mí toda clase de deseo hacia aquello que está prohibido.

«Porque sin la ley el pecado está muerto.»

Estaba inactivo.

Prohíbe a un niño que salga al jardín, y en el acto desea ir, y, si la voluntad está activa, va al jardín.

Ahora bien, no sólo puede la naturaleza estar inactiva, sino que yo creo que estoy vivo.

Versículo 9.

«Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí.»

Nunca verás a nadie antes de ser vivificado que no crea que está vivo, y que puede obrar y vivir.
Sí —dice—, yo creía estar vivo sin la ley en un tiempo.

Pregunta a un hombre natural:

¿Eres salvo?

Él te contestará: No lo sé; espero que sí.

Asisto a mi lugar de culto, y pongo lo mejor de mi parte, y espero que al final llegaré al cielo.

¡Oh! —dice él—, estoy vivo.

No hay ni un pensamiento en su alma de que esté perdido.

Ni con una palabra confiesa él una mínima necesidad de un Sustituto en la cruz.

Si preguntas, incluso a profesos cristianos, recibirás esta clase de respuesta, incluso donde menos te lo esperes.

Ahora bien, en el momento en que un alma ha nacido de Dios, todo esto cambia.

¿Por qué —pregunta él— tengo una naturaleza que desea las mismas cosas que Dios prohíbe? Se vuelve a la palabra de la ley de Dios, y muere a toda esperanza de ser en la carne aquello que pensaba que era. «Y yo morí.»

Sí, ahora nos encontramos con la dura realidad de la muerte del viejo «Yo».

Anhela él la santidad y se vuelve a los mandamientos ordenados para vida —aquellos por los cuales el hombre que los cumpliere vivirá (Ez. 20:11)— pero descubre que es para muerte.

Descubre que el pecado posee el dominio y que emplea el mandamiento mismo para matarlo.

No olvides que esto es «mientras estábamos en la carne».

¡Cómo fue barrida de nosotros la última esperanza de bondad en la carne!

Versículo 12.

La ley procedía de Dios; no era mala ni era pecado; era

«santa, y el mandamiento santo, justo y bueno».

No era muerte para mí, sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte.

¡Oh, qué descubrimiento, encontrar que yo —mi naturaleza— como hijo de Adán era sólo pecado, y que por el mandamiento este pecado podía llegar a ser y efectivamente llegó a ser sobremanera pecaminoso!

Versículo 14. La obra en el alma va más a fondo aún.

«Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado.»

Sí, la ley demanda la justicia con toda razón.

Pero, ¿qué es lo que descubro en mí?

Que «yo soy carnal, vendido al pecado».

¿Sabes esto? ¿Has aprendido esto como esclavo impotente del pecado?

Esto es todo lo que la carne es —un esclavo.

Aborrezco aquello que hago.

Descubro que no tengo poder para hacer aquello que quiero, en tanto que reconozco que la ley es buena y sólo exige de mí aquello que es bueno.

Versículo 17. «De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.»

Esto es un descubrimiento.

Aprendo que hay una naturaleza todavía en mí, el pecado, pero puedo contemplarla como distinta
de mí mismo, el nuevo «Yo».

Bien, digo yo: ¿Qué hay entonces en aquella vieja naturaleza, en el viejo «Yo»?

No hay ni una pizca de bien en mí, esto es, en mi carne, mi vieja naturaleza.

Versículo 18. «Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.»

Esto es muy humillante: descubrir que como hijo de Adán no tengo poder alguno para hacer el
bien, sino todo lo contrario.

«Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.»

Éste es el verdadero carácter de la vieja naturaleza, incluso cuando la nueva naturaleza desea hacer el bien y ser santa como nacida de Dios.

De modo que no es la nueva naturaleza, el nuevo «Yo», quien hace el mal, sino que es la vieja
naturaleza la que hace aquello mismo que condena la nueva naturaleza.

Versículo 20. «Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo [no más lo que yo soy, como nueva creación], sino el pecado que mora en mí.»

Así hay dos principios
(dos naturalezas) en el hombre nacido de Dios.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 30 Nov 2012, 4:46 pm

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El principio de la vieja naturaleza, de la naturaleza depravada, es designado como una ley:

Versículo 21.

«Encuentro, pues, esta ley: Que queriendo yo hacer el bien, el mal está presente en mí» (RVR77).

Este es el principio fijo de la vieja naturaleza:

«Que queriendo yo hacer el bien, el mal está presente en mí».

Sí, dirás tú, esto es precisamente lo que he descubierto para mi gran dolor; desde luego, esto es lo que me ha llevado casi a la conclusión de que no puedo haber nacido de Dios en absoluto.

Los que no han nacido de Dios nunca se descubren ni la mitad de malos que tú encuentras que
es tu viejo yo.

Pero, ¿no demuestran las siguientes palabras que tú has nacido de Dios, que tienes un nuevo
«Yo», o nueva naturaleza?

«Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios.»

De cierto que esto demuestra, más allá de toda duda, que hay dos naturalezas, porque, ¿cómo podría la vieja naturaleza, que es pecado, deleitarse en la ley de Dios? De modo que es así:

«Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios».

Bien, me dirás tú, esto parece una contradicción.

Esto es precisamente lo que son ambas naturalezas entre ellas; sí, la vieja naturaleza está en contraposición directa con aquel hombre interior que se deleita en la ley de Dios.

Dice luego:

Versículo 23. «Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.»

De modo que negar las dos naturalezas en un hombre nacido de nuevo es negar la clara enseñanza de la Palabra de Dios.

¿Acaso no dijo Jesús: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es»? (Jn. 3:6).

De modo que se trata de un nacimiento, de una nueva naturaleza, de una nueva creación, enteramente nuevos, lo que es del Espíritu y que es espíritu.

