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MANUAL DE EVANGELISMO Capítulo 1

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MANUAL DE EVANGELISMO Capítulo 1

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 05 Nov 2013, 1:25 am

EL EVANGELISMO EN LA IGLESIA
El primer gran motivo de la predicación en la Iglesia es el evangelismo, o sea dar la buena nueva de la salvación que Dios ofrece a los seres humanos mediante la obra redentora de Jesucristo. No todos los mensajes religiosos son evangelísticos. Algunos son de carácter devocional o de edificación para creyentes. Sin embargo, todo sermón predicado en la iglesia debe contener una parte más o menos considerable de mensaje evangelístico, particularmente si el predicador nota entre el público algún rostro desconocido, quizá de familiares o amigos de los miembros, que no acostumbran asistir a los servicios de la iglesia. Muchos sermones de edificación contienen a la vez elementos de evangelización: Aquellos que exponen los privilegios del cristiano para esta vida o la venidera, inducen al no creyente a pensar que vale la pena ser cristiano. Los sermones que se refieren a los deberes cristianos de carácter moral, y sobre todo aquellos que tratan de mayordomía y que podrían producir un efecto contraproducente en un forastero, necesitan a todas luces algunas palabras de evangelización antes de darlos por concluidos. Un predicador notable decía: «Nunca concluyo un sermón sin haber dado un toque al corazón de los no creyentes, pues no sé si volveré a ver aquellas almas otra vez en la iglesia, o tendré que encontrarlas ante el trono de Dios, acusándome por no haberles dado el mensaje de vida eterna el día de mi oportunidad». En algunas iglesias se predican sermones de carácter puramente ético, que apenas difieren de lo que diría un moralista escéptico o un orador socialista, en un mitin. Carecen totalmente de alusiones y referencias a las promesas de Dios que nos son dadas en las Sagradas Escrituras para la eternidad. Hay pastores modernistas que parecen avergonzarse de hacer la más leve referencia a la vida futura. Tales predicadores deberían ser bastante honrados para declararse abiertamente escépticos; presentar la dimisión de su cargo eclesiástico, y buscarse un empleo secular. Real- mente ha de ser difícil para tales oficiantes del pastorado mantenerse en el continuado conflicto de nadar entre dos aguas, tratando de complacer a los miembros escépticos que no tienen ninguna esperanza para el más allá, y no defraudar a los que creen, y necesitan ver renovadas, y alentadas sus esperanzas con las fieles promesas de la Sagrada Escritura. El evangelismo consiste en el arte de levantar, primero, en los corazones de aquellos que no creen, dudas acerca de si están o no en la posición correcta en cuanto a Dios y la eternidad, y luego, edificar en sus almas el edificio de la fe en las promesas de Dios hechas por Jesucristo y los apóstoles.

