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Dios, tenemos que hablar (parte I)

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Dios, tenemos que hablar (parte I)

Mensaje por Evangelista el Jue 02 Mayo 2013, 12:02 am



Dios, tenemos que hablar (parte I)
_____________________________________________

Yo terminé la oración con «Gracias, Dios, porque nos mostrarás qué hacer».

Mientras me levantaba, mi hija Holly, quien en ese entonces tenía doce años, me llamó la atención:

«Mami, no dijiste “Amén”»....

Cierto día, poco tiempo después de haber enviudado, mis hijos y yo orábamos acerca de una posible mudanza.

Ore incluso cuando —y especialmente— siente que no quiere.

Afirmé con mi cabeza.

«Es porque el Señor y yo hablaremos de esto durante todo el día».

Y así pasó —mientras manejaba, lavaba los platos, y esperaba en el consultorio del dentista.

Con el tiempo, mis hijos y yo nos mudamos e inicié una nueva carrera.

Pero, lo más importante, había empezado una nueva aventura

en mi forma de comunicarme con Dios.

A continuación le comparto varias lecciones que he aprendido acerca de la oración durante todo este tiempo.

No le oramos al aire.

Aquí en Colorado Springs, una majestuosa montaña, llamada Pikes Peak, se eleva en la ciudad.

En esos raros días nublados cuando no conseguimos ver la montaña, no andamos por las calles comentando:

«Sabía que era demasiado bueno para ser verdad. ¡La montaña se ha ido!».

No. Sabemos que está ahí, a pesar de que no podemos verla.

Lo mismo ocurre con Dios.

Él es real y trabaja aun cuando no podemos ver su mano.

Eche manos a la obra.

Podemos leer todos los libros que abordan el tema de la oración o escuchar a los más destacados intercesores del mundo, pero eso no significa nada si no ponemos «manos a la obra» y empezamos a hablar con Dios.

Gracias al sacrificio de Jesús en la cruz por nosotros, podemos hablar con nuestro Padre celestial tan naturalmente como conversamos con un buen amigo.


Una amiga recuerda que las oraciones de sus abuelos estaban llenas de títulos sagrados.

Palabras como «Altísimo» y «Todopoderoso» la incomodaban, y le resultaban un estorbo para acercarse él.

Un día, en ausencia de su esposo, una amiga intentaba infructuosamente encender su obstinada cortadora de césped .

Mientras secaba el sudor de su frente, expresó una plegaria por compasión.

Su sencilla oración fue «Señor, realmente necesito de tu ayuda» —y en ese momento el motor encendió— esto despertó en ella una nueva conciencia de la cercanía de Dios.

No existe una forma «correcta» para orar.

Alguien que haya asistido a un seminario de oración sin duda ha escuchado acerca de los cinco principios de la oración:

Estar diariamente en el mismo lugar, a la misma hora, con la misma actitud, para leer un pasaje de la Escritura y luego orar.

Si bien estas son buenas sugerencias, algunas veces pueden provocar que nos concentremos más en el proceso en vez del privilegio de la oración.

Hace algunos años, mientras le explicaba a un amigo de Nueva York un desafío laboral que enfrentaba, él se recostó en su silla, puso sus manos detrás de su cabeza y anunció:

«Vamos a entregarle esto al Señor en este mismo momento».

Luego empezó a orar —con los ojos bien abiertos.

Sorprendida, inmediatamente incliné mi cabeza, junté mis manos, y cerré mis ojos con fuerza.

Pero incluso con mis ojos cerrados, sabía que mi amigo continuaba mirando hacia la ventana, hablando con Aquel que había creado toda esa belleza.

Quedé sorprendida tanto por su valentía física como por su humildad espiritual, pero mi amigo me había introducido a una nueva perspectiva de la oración.

Actualmente, dependiendo de las circunstancias, estoy lista para orar con mis ojos abiertos —mientras camino con una amiga o incluso por el teléfono mientras intento animar a la persona afligida que está del otro lado de la línea.

Haga de la oración una parte natural de su día.

Mi abuela hablaba con Dios en una forma tan casual que yo a menudo pensaba que teníamos compañía.

Me dirigía a la cocina esperando ver a una de nuestras vecinas, pero descubría que era tan solo mi abuela conversando el Señor acerca del día.





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Re: Dios, tenemos que hablar (parte I)

Mensaje por Evangelista el Jue 02 Mayo 2013, 12:35 am



Dios, tenemos que hablar (parte I)
_____________________________________________

Cuando el Señor invitó:

«venid a mí» —él no añadió:

«venid con una sonrisa en vuestros rostros», o

«venid con una actitud correcta».

Él solo invitó «¡Venid!».

«Ahora, Señor» —decía mi abuela— «tienes que decidir algo al respecto con el pozo. Sabes que necesitamos agua y has afirmado que todo lo que tenemos que hacer es pedir, así que gracias por la forma en que nos guiarás para resolver este asunto.

Mientras tanto, fortalece a los hombres y cuídalos mientras cavan el pozo».

Mi abuelo y tíos hallaron agua a la mañana siguiente.

Permita que sus emociones fluyan.

Cuando mi hijo, Jay, tenía unos cuatro años, a menudo exclamaba:

«¡Hey, mira!».

¿Qué tal si decimos eso a nuestro Padre celestial para agradecerle por un hermoso amanecer o por el rocío de la mañana que descansa en una hoja?

De la misma forma, ¿qué tal si somos sinceros con respecto a nuestro dolor?

Como madre soltera, muchas de mis oraciones han empezado con

«Señor, sabes que detesto los días como estos», mientras enfrento alguna crisis.

Cuando el Señor invitó: «venid a mí» —él no añadió:

«venid con una sonrisa en vuestros rostros», o «venid con una actitud correcta».

Él solo invitó «¡Venid!».

Ore incluso cuando —y especialmente— siente que no quiere.

Una de mis amigas, Debi, es madre soltera.

Una mañana de verano su hijo de nueve años, Shane, entró a la casa dando gritos.

Su mano izquierda agarraba fuertemente su mano derecha mientras la sangre fluía entre sus dedos.

«¡Shane! ¿Qué te ocurrió? ¡Déjame ver!»

Su hijo retrocedió: «¡No! ¡Me lastimarás!»

«Shane, mami no puede ayudarte al menos que le muestres tu mano».

«¡No! ¡Vete!»

Finalmente, Debi forcejeó con él y cuidadosamente abrió sus dedos, mientras esperaba ver expuestos el hueso y el tendón.

Sin embargo, la cortada era tan solo una de esas heridas pequeñas que sangran mucho.

Después de lavar y curar la herida, Debi dejó que Shane saliera a jugar pelota.

Mientras guardaba el maletín de primeros auxilios, se maravilló por el drama de su hijo.

Luego se dio cuenta de que ella había hecho exactamente lo mismo con Dios.

El abandono de su esposo la había conmocionado y herido a tal punto de que ya no oraba más.

Era como si Dios le pidiera «Déjame verte», mientras ella respondía con los puños de frente:

«No, me lastimarás».

Justo ahí en la cocina, compartió su dolor con el Señor.

Le contó todo lo que él ya sabía pero que ella necesitaba sacar.

Había iniciado el proceso de su propia sanidad.


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La segunda parte de este artículo .


Spoiler:
por Sandra P. Aldrich


BENDICIONES --------------



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