Lo que es nacido de la carne pecaminosa, de la naturaleza, es, permanece lo que es —carne, o pecado.

Aquí aprendemos que si estamos bajo la ley —esto es, que si estamos sobre la base de la carne, bajo la ley para su mejora, como miles lo están— descubrimos entonces, en la guerra de las dos naturalezas, que somos llevados «cautivo[s] a la ley del pecado que está en [nuestros] miembros».

Es una terrible realidad, pero debemos aprender en la práctica lo absolutamente mala que es
nuestra vieja naturaleza, si no creemos lo que Dios dice acerca de la misma.

Pero si esto es así, uno que haya nacido de Dios, bajo la ley, y desconociendo la distinción de las dos naturalezas, tiene que sentirse sumamente desgraciado si es sincero y anhela fervientemente la santidad y la rectitud de vida.

Esto es precisamente lo que encontramos.

Versículo 24. «¡Miserable de mí!»

Ahora ya no se trata más de, ¿quién me ayudará a mejorar la carne?, sino de:

«¿quién me librará de este cuerpo de muerte?»

Sí, el yo, el viejo hombre, el cuerpo de esta muerte, tienen que ser dejados a un lado.

Necesitamos un libertador, y este libertador es Cristo.

Versículo 25a. «Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.»

Pocas palabras, pero, ¡ah, qué gloriosa liberación y victoria!

Después de llegar al pleno descubrimiento de mi total impotencia y de la inmutable maldad de la vieja naturaleza, la mirada se levanta ahora a Cristo, y el corazón se ensancha en el pleno gozo de la gratitud.

Esta liberación se expone adicionalmente en el siguiente capítulo.

Hay un error que se comete con frecuencia aquí, contra el que debemos guardarnos con todo cuidado.

A menudo se dice, o se implica, que lo que hemos visto respecto a la vieja naturaleza, la carne, la ley de pecado en los miembros, es totalmente cierto de un creyente antes de conseguir la liberación, pero que después de esta liberación, es cambiada o erradicada —en todo caso,sumamente mejorada, santificada de manera repentina o gradual— y que no queda esta naturaleza mala en los santos libertados o santificados.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 30 Nov 2012, 4:55 pm


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¿Es cierto esto, o no?

Dejemos que las palabras que siguen inmediatamente a continuación, después de nuestra liberación y acción de gracias, determinen esta cuestión de tanta importancia.

Versículo 25b.

«Así que, yo mismo con la mente [o, el nuevo hombre] sirvo a la ley de Dios, mas con la carne [la
vieja naturaleza] a la ley del pecado.»

Ahora ya no estamos sobre la base de la carne, como vivos bajo la ley, intentando mejorar la carne —ya no estamos en la carne.

Pero que esta carne permanece en el creyente queda expuesto de la manera más explícita posible —en aquella misma persona que con la nueva mente o naturaleza sirve a la ley de Dios.

Pero la carne y la ley del pecado siguen aún en mí.

Puede que los haya que quieran plantear dudas, cavilaciones, e incluso que ridiculicen esta verdad,
pero es la verdad de la Escritura, y lo que cada creyente descubre como verdadero.

De modo que necesitamos preservar irreprensibles el espíritu, el alma y el cuerpo.

Pongamos la vieja naturaleza bajo la ley, tratemos de descubrir algún bien en ella, inmediatamente encontraremos que nuestra experiencia es como se ha descrito en estas páginas.

Otra reflexión, antes de dejar este tema.

¿Cómo es que tantos cristianos están sumidos en esta experiencia?

Sencillamente porque, aunque han nacido de Dios, son, por enseñanzas falsas o defectuosas, puestos bajo la ley, sin haber conocido nunca el verdadero carácter de la liberación.

Pasemos pues a examinar qué es esta liberación.




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Romanos : CAPÍTULO 8

Mensaje por Evangelista el Vie 30 Nov 2012, 5:08 pm



Versículo 1. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.»

¡Qué maravillosa declaración!

No se trata meramente de cuál será la justificación del creyente cuando sea manifestado ante el
tribunal de Cristo, sino que «ahora» no hay nada para condenar a aquellos que están en Cristo Jesús.

Si me contemplo a mí mismo en la carne, es, «¡Miserable de mí!»

Si contemplo lo que soy en Cristo Jesús, no hay ahora condenación alguna.

Estoy muerto a lo que soy como hijo de Adán; estoy muerto al pecado y muerto a la ley, pero estoy vivo para Dios en Cristo Jesús.

Así, estando en y siendo para otro, para Cristo Jesús resucitado de entre los muertos, no es sólo para llevar fruto para Dios, sino que «Ahora, pues, ninguna condenación hay».

¿Te aferras a esto? ¿Hay alguna posible condenación para aquel Cristo resucitado en la gloria de Dios?

Entonces, si estás en Él, ¿cómo puede haber ninguna condenación para ti?

Las siguientes palabras,

«que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu», están omitidas en las mejores traducciones; pero las encontramos más adelante, como un resultado, en el versículo 4.

Aquí fueron insertadas en algún tiempo a modo de condición, de salvaguarda.

Querríamos detenernos un poco y apremiar este primer versículo como el fundamento mismo de la liberación.

Ningún alma puede conocer la liberación del poder del pecado si no conoce primero el favor sin nubes de Dios en Cristo.

¡Qué maravilloso, después de un capítulo de amarga experiencia, después de haber llegado al final
absoluto de toda esperanza de bien en uno mismo, de la vieja naturaleza, encontrar que como muertos con Cristo y vivos de entre los muertos en Cristo, estamos en el favor sin nubes de Dios, sin condenación! ¡Qué paz tan perfecta! Nada puede perturbar, nada puede condenar.