El Evangelio es «Buenas Nuevas» de salvación para la eternidad. Todo lo que no sea esto no es Evangelio. Serán buenos consejos de vida moral, enseñanzas más o menos útiles para el hogar, la familia o la sociedad; pero no es Evangelio en el verdadero sentido de la palabra. Por esto, cuando el predicador ha expuesto en su mensaje los deberes del cristiano no debe olvidar los posibles oyentes no creyentes, o sea, los que no han nacido de nuevo por la fe genuina en el Hijo de Dios, y debe decir algo, antes de terminar, para levantar en el corazón del nuevo asistente deseos de venir a serlo. No es necesario que presente de un modo completo y extenso el plan de la salvación, pues ello causaría cansancio a los que ya lo han oído infinidad de veces, alargando indebidamente el mensaje; pero es necesario añadir algo relacionado con las anteriores exhortaciones de edificación y enseñanza para los convertidos, que revele al forastero su necesidad espiritual. Puede formularse con la consabida frase: «Si alguien no ha aceptado todavía a Cristo como su Salvador personal…» etc., y de ahí unas frases que se refieran a la necesidad de entrar todos los seres humanos en una nueva relación con Dios para que aquellos privilegios antes referidos puedan ser alcanzados por quienes todavía no los poseen. Hay que decir algo que haga pensar al inconverso: ¿Y si fuera verdad lo que está diciendo el predicador y yo me encuentre excluido de tales privilegios? Y esta reflexión induzca al forastero a investigar por sí mismo o a buscar la ayuda de una iglesia, para llegar a la certidumbre de la fe. Nunca debe omitirse poner al extraño en este dilema.
Contenido y extensión de los mensajes
Los predicadores modernistas suelen hablar en términos ambiguos para toda clase de oyentes, suprimiendo de su vocabulario los términos de cielo, infierno, redención, expiación, pecado, arrepentimiento, nueva vida en Cristo, etc…, limitándose a declaraciones como: «Todos somos hijos de Dios»; todos tenemos necesidad de superarnos… debemos poner nuestro grano de arena para edificar una sociedad mejor, etc., etc… En siglos pasados los predicadores hablaban del cielo y del infierno como si acabaran de regresar del otro lado de la muerte. En el presente siglo este lenguaje suele ser objeto de burla, como un lenguaje anticuado, y resulta contraproducente usarlo en la mayoría de los casos, por estar tan extendido el escepticismo en nuestros días. Pero todo el mundo duda acerca de los temas que se refieren al más allá. De ahí el gran interés que existe en este tiempo sobre religiones y sectas extrañas. La predicación evangélica moderna, pero sana, debe tener en cuenta esta duda general, y partir de ella, para procurar construir el edificio de la fe. Es prudente declarar, como suele hacerlo con gran frecuencia el famoso evangelista Billy Graham: «La Biblia dice…», como queriendo indicar, no se trata de una afirmación mía, no es la palabra de un hombre ignorante, como lo somos todos los humanos, acerca de los misterios de la vida y del más allá, pero la Biblia dice… «La Biblia declara…», «Cristo dijo…», para que los oyentes saquen sus propias consecuencias de las afirmaciones del predicador basadas sobre la revelación bíblica. Debemos entender que la doctrina evangélica es la misma de siempre, supone aquella «fe transmitida a los santos de una vez por todas», por la cual «debemos contender ardientemente» (Judas v. 3): No fue elaborada poco a poco por la Iglesia en los primeros siglos, como afirman los escritores y predicadores modernistas, haciéndose eco de las infundadas conjeturas de los escritores ateos de los siglos XVII y XVIII. La prueba de que nuestra fe es la fe auténtica de los apóstoles halla apoyo en el hecho que al lado de los escritos incorporados en el Nuevo Testamento existen otros, reconocidos por todos los eruditos, aun los más ajenos a la fe cristiana, como escritos de fechas anteriores al siglo III, algunos casi de la misma época apostólica, como la Epístola a Bernabé (año 73), las diversas cartas de Ignacio de Antioquía, discípulo de san Juan, escritas por el pastor de aquella iglesia bien conocida en los Hechos de los Apóstoles, cuando se dirigía a su martirio en Roma, por el año 107 al 110; así como la carta de Policarpo, obispo de Esmirna, discípulo de san Juan, escrita poco más allá del año 100; las cuales contienen la misma doctrina acerca de la divinidad de Cristo y de su obra redentora, exactamente como la hallamos en los documentos apostólicos llamados canónicos. No tenemos, pues, por qué avergonzarnos de la antigua doctrina de la redención por la muerte expiatoria del Hombre-Dios, Jesucristo, de quien dieron testimonio los apóstoles. Cierto que es un plan inaudito y extraño para la sabiduría humana, no tan sólo en el siglo XX, sino ya en el siglo I, cuando san Pablo escribía: «Porque el mensaje de la cruz es locura para los que se están perdiendo; pero para nosotros, que somos salvos, es poder de Dios. Pues está escrito destruiré la sabiduría de los sabios y desecharé el entendimiento de los entendidos… puesto que los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado para los judíos ciertamente tropezadero y para los gentiles locura; mas para aquellos que son llamados, así judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios» (1ª Corintios 18:19, 22-24). Y ésta es esencialmente la doctrina del Evangelio, «buena nueva de la gracia de Dios», en el siglo XX, como lo ha sido a través de todos los tiempos. ¿Qué hay que expresar esta doctrina en un lenguaje moderno para hacerlo inteligible a los hombres de nuestro siglo, procurando que no sean escandalizados por el uso de expresiones y palabras de las que hicieron abuso los predicadores y escritores de la Edad Media? Esto podemos aceptarlo, pero no que se cambie el mensaje y la doctrina. Hace ya algunos años cuando escribimos el libro Pruebas tangibles de la existencia de Dios, al final de aquellas consideraciones de teología natural que demuestran la existencia de un Ser supremo en la naturaleza, autor de la inmensa sabiduría que se revela en ella; aquel Ser a quien Jesucristo nos enseñó a llamar Padre Celestial, al entrar en la segunda parte del libro para venir a explicar el plan de salvación, en el capítulo que denominamos: Las bases de la fe cristiana, lo explicamos en los siguientes términos:
«Así pues, al lado del astrónomo y del físico, del químico y del naturalista, del arqueólogo y del historiador, el cristiano puede hoy, más que nunca, mirar los hechos objetivamente y afirmar que la experiencia de la Humanidad ofrece una fuerte presunción en favor de los siguientes supuestos:

1. ° Que existe un Ser supremo, ordenador de las maravillas de la Naturaleza, cuya sabiduría no podemos dejar de reconocer y admirar, por más que ignoremos su íntima esencia.
2. ° Que el Creador, además de hacerse evidente por las obras de la Naturaleza, no es improbable haya tratado de establecer alguna comunicación con los hombres, según declaran las religiones, ya en los orígenes de la raza o en otras épocas culminantes de la historia humana por Él mismo escogidas.
3.° Que un estudio de todas las religiones, tradiciones y lenguas y de las diversas razas humanas nos demuestra de un modo que no admite dudas, su origen común, por llevar todas ellas vestigios de identidad filológica y de tradición, respecto a hechos que se supone tuvieron lugar en los albores de la Humanidad, como son la felicidad original y caída del hombre, el diluvio, la torre de Babel, etc.; así como de idénticos principios moral-religiosos, cuya perversión se nota en todas ellas al estudiar su evolución a través de los siglos.
4. ° Que la Biblia, que contiene los libros sagrados de los hebreos y de los cristianos es, según frase del eminente orador Emilio Castelar, “la revelación más pura que de Dios existe”.
5. ° Que Jesucristo es la magna revelación del Ser Creador, a quien, Él tan sólo, nos enseñó a llamar Padre; el Maestro por excelencia y Redentor de los hombres, quien vino a levantarnos de nuestro estado, moralmente degradado, para que vivamos según la voluntad de Dios.
6. ° Que, según una experiencia mil veces manifestada en los pueblos civilizados así como en las razas más salvajes de la tierra, el ser humano que se acerca a Dios en demanda de perdón por los méritos y en el nombre de Jesucristo, y ayuda para vivir según su voluntad, recibe un poder moral que le habilita para romper totalmente con su pasado, por degradado que hubiese sido, realizando lo que jamás podría efectuar por un mero propósito o determinación propia. El cambio que Jesucristo llama “Nuevo Nacimiento”».