Es Dios quien pronuncia la palabra:

«Ninguna condenación hay».

Querido joven creyente, ¿es éste el sólido fundamento sobre y en el que estás afirmado?

Versículo 2.

«Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.»

Hemos visto la terrible ley o poder del pecado; ¿acaso no la hemos también conocido y sentido?

Pero, ¿qué nueva ley, o poder, o principio es éste? ¿Se trata acaso del poder de mi nueva naturaleza como nacida de Dios? No; aunque, como tal, me deleitaba en la ley de Dios, pero esto no me liberaba de la ley del pecado, como hemos visto.

Pero esta ley sí lo hace —la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús.

Se trata de Dios el Espíritu Santo habitando en nosotros; no es la muerte ahora, sino el Espíritu de vida.

Como hemos visto en el capítulo 5, tenemos una vida justificada.

En este capítulo encontramos que tenemos poder —la ley del Espíritu de vida.

En otros lugares aprendemos que la vida que ahora tenemos es eterna.

El Espíritu es eterno; de modo que el poder que tenemos es eterno.

Hemos visto que la carne, o el pecado, sigue en nosotros, pero aquí tenemos liberación de su poder.

Hemos sido liberados de la ley del pecado y de la muerte, liberados por un poder infinito y eterno —la ley del Espíritu de vida.

No se trata de que esto me vaya a liberar, sino de que ya me ha liberado.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Mar 04 Dic 2012, 6:20 pm

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Tan terrible es nuestra vieja naturaleza depravada, pecaminosa, que, aunque hayamos nacido de Dios, nos deleitamos en la ley de Dios y anhelamos guardarla; sin embargo la ley del pecado en mis miembros me llevaba a la cautividad.

¿No ha sido esto así? Pero ahora somos liberados de su poder gracias a un poder mayor —la ley
del Espíritu de vida en Cristo Jesús.

Este versículo sumariza la totalidad del capítulo 6.

Es el principio de considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios en Jesucristo, aplicado por el poder del Espíritu.

¡Oh, por una fe más simple en la Palabra de Dios, sí, y también en el Espíritu Santo que habita en nosotros!

Muchos jóvenes lectores pueden tener esta dificultad al pasar por la experiencia de la absoluta maldad de la carne, como se describe en el capítulo 7.

Puede que digan: Veo que mis pecados me han sido perdonados, pero he descubierto desde entonces que la vieja naturaleza es tan totalmente mala que no he encontrado poder para guardar la ley de Dios, por mucho que haya deseado hacerlo.

He descubierto, para mi sorpresa, una naturaleza mala, una ley de pecado, que me ha mantenido
en cautividad.

La ley que anhelaba guardar sólo podía maldecirme, porque mi misma naturaleza —el pecado en
la carne— sólo hacía aquello que yo aborrecía y condenaba.

¿Cómo puedes decirme, entonces, que no hay ninguna condenación?

Examinaremos el siguiente pasaje para una respuesta.

Versículos 3-4.

«Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su
Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.»

Aquí tenemos lo que la ley no podía hacer, y lo que Dios ha hecho en cambio.

La ley no podía liberar de la culpa ni del poder del pecado.

Era impotente tanto para liberar como para ayudar al hombre en la carne, porque la carne era pecado, y si actuaba bajo la ley, sólo podía transgredir, incluso en quien estuviese vivificado y anhelando liberación.

Consideremos ahora esta cuestión:

¿Es la liberación un asunto de comprender la verdad o de un mero conocimiento de la verdad?

La liberación de Israel respecto de Egipto responde a esta pregunta.

Lo mismo que un alma vivificada, ellos creyeron a la palabra de Dios por medio de Moisés y Aarón (Éx. 3:7-10;



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Mar 04 Dic 2012, 6:29 pm

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Ellos, por así decirlo, pasaron por la experiencia de Romanos 7
en los hornos de ladrillos de Egipto, y llegaron a sentirse más miserables que nunca, no liberados en absoluto.

¿Fue entonces un aumento de conocimiento o de comprensión de la verdad lo que sirvió para liberarlos? ¿Acaso el conocimiento de las promesas en Éxodo 6 los liberó? ¿O los liberó el conocimiento adicional del favor providencial de Dios (caps. 7-11)? En absoluto.

Fueron liberados verdaderamente sobre la base de la redención, pero ello tuvo lugar por el poder de Dios.


No había poder en la santa ley de Dios para liberar.

Su única prerrogativa era maldecir a los culpables.

En Romanos 8:2 tenemos el poder que nos ha liberado de la ley del pecado y de la muerte.

En el versículo 3 tenemos la impotencia de la ley para liberar a causa de la debilidad de la carne, y entonces cómo Dios nos ha liberado, y la base sobre la que se lleva a cabo esta liberación.

¿Cómo puede ser que no haya condenación ninguna para mí, siendo que la carne es tan absolutamente vil?


Esto lo consiguió «Dios enviando a Su Hijo» para nuestra liberación.

Del mismo modo en que cuando todo había fallado en liberarles de Egipto, fue traído el cordero y
sacrificado.

El israelita, aunque todavía no liberado, quedó totalmente a cubierto bajo la sangre.

De modo que la base de liberación es que «Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado [o, un sacrificio por el pecado], condenó al pecado en la carne».

No sólo fue entregado por nuestras ofensas y resucitado para nuestra justificación, como ya hemos visto, sino que la muerte expiatoria del Hijo enviado de Dios fue por el pecado —la raíz misma.

Siendo que tanto los pecados como el pecado han quedado juzgados y condenados, no queda así nada, nada en absoluto, dejado para condenar.

Es sobre la base de la obra expiatoria del Hijo que el Espíritu de vida en Cristo Jesús da una completa liberación.

Así como la liberación respecto de Egipto era ser sacado fuera del lugar o condición de esclavitud a la condición de libertad, del mismo modo el creyente es, por el Espíritu de vida, sacado de un lugar o condición llamado «en la carne», a otro lugar o condición llamado «en Cristo», habiendo quedado el pecado perfectamente juzgado en el hecho de que el santo Hijo de Dios fue hecho pecado por nosotros.

Esto fue llevado a cabo no con el fin de que siguiésemos estando en esclavitud, sino para quedar libres, liberados, para que se cumpliesen las justas demandas de la ley en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.


Israel estaba en esclavitud, y luego fue liberada para servir a Jehová.

Del mismo modo nosotros, después de ser vivificados, estábamos en esclavitud a la carne, bajo la ley.


Tras haber aprendido la condición absolutamente mala de la carne y nuestra impotencia acerca de ella, ya no intentamos más mejorarla.

Ya no estamos en ella, sino en Cristo, liberados por el Espíritu.

Ahora debemos andar conforme al Espíritu, y el Espíritu actuará en nosotros con poder sobre la base de la obra de Cristo.


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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Mar 04 Dic 2012, 6:47 pm

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Versículo 5. La carne es dejada de lado por aquellos que no andan «conforme a la carne».

Asumen otra posición, y andan «conforme al Espíritu». Hay, por así decirlo, dos partes:

«Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu».

Lo uno es muerte; lo otro es vida. Además, la mentalidad de la carne es enemistad contra Dios.

Porque no se somete a la ley de Dios, ya que ni siquiera puede (v. 7). De esto sigue que los que están sobre esta base de «en la carne» no pueden agradar a Dios.


¿Has llegado tú, joven lector, a esta conclusión —que tu vieja naturaleza, la carne, el pecado, es totalmente incapaz de agradar a Dios?

Es una raíz que sólo lleva mal, por mucho que trates de mejorarla. Es sólo enemistad contra Dios.

No des oído a este abominable sentimiento de que la concupiscencia no es pecado a no ser que la satisfagas cometiendo la acción.

El pecado es la misma raíz de la concupiscencia, como vemos en el capítulo 7, versículo 8.

No, la raíz misma tiene que ser juzgada, y el infinito sacrificio fue ofrecido por el pecado.

«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co. 5:21).

Es solo sobre esta base que somos liberados de la culpa y de la condenación debida a nuestro pecado, a la carne, y sobre esta base ya no estamos más en la carne, sino en el Espíritu.

Aquí se plantea una cuestión profundamente interesante e importante tanto para creyentes jóvenes como maduros.

¿Cuándo y cómo podemos llegar a la conclusión, saber, que no estamos en la carne, sino en el Espíritu?

Consideremos esto con todo cuidado.

En tanto que no cabe duda alguna acerca del resultado final —«estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6)— hay sin embargo diferentes etapas de la obra de Dios en el alma, como hemos visto tipificado en la
redención de Israel.

Versículo 9. Este versículo responderá a nuestra pregunta. ¿Cuándo podemos llegar a la conclusión de que no estamos en la carne, sino en el Espíritu?

«Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.»

Es cosa evidente que si el Espíritu de Dios habita en ti, puedes llegar a la conclusión cierta de que no estás en la carne.

¿Hay, pues, una etapa concreta entre la vivificación, o nuevo nacimiento, de un alma, y la morada del Espíritu Santo en nosotros? Sí, bien sea larga o breve, la Escritura expone esto en cada caso.

Consideremos el caso de Cornelio y de su compañía, así como de los creyentes bautizados en Samaria, que no recibieron el Espíritu Santo hasta que los apóstoles descendieron desde Jerusalén.

Cornelio era evidentemente un alma vivificada, y toda su casa (Hch. 10:2), pero no estaba liberado, y de ahí que estaba en la carne hasta que la palabra acudió con el poder del Espíritu Santo y luego el Espíritu Santo mismo (Hch. 10:44). Entonces, la pregunta es ésta:

«¿Habéis recibido el Espíritu Santo?» Si no, aunque vivificados, seguís estando en la carne, buscando su mejora —puede que por obras legalistas.

De Cornelio no se puede decir que fuese cristiano hasta que recibió el Espíritu Santo, y tampoco puedes tú ser considerado cristiano, en el sentido pleno de la palabra, hasta que hayas recibido el Espíritu.

«Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.»

Conocimos a un anciano el otro día que nos dijo que había «estado en Egipto» treinta años.

¿Dónde estás tú, lector —en esclavitud o libertado? ¿En la carne o en el Espíritu? Esta no es una pregunta que pueda trivializarse.

Versículo 10. «Si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado.»

Esto no significa que el pecado haya sido erradicado, ni que la naturaleza mala haya sido mejorada.

Si fuese verdadera la doctrina de la perfección en la carne, el cuerpo no podría estar muerto ni podría llegar a morir, porque la muerte entró por el pecado.

Vemos el efecto del pecado, la muerte, en el cuerpo.

«Mas el espíritu vive a causa de la justicia.»

Hay muerte a causa del pecado; hay vida a causa de la justicia —no de la nuestra, sino de la justicia de Dios, cumplida por la muerte de Su Hijo por nosotros.

Versículo 11. «Y si el Espíritu de aquel que levantó de [entre] los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de [entre] los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.»

¿Debe el cuerpo, entonces, permanecer muerto a causa del pecado? No.

¡Cuán completa es la victoria de Cristo! Así, la redención de nuestros cuerpos es cosa cierta.

¿Habita en nosotros el Espíritu de Dios? Entonces la vivificación de nuestros cuerpos mortales es cosa segura.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 05 Dic 2012, 3:31 pm

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Así, no estamos en la carne, aunque la carne está en nosotros; pero no somos deudores de ella para vivir según ella.