Puede observarse que en este enunciado no usamos el vocabulario clásico de la fe cristiana copiado de las cartas de Pablo; pero expresamos la misma doctrina dada a los cristianos del siglo I. Algunos aceptan a Jesucristo como Maestro ideal de la Humanidad, el hombre perfecto y sin igual, el prototipo supremo de la raza; pero sin aceptar su divinidad ni las revelaciones que Él hizo a los hombres acerca de la otra vida y de la redención. Más en tal caso resulta el inconcebible absurdo de que el hombre más santo y perfecto haya sido el mayor engañador y el causante de muertes alevosas de seguidores suyos que han dado sus vidas en virtud de tales declaraciones. ¿Qué podríamos pensar de un Cristo que dijo «no temáis a los que matan el cuerpo y después no tienen más que hacer…», «el que perdiere su vida por causa de Mí y del Evangelio, éste la salvará», si este Maestro ideal hubiese pronunciado tales palabras sin tener la seguridad absoluta de que hay otra vida tras de la muerte, en la cual tales pro- mesas han de ser cumplidas? (véase Mateo 10:28 y 16:25). El supuesto de que Él no enseñó verdades de carácter espiritual y eterno, sino solamente principios sociales que sus seguidores transformaron más tarde en ideales religiosos, puede sostenerse aún menos que la primera alegación de que Jesús fuera un engañador, ya que desde los mismos orígenes del cristianismo los creyentes en Jesucristo obraron como si Él hubiera pronunciado tales palabras, dando sus vidas gozosamente, con la esperanza de volverlas a recobrar. Toda la historia del cristianismo confirma esta verdad.
Por ésta y muchas otras razones que no caben en los límites de este libro, nuestra fe cristiana se extiende más allá de lo que podemos ver o comprobar, hallándose, empero, firmemente apoyada sobre hechos de indubitable comprobación.» También pusimos como título del próximo capítulo, que trata de la conversión a Dios y a la nueva vida regenerada del creyente: «El método divino de reparación moral», pero en el texto de dicho capítulo, no nos limitamos a decir que Cristo fue un gran ejemplo para nosotros tanto en su vida como en su muerte, sino que tras el subtítulo de ¿Quién era Jesucristo? explicamos claramente, con ejemplos ilustrativos, nuestro concepto de Jesucristo como Hijo de Dios, el Creador de las estrellas. Y tras el subtítulo La muerte de Jesucristo como expiación del pecado continuamos explicando el porqué del plan divino de la redención, para exponer a continuación bajo el próximo subtítulo El fenómeno de la conversión. No pusimos este último subtítulo como título general del capítulo porque nos pareció mucho más clara y expresiva para el lector moderno la frase El método divino de reparación moral, que La conversión del pecado, expresión muy cierta, bien comprensible y clara para los ya creyentes; pero que al no creyente, de tendencia escéptica, le repugna, por el abuso que ha sido hecho de ella. Además, nos decidió a hacerlo así el que la palabra «conversión», en boca o en un escrito de los protestantes, les parecía en aquel tiempo a los católicos –y aún continúa pareciéndoles– cambio de una religión a otra, del catolicismo al protestantismo; y los escépticos consideran que el término pecado es una palabra clerical inventada por los curas para asustar a las beatas. Por esto escogimos como título la frase El método divino de reparación moral, a pesar de que bajo los subtítulos explicamos el antiguo e inmutable evangelio del perdón de los pecados por la aceptación, mediante la fe, del sacrificio expiatorio de Jesucristo. Para evitar al lector escéptico tropezar con una frase anticuada en grandes letras, al lado de los argumentos filosófico-científicos de los capítulos precedentes. Aconsejamos a los hermanos evangelizantes tener en cuenta los tiempos en que vivimos al explicar el Evangelio a los incrédulos. El apóstol Pablo dice: que se había hecho «todo a todos para ganar a algunos», y observamos esta prudente táctica en su discurso a los intelectuales del Areópago de Atenas. Pero no disimuló ni negó los hechos sobrenaturales del Evangelio para no parecer un judío atrasado, sino que acabó predicando a Jesús con toda valentía al decir: «Por tanto, Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres, en todo lugar, que se arrepientan, por cuanto ha establecido un día en el cual va a juzgar al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (Hechos 17:30, 31). Mostrándose del todo consecuente con lo que escribió en el capítulo primero a los Romanos: «Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Romanos 1:16).
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MANUAL DE EVANGELISMO Capítulo II

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 05 Nov 2013, 1:45 am

Capítulo II
EL EVANGELISMO EN REUNIONES SOCIALES DE LA IGLESIA

Una oportunidad muy eficaz de evangelización son las fiestas sociales, generalmente preparadas por los jóvenes de la iglesia, poniendo a contribución sus dotes dramáticas, artísticas o musicales, ya que a ellas suele asistir público que no concurre regularmente a los cultos.

Algunos pastores consideran que dichos actos tienen que separarse de los cultos regulares de la iglesia, por tener un carácter festivo, que no concierta –dicen– con la seriedad y reverencia de los cultos.

Mientras que otras iglesias de espíritu más evangelístico usan dichas ocasiones para llamar a estos invitados a los cultos dominicales, o por lo menos hacerles oír en aquel día algún mensaje evangelístico, breve, que les haga reflexionar sobre las cosas eternas.