El fin del pecado, o de la carne, es la muerte.

La carne está siempre lista, como descubrimos para nuestro dolor, para actuar en el cuerpo.

«Mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne [lit., del cuerpo], viviréis.»

Si nuestra vieja naturaleza no quedase todavía lista para actuar, no necesitaríamos hacer morir las obras del cuerpo.

No es poner a muerte el cuerpo, sino las obras del cuerpo.

Lo capital que debemos observar es que es por el Espíritu.

Esto queda plenamente expuesto en Gálatas 5:16-25.

Versículo 14. «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.»

Jesús dijo: «Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre» (Jn. 8:35).

No estamos en esclavitud, sino en la maravillosa libertad y privilegios del Hijo.

¿No fue éste Su primer mensaje a María, cuando Él resucitó?

«Ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (Jn. 20:17).

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Jn. 3:1).


son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.»

También se nos dice:

«Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (Gá. 5:18).

De cierto, el Espíritu no nos puede llevar bajo aquella administración de la ley que ha quedado abolida (véase 2 Co. 3:7-18).


Como hemos estado viendo durante todo este tiempo, poner o llevar a un creyente bajo la ley es ponerlo bajo la ministración de muerte y bajo maldición.

El Espíritu siempre nos llevará a contemplar la gloria del Señor y a ser transformados según esta misma gloria.

El Espíritu da libertad, no esclavitud.

¿Cuál es tu porción —la libertad de los hijos de Dios, o el yugo del siervo, del esclavo?

Los hijos no dejan de ser hijos para volver a ser esclavos otra vez.

Versículo 15.

«Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis
recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos:

¡Abba, Padre!»

¿Puede un hijo dejar de ser hijo? ¿Acaso puede Cristo, el Hijo, dejar de ser Hijo? ¿No hemos oído
de Su boca que Dios es nuestro Padre tal como es Su Padre?

Esta relación no puede cambiar jamás, nunca puede dejar de ser.

¡Ah, las riquezas de Su gracia!

Nosotros, que somos conscientes de que sólo hemos merecido Su ira eterna, somos en cambio introducidos en una relación inmutable —hijos de Dios, un espíritu con el Hijo—, no de esclavitud ni temor, sino el Espíritu de adopción.

¿Clamamos ahora, como pecadores alejados de Dios:

Ten misericordia de nosotros? No, sino, «Abba, Padre».

Observa esto: éste es el especial testimonio del Espíritu.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 05 Dic 2012, 3:43 pm


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Versículos 16-17. «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.»

Sí, las dos magnas realidades de las que el Espíritu da testimonio son éstas: en este pasaje, tocante a nuestra condición imperecedera de hijos y herederos; en Hebreos 10, de que somos hechos perfectos para siempre (continuamente) por el un sacrificio de Cristo, de manera que Dios no recordará más nuestros pecados.

Nada es negado con más frecuencia, o al menos de nada se duda más, que de estas dos benditas realidades. Sí, es una realidad que si somos creyentes somos hechos perfectos para siempre (He. 10:14).

También es una realidad que somos coherederos con Cristo.

Y si coherederos de toda la gloria venidera de Jesús, el Hijo del Hombre, no pasemos por alto estas pocas palabras:

«Si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados».

Que éste era el caso se puede constatar en toda la historia de Hechos.

El mundo, especialmente su sector religioso, aborrecía a los discípulos de Cristo como aborrecía al Señor.

Ellos sufrieron con Él.

¿Cómo es que esto no sucede ahora? Porque ahora el mundo religioso pretende ser cristiano, y, ¡ay!, nos hundimos mucho a su nivel.

Pero en aquella proporción que seamos guiados por el Espíritu, desde luego padeceremos el odio del mundo.

¿Conoces tú algo, querido lector, de ser guiado por el Espíritu, o estás siendo guiado por las organizaciones y los planes del mundo religioso?

Si lo cierto es esto último, estás contristando al Espíritu, y no puedes experimentar el gozo de la bendita relación como hijo de Dios y coheredero con Cristo.

Es algo maravilloso tener al Consolador, el Espíritu Santo, siempre habitando con nosotros, bien capaz de cuidar de nosotros, y de todos nuestros intereses aquí abajo, como hijos de Dios.

¡La maravilla de ser guiados en todo momento por Él!

No podemos llegar a valorar suficientemente ni poner suficiente énfasis en la obra del Espíritu, tanto si es en nosotros, versículos 2-13, como si se trata de Su obra por nosotros, versículos 14-27.

Luego, al final del capítulo, encontraremos a Dios por nosotros, en toda Su eterna y absoluta soberanía —el bendito y definitivo propósito de Dios, que nosotros seamos también glorificados
juntamente con Cristo.

Sí, recordemos que este es el propósito que Dios tiene a la vista, en todos nuestros padecimientos y aflicciones.

Pero que cada lector sepa que si no tiene el Espíritu de Cristo, si no está sufriendo con Cristo, es muy dudoso que sea coheredero de Cristo, guiado por el Espíritu.

Si rehusas ser guiado por el Espíritu, puede que coseches honores y aplauso del mundo religioso.

Si eres guiado por el Espíritu, serás ciertamente menospreciado, como Cristo lo fue, y será tu feliz privilegio padecer con Él.

Pero, ¡ah, la gloria que pronto se revelará en nosotros!

¡Qué contraste: ser guiados por el Espíritu, o ser guiados por las modas de este mundo! ¡Cuántos hay que sacrificarán la eternidad por las modas de este pobre y engañado mundo, y en ello pretenderán ser cristianos, sí, se creen que lo son! Si éste fuese el estado de cualquier lector de estas líneas, quiera Dios emplear estas palabras para despertarlo de este engañoso sueño.

De cierto, todos necesitamos estas escrutadoras palabras:

«Si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados».

Versículos 18-19.

«Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.

Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.»

¿Quién ha podido considerar mejor esta cuestión que Pablo?

En cada ciudad le esperaban cadenas y cárceles —una vida de constante padecimiento con Aquel a quien tanto amaba y servía; sin embargo, dice: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse».

En verdad, «el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios».

¡Qué solución para la complicada paradoja de toda la creación! Cesarán los gemidos de los campos de batalla; se desvanecerá la miseria, pobreza y degradación de la multitud; llegarán a su fin los sufrimientos de la creación.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 05 Dic 2012, 3:51 pm


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Versículo 21. «También la creación misma será liberada de la servidumbre de la corrupción, a la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (RVR77).

¡Qué día será éste! Sí, la creación participará de la gloriosa libertad.

Él gustó la muerte para redimir la creación entera.

Este es un grato pensamiento. Si la desgracia y la muerte han reinado tanto tiempo, y si el pecado del hombre afectó de tal manera a la creación, también el resultado de la gloriosa libertad de los hijos de Dios será la emancipación de la creación.

Versículos 22-23. «Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo.»


Observemos esto:

no es la salvación de nuestras almas lo que esperamos y aguardamos, sino la redención del cuerpo.

Puede que sea del sepulcro, o puede que seamos transformados en un momento.

Esto tendrá lugar en la venida del Señor.

Por lo que respecta al cuerpo, incluso nosotros no tenemos alivio del gemir y del padecer, hasta la venida del Señor.

No vemos esto aún, y por ello aguardamos con esperanza.

Es un error fatal suponer que todo esto significa que no sabemos que tenemos la salvación; bien
al contrario, sabemos que tenemos vida eterna:

«El que cree en el Hijo tiene vida eterna» (Jn. 3:36; cp. 5:24; 6:47).

No hay por qué aguardar esto con esperanza.

Pero podemos esperar con paciencia la redención del cuerpo.


Versículos 26-27.

«Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.

Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.»

Esto es de gran bendición para nosotros.

Él sabe todo lo que atañe no sólo a nosotros, sino a los planes y propósitos de Dios.

Puede que transcurran pocos días o muchos años hasta la redención del cuerpo.

Él desde luego sabe lo apropiado para nosotros en tales circunstancias.

Dios, que oye, conoce cuál es la intención del Espíritu.

Si no oramos en el Espíritu, de cierto pediremos cosas bien inconsecuentes con la dispensación
o período en el que vivimos.

Ahora pasamos a la tercera y última sección de nuestro capítulo.




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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 05 Dic 2012, 10:43 pm

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Versículo 28. Puede que no seamos siempre capaces de comprender, pero podemos decir:

«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados».

Sabemos esto porque Dios es totalmente por nosotros.

Esto se expone al final del capítulo para «los que conforme a su propósito son llamados».

Dios no nos ha llamado debido a nada bueno que hubiera en nosotros.

Observemos con todo cuidado cuál era Su propósito, porque Su llamamiento es resultado de
Su propósito.

Este es Su propósito:

«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos».

El conoció anticipadamente a aquellos que Él iba a llamar, y los predestinó, y los llamó a este glorioso destino, que fuesen semejantes, esto es, hechos conformes a la imagen de Su Hijo.

¡Qué propósito, que Su Hijo fuese el primogénito entre muchos hermanos! ¡Qué gran privilegio, ser
llamados a compartir este puesto de gloria!

Versículo 30. No alteremos ni una sola palabra para ajustarnos a los pensamientos o razonamientos del hombre.

«Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.»

Aquí todo procede de Dios, que no puede fallar.

Y el orden es como sigue:

predestinados, llamados, justificados, glorificados.

De eternidad a eternidad, ¡qué cadena de oro!

¡Qué sólido consuelo para los hijos de Dios en sus duras tentaciones!

¿Nos ha llamado, Él?

Entonces esto demuestra que Él nos ha predestinado,
y que nos ha justificado, y que no dejará de llevarnos a la gloria.


La fe descansará de cierto en Él.

La incredulidad permitiría bien dispuesta que Satanás destruyera esta verdad fundamental mediante cavilaciones.

Y ahora, «¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?»

Sí, si Dios es por nosotros hasta tal punto, ¿quién es y qué es que pueda estar contra nosotros?

Contemplemos cómo Dios condesciende a razonar con nosotros.

Versículo 32. «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?»

¡Qué pregunta! Así se manifiesta que todas las cosas tienen que ayudar a bien para nosotros, por cuanto Dios no escatimó a Su propio Hijo.

¡Qué infinito y eterno amor, entregarlo por todos nosotros! Podemos esperar todas las cosas según la inmensidad y carácter de este amor.

Versículo 33. Por cuanto es Dios en Su justicia quien justifica, como hemos visto en esta epístola, «Dios es el que justifica», en tal caso, «¿quién acusará a los escogidos de Dios?»

¿Quién es el que condenará? Si Dios es nuestro justificador, ¿puede ninguna criatura condenarnos?

Fue Dios quien mostró Su aceptación de nuestro rescate al resucitar a Jesús de entre los muertos para nuestra justificación.

Dios lo entregó por todos nosotros, y lo resucitó de entre los muertos para justificación de todos
nosotros, y Él es la inmutable justicia de todos los escogidos de Dios.

«¿Quién es el que condenará?»

Dios no puede condenarnos sin condenar a Aquel que fue resucitado de entre los muertos para ser nuestra justicia.

Nuestra justificación no podría ser más perfecta, porque procede de Dios.

Nuestra justificación, así, es completa y está asegurada para toda la eternidad.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 05 Dic 2012, 11:06 pm

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Queda sólo otra cuestión.