Ningún programa festivo debe permitirse que ocupe la atención y consuma el tiempo libre de los jóvenes, si no tiene como objetivo principal dar un testimonio evangelístico.

Éste puede ser dado por los ejecutantes del programa, por el dirigente del mismo o por el pastor, que siempre, absolutamente siempre, debe ser considerado como el elemento indispensable –y de peso– en todas las actividades juveniles.

Hemos oído de labios de algunos pastores palabras tan lamentables y equivocadas como éstas: «Esto lo hacen los jóvenes; yo no me meto en las actividades de ellos, es cosa de la juventud, yo les dejo libres».

¿Qué significa esto? ¿No forman los jóvenes parte de la iglesia? ¿No usan locales que pertenecen a la congregación? ¿No llevan a cabo sus fiestas o veladas como una actividad en favor de la iglesia?

Por otra parte, ¿no serán miembros de la iglesia, en su mayoría, los que compondrán el auditorio el día de la representación? ¿Por qué, pues, esta dicotomía, o separación, entre la iglesia y las actividades de los jóvenes?

Que el pastor no quiera entrometerse a dar órdenes en lo que se refiere a los detalles de la fiesta dramática o musical, está muy bien; mejor dicho, debe ser así, y en este sentido es justo y natural que el pastor diga: «Yo les dejo libres».

No es de su incumbencia lo que se refiere a tales detalles, pues no puede pedirse que el pastor sea siempre un perito musical ni un maestro en arte dramático, y debe dejar que los jóvenes hagan las cosas a su manera, y actúen libremente los que tienen las habilidades propias, sin pretender mandar en aquello que no entiende por la simple razón de ser el pastor; convirtiéndose así en el mandamás de todas las cosas relacionadas con la iglesia. Este es el mandato que hallamos en la Sagrada Escritura: «No teniendo señorío sobre las heredades del Señor, mas siendo ejemplo de la grey» (1ª Pedro 5:3).

Pero el pastor tiene el derecho, a la vez que el deber, de intervenir en todo lo que afecta a la parte espiritual de todas las actividades de los jóvenes. Y como estas actividades deben tener siempre la finalidad de propagar la Buena Nueva del Evangelio, es propio y natural que el pastor tenga siempre que tomar una parte, ciertamente la más importante, en tales actividades.

Él debe ser, o bien el presentador de todos los actos, si no hay entre los elementos juveniles un presentador con facilidad de palabra, o –en el caso de haberlo– tener siempre la palabra de conclusión, quizá con un anuncio de los cultos y emisiones de radio que se den en la localidad; y si el acto ha tenido lugar en locales pertenecientes a la iglesia debe concluir siempre con una breve oración.

Si se ha celebrado en un local público, no debe ponérsele fin sin una palabra del pastor o del dirigente juvenil que lo identifique como una actividad cultural, pero de tipo evangélico, pues nunca hay por qué ocultar la identidad del grupo actuante. Los antiguos tenían el refrán «Todos los caminos conducen a Roma», refiriéndose a la famosa red de carreteras empedradas que los emperadores romanos habían ordenado construir en dirección a Roma desde todas las naciones de Europa subyugadas por sus legiones.

Más tarde el adagio se refería al dominio político que los papas habían adquirido sobre toda la cristiandad.

Los creyentes evangélicos que nos hemos desligado de este poder político-religioso debemos tener como mira ideal que todas nuestras actividades particulares, y mucho más eclesiales, tengan como centro y motivo a Cristo.

No podemos ni debemos vivir para otra cosa, si de verdad somos cristianos. «Para mí el vivir es Cristo», decía el apóstol. Glorificar, ensalzar y hacer patente al mundo la obra redentora de Cristo y la luz moral de sus enseñanzas es –y ha de ser– el ideal de nuestra vida.

El apóstol Pablo decía: «Todo lo que hagáis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesucristo, dando gracias a Dios Padre por Él» (Colosenses 3:17). Por tal motivo jamás debe hacerse una dicotomía entre lo que llamamos diversión de los jóvenes y los intereses del reino de Dios. Ciertamente, todos los caminos conducen a Cristo si su palabra y sus enseñanzas llenan nuestros corazones.