¿Puede ninguna posible circunstancia alterar el amor de Cristo o el amor de Dios en Cristo para con nosotros?

Ésta es una grave cuestión, porque muchos dudan del amor de Cristo a no ser que ellos sigan de alguna manera mereciéndolo.


¿No es un grave error suponer que jamás merecimos o que jamás podremos merecer este amor?

Pero, ¿acaso el Espíritu de Dios pone ante nosotros nuestros merecimientos?

Versículos 34-39.

¡Qué hermoso y sencillo! Él pone a Cristo ante nosotros.

Sigamos este pasaje frase por frase:

«Cristo es el que murió».

¿Murió Él por nosotros porque merecíamos Su amor? ¿Ha habido jamás un amor como el Suyo, este amor por nosotros cuando estábamos muertos en delitos y en pecados?

«Más aun, el que también resucitó».

Contémplalo resucitado de entre los muertos como el comienzo
de la nueva creación, con este propósito expreso —
para nuestra justificación—, y todo ello cuando nosotros merecíamos ira eterna.

«El que además está a la diestra de Dios.»

Aquel que llevó nuestros pecados, y fue hecho pecado por nosotros, nuestro Representante, está a la diestra de Dios, como habiendo entrado en posesión de este puesto por nosotros.


Ahora bien, el enemigo que engañó a Eva desearía introducirse ahora y decir:

Todo esto está muy bien si nunca pecas después de tu conversión, pero si un cristiano peca, entonces este pecado seguramente que lo separará del amor de Cristo.

Querido joven creyente, asegúrate de no dejar bajar tu escudo cuando el diablo
te lanza este dardo.


¡Qué preciosa respuesta!:

«El que también intercede por nosotros».

Sí, Él está ahora «viviendo siempre para interceder por ellos» (He. 7:25).

¡De cuántos pecados nos preserva esta intercesión!

Pero, yendo a esta cuestión, si un hijo de Dios, al descuidarse, peca, ¿seguirá Él intercediendo en Su infinito e inmutable amor, defendiendo la causa del que así ha faltado?

«Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» (1 Jn. 2:1-2).

Sí, incluso entonces, en amor inmutable, es el mismo Jesús,

«el que también intercede por nosotros».

Así, todo es de Dios, y no puede fallar.


Leamos ahora toda la lista en estos versículos, y quedemos persuadidos, con el Apóstol, de que nada «nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».

No hay condenación para aquellos que Dios justifica (aquellos que Él cuenta como justos).

No hay separación del infinito y eterno amor de Dios para con nosotros en Cristo Jesús Señor nuestro.



Continuamos con el N-9



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Romanos : CAPÍTULO 9

Mensaje por Evangelista el Vie 07 Dic 2012, 12:14 pm


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Se observará que hay ahora un cambio en la epístola.


Los tres siguientes capítulos constituyen un paréntesis.

La justicia de Dios ha quedado ahora plenamente revelada y explicada en Sus tratos tanto con los judíos como con los gentiles, llevándolos a Sí mismo.

Ambos eran igualmente culpables y ahora son los dos por igual justificados, de modo que no hay condenación ni separación del amor de Dios en Cristo Jesús Señor nuestro.

Pero, en tal caso, ¿qué hay de todas las promesas especiales dadas a Israel en los profetas?

Este es el tema que se examina en estos tres capítulos.

¿Acaso el Apóstol, que había expuesto con tanta claridad esta verdad de que no hay diferencia ahora en los tratos de Dios hacia unos y otros, había dejado de amar la nación de Israel?

No, su amor hacia ellos era tan intenso que, al igual que Moisés en la antigüedad, había, por así decirlo, quedado fuera de sí.

Dice Él:

«tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne».


En algunos casos, aquel intenso amor lo llevó más allá de la conducción del Espíritu Santo (Hch. 20:22; 21:4).

El Señor tuvo paciencia con Su devoto siervo, y lo condujo todo para bien —al menos para nuestro bien—, aunque Pablo sufrió encarcelamiento y muerte.

¡Cuánto debió añadir al dolor de su corazón el ser aborrecido y perseguido en cada ciudad por aquellos a quien él amaba tan profundamente!

¡Cuán semejante a su Señor, a quien tan devotamente sirvió!

Versículo 4. Reconoce él todos los privilegios nacionales de que gozaban:

«Que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén».

¡Qué privilegios! Ellos eran la nación adoptada con la que Dios había habitado en el tabernáculo.

El Dios eterno se había encarnado, tomando carne de aquella nación.

Todo esto se admite abiertamente.

Aquel que es sobre todas las cosas, Dios bendito para siempre, en cuanto a la carne, el cuerpo,
nació de María, del linaje regio de aquella nación.

Pero ahora se expone otro principio.

Es incuestionable que Dios había establecido una diferencia incluso en el linaje de Abraham.

No todos en el linaje de Abraham fueron escogidos, adoptados como hijos de la promesa,
«sino: En Isaac te será llamada descendencia».

«Los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.»

De Abraham surgió una multitud, pero Ismael fue rechazado, y sólo en Isaac se encontró el linaje
escogido.


Hubo el mismo propósito de Dios en la elección de Jacob.

Le fue dicho a Rebeca:

«El mayor servirá al menor». También Malaquías escribió, cientos de años después: «A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí».

Esta cuestión del favor libre y soberano de Dios es de gran importancia para la explicación de Pablo, y nadie que creyese las Escrituras podría dudar de ello, en los casos a que se hace aquí referencia, como Dios había dicho a Moisés:

«Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca».



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Vie 07 Dic 2012, 12:28 pm

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Así, es cosa bien cierta que Dios tenía un derecho soberano a mostrar misericordia a los gentiles, aquello mismo que tanto ofendía a los judíos.

Es notable observar que aquellos que dicen que son judíos en la actualidad, o que adoptan el terreno judío, siempre discuten la gracia soberana de Dios.

Versículo 16. Muchos eruditos niegan la soberanía divina, pero Dios es más sabio que los hombres.

No debemos olvidar que la cruz demuestra que el hombre es enemigo de Dios.

No tiene deseo alguno, de natural, hacia Dios.

«Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.»

Esto es muy humillante, pero es desde luego verdad.

Versículo 17.

Faraón es dado como ejemplo de la maldad del hombre y del justo juicio de Dios sobre él.

¡Cuánto tiempo Dios soportó con paciencia su osada incredulidad y rebelión, hasta que, en el justo gobierno de Dios, fue abandonado, endurecido, a su propia destrucción!

Que cada rebelde contra Dios quede advertido, no sea que la condenación de Faraón llegue a ser la suya.

Faraón era un blasfemo. Él había dicho:

«¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel» (Éx. 5:2).

Que el escarnecedor de nuestro tiempo quede advertido, no sea que su corazón quede endurecido contra el Señor, y se precipite a su destrucción eterna.

«De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.»

Puede que los hombres respondan:

«¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?» ¿No resistió Faraón a Dios? ¿No has resistido tú y has rechazado a Dios? «¿Quién eres tú, para que alterques con Dios?»

¿Acaso tiene la mera criatura, la cosa formada, derecho a cuestionar:

«¿Por qué me has hecho así?» No, la pregunta es:

¿Me ha hecho Dios así? No, en absoluto.

¿Es Él el Autor de la rebelión y del pecado del hombre? Fíjate, no se trata de una declaración, sino de una pregunta:

«¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro?» ¿No es Dios soberano? No dice que Él haya
hecho algunos para deshonra.

Se revela Su ira contra toda impiedad, pero, ¿cuánto tiempo ha soportado con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción?

¿No se preparó Faraón a sí mismo para destrucción? Y así es con cada pecador.

Es, sin embargo, muy felizmente cierto que Él prepara de antemano a los vasos de misericordia para gloria. Por lo que a esto respecta, todo es un favor soberano, según las riquezas de Su gloria.

«Y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria.»

El hombre se prepara a sí mismo para destrucción, como lo estaban haciendo los judíos.

En cambio, Dios prepara los vasos de misericordia para gloria.

Versículo 24.

«A nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles», citando luego a Oseas como
prueba de ello: «Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, Y a la no amada, amada».

Así demuestra mediante el propio profeta de ellos que se mostraría misericordia a los gentiles.

Luego cita de Isaías y muestra que es sólo un remanente de Israel el que será salvo. Sí:

«si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes».

Es cosa bien cierta que su rechazo de Jesús, a quien Dios había hecho Señor y Cristo, demostraba que su culpa no podía ser mayor.

Pero la perversidad humana fue más allá incluso que el rechazamiento.

Ellos dieron muerte al Justo y al Santo de Dios, e incluso en ello se aferraban a la ley de justicia.

Versículo 30.

«¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es
decir, la justicia que es por fe;mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó.»

Los judíos buscaban justicia mediante el cumplimiento de la ley, pero nunca la alcanzaron.

¿No es así hasta el día de hoy?

Todos aquellos que toman terreno judaico y buscan ser justos cumpliendo la ley —no importa cuál ley—, nunca lo alcanzan.

Nunca pueden estar seguros de que son suficientemente justos para que Dios los justifique, y por
ello nunca alcanzan la paz para con Dios.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

Mensaje por Evangelista el Miér 12 Dic 2012, 11:35 pm

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Cuanta más religión tiene un inconverso, tanto más difícil es que le llegue el evangelio.

¿Por qué no llegaron ellos a la justicia ni a la justificación? «¿Por qué? Porque iban tras ella no
por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo.»

¿Cómo llegaron los gentiles a la justicia y a la paz con Dios? Oyeron las buenas nuevas de misericordia para ellos, mediante la sangre del Redentor; creyeron a Dios; fueron justificados; tuvieron, al creer a Dios, paz para con Dios.

¿Y no es así también ahora?

El evangelio es oído por una persona criada bajo la ley, y que espera que algún día la habrá cumplido de modo que llegue a ser justa, y luego espera que en otro mundo, después del día del juicio, tendrá vida eterna y paz para con Dios.

Muchas veces embargada de tenebrosas dudas —incluso de presagios de ira eterna— prueba soluciones humanas como un sacerdocio en el que descarga, si es sincera, las tinieblas de su alma, el peso de sus pecados y el temor al futuro.

¿Alcanza esta persona una justicia que le hace apta para la presencia de Dios? Nunca.

¿Servirá algún otro mecanismo religioso dar esta paz para con Dios? No, ninguno.

¡Qué diferencia cuando un pobre y culpable pecador, ignorante y abrumado con su culpa, oye el evangelio y lo cree como los gentiles de la antigüedad!

Ellos no tenían la ley y no buscaban justicia por las obras de la ley.

Oyeron la dulce historia del amor de Dios por los pecadores como ellos.

Oyeron cómo Dios se había apiadado de ellos —sí, cómo había entregado a Su Hijo amado para que
muriese por ellos.

Él había muerto, el Justo por los injustos, y Dios lo había resucitado de entre los muertos.

Oyeron las gratas nuevas de perdón de los pecados por medio de Él.

Oyeron, creyeron y fueron justificados de todas las cosas.

Tuvieron paz para con Dios.

¿Has oído, has creído esto? ¿Estás así justificado? Y si es así, ¿no tienes paz para con Dios?

Nuestro siguiente


capítulo expondrá esto de manera más plena.



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Re: " Estudios de Romanos por Capitulo "-C. Stanley

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