En representaciones dramáticas
Hace casi medio siglo teníamos en nuestra iglesia de Terrasa un joven altamente aficionado al arte dramático, nacido y educado en una comarca de Cataluña llamada «El Ampurdán» lindante con los Pirineos, el cual poseía una habilidad especial para describir la vida campesina y costumbres ancestrales de los habitantes de aquella comarca, inventando toda suerte de escenas dramáticas típicas, así como la vida y costumbres de los gitanos, las de los ancianos y de los jóvenes, haciendo vivir tales escenas como si fueran reales.
En ocasiones, sus obras de teatro tenían al comienzo algunas escenas muy graciosas que provocaban la risa del público. Por carecer de otro local, tenían que ser representadas sobre la espaciosa plataforma de la misma iglesia, en festividades dominicales, y en horas no de culto; pero nunca el numeroso público que en aquellos tiempos abarrotaba el local era despedido sin haber escuchado un mensaje evangélico y, a veces, incluso con llamamiento.
Para ello buscaba alguna escena o frase de la misma obra representada que diera pie para un breve mensaje final, o bien yo mismo introducía en el drama, con la venia del autor, una escena de arrepentimiento y nueva vida en Cristo por parte de alguno de los personajes de la obra, haciendo así que la parte evangelizadora fuera hablada por los propios actores, limitándome a aplicar yo el caso en dos o tres minutos al final, y cerrando el acto con una oración.

¡Más de un alma había sido ganada para Cristo mediante aquel «teatro evangélico», sin escenario adecuado! ¡Cuánto más podrían desarrollar ese evangelismo dramático las iglesias que cuentan hoy con magníficos locales adecuados, dispuestos con un escenario, si el móvil de divertir fuera cambiado por el de «evangelizar»!

En actuaciones musicales
Las actuaciones musicales sirven también eficazmente para el gran objetivo de evangelizar. En los mejores días de nuestra iglesia teníamos un coro que entonaba entre otras músicas evangélicas trozos del «Mesías» de Hændel.

Solíamos, entonces, preparar verdaderos sermones cantados, arreglando el orden de los cantos de tal modo que el programa fuera un mensaje de evangelización, alternado entre palabra y canto. Empezaba con el cántico «La Creación», de Haydn, lo que daba oportunidad para un mensaje de cinco minutos sobre la realidad de la existencia de Dios evidenciado por las obras de la Naturaleza, pasando a algún otro cántico que expresara la presencia del pecado en el mundo, luego la obra de la Redención, aprovechando alguno de los cánticos conocidos de Semana Santa, para terminar con otros que tuvieran relación con el gozo o privilegio de la vida cristiana y, finalmente, con la gloria del cielo.

Himnos que no faltan en todos los himnarios de las iglesias.

O bien dábamos remate con el coro «Aleluya», del «Mesías» de Hændel, si el número de participantes cantores lo hacía posible.
Cada cántico era introducido con un breve mensaje relacionando, en un plan homilético, al mensaje anterior y al que le seguía, de modo que lo llamábamos «sermones ilustrados con cánticos».

Sin necesidad de remontarnos al pasado, podemos señalar que existe hoy día en Barcelona (distrito de la Barceloneta), un coro con un director que es un laico, empresario de albañilería, pero que, además de poseer el necesario talento musical, es un excelente predicador voluntario, con tan admirable facilidad de palabra y celo evangelístico que puede suplir fácilmente –y con toda eficacia– el papel del pastor, permitiendo a éste quedar en el culto de la propia iglesia cuando el coro se desplaza a otros lugares.

El público suele escuchar tales mensajes, cantados y explicados a la vez, con mucho más deleite que si se tratara del mejor sermón hablado. Este método es más apropiado hoy día que en ningún tiempo del pasado, por estar la gente tan cansada de escuchar sermones y vivir una vida tan ocupada, que difícilmente resiste un sermón largo, como los que solían predicar los ministros del Evangelio en el siglo pasado.

Por tal razón, muchos pastores han optado por sermones breves de 15 o 20 minutos; pero resulta lastimosa esta necesaria reducción de los mensajes a que nos ha obligado la vida moderna, pues muchos miembros tienen que hacer un largo desplazamiento para acudir a la iglesia, y puede ocurrirles lo que me decía, hace poco, un miembro antiguo: «Los pastores jóvenes nos dejan hoy día con hambre, porque cuando llega la mejor parte de su mensaje, en lugar de pasar a un segundo punto y a un tercero, con sus divisiones y subdivisiones tan instructivas, como hacían los predicadores antiguos, terminan abruptamente, para no cansar a los jóvenes, que no tienen en su corazón el deseo de aprender la Palabra de Dios como nosotros lo teníamos a su edad».

Afortunadamente, aún hay muchos jóvenes que mantienen tal deseo, pero en muchos casos es cierto el juicio del anciano. En cambio, un sermón evangelístico amenizado con cánticos, música o proyecciones cinematográficas, puede prolongarse una o dos horas sin cansar al público. Naturalmente, no es posible amenizar de tal modo los cultos públicos cada semana, pero al menos tendría que intentarse hacerlo, por alguno de los tres procedimientos citados, una vez al mes.

El testimonio de los participantes
En muchas agrupaciones juveniles, además del testimonio de boca del dirigente o del pastor, hay momentos de testimonio de los propios participantes, actores, coristas o músicos, quienes explican sus experiencias de conversión. Estos son momentos sagrados en que los que toman la palabra deben sentir su gran responsabilidad y privilegio.

Para ello queremos darles los siguientes consejos:
1.° Evite el tono de timidez. Este escollo suele producirse las primeras veces que el actuante da testimonio, sobre todo si carece de la costumbre y habilidad de hablar en público. Es casi inevitable en tales casos, pero queremos recomendar al lecor: Si usted tiene que dar testimonio, hable con decisión; llevando a la mente de sus oyentes la convicción de que habla del fondo de su alma, y no tiene ningún temor ni vergüenza de honrar a su Salvador diciendo lo que Él ha hecho por usted.

Primero, refiriéndose a su muerte expiatoria en el Calvario; y cómo, cuando usted creyó en Él, le impartió el poder de lo Alto que regeneró y transformó su vida. Dígalo con un rostro sonriente, con entusiasmo, y levantando tanto la voz que puedan escucharlo claramente los asistentes de la última fila.

2.° Evite el tono de rutina. El hecho de haber dado su testimonio muchas veces puede llevarle a la fea costumbre de decir las mismas palabras rápida- mente, y en un tono de rutina. Vale más no decir nada, que dar un testimonio de semejante modo. Aprenda su testimonio de memoria, si no tiene facilidad de palabra y teme perturbarse; pero dígalo con entusiasmo, mostrando todo su interés en impresionar a los oyentes. Dígalo como si fuera la primera vez que da testimonio en público. En realidad, puede ser la primera vez para muchos oyentes.

3.° Dígalo con plena convicción, para beneficio de las almas. Expréselo como si estuviera contando la historia, no a un auditorio, sino a un solo oyente por cuya salvación usted hubiese orado muchas veces. Un pastor de Inglaterra se lamentaba a un actor de fama de la poca asistencia a los cultos de su iglesia, diciéndole: « ¿Cómo es que predicando yo la verdad de Dios, tan pocas personas tienen interés en escucharla, mientras que tantos acuden al teatro a escuchar historias falsas, inventadas por autores humanos?». A lo que el cómico respondió: «Es que usted ex- plica la verdad como si fuese mentira y yo presento la mentira como si fuera verdad».

4.° Suprima detalles ociosos. Hay personas que, al contar cualquier suceso o experiencia, entran en de talles que nada tienen que ver con el asunto, y cansan a quien les escucha; pues retardan la exposición de los hechos que realmente tienen interés, así como la conclusión, que todos esperan. Muchos profesionales ocupados: abogados, notarios, médicos, etc., se ven obligados a decir a sus clientes: «Al grano, señor, al grano»; y los jueces muchas veces tienen que ordenar a los testigos que abrevien sus explicaciones, contando únicamente aquellos detalles que tienen que ver de un modo directo con el caso. Lo propio ocurre con muchas personas que toman la palabra en sesiones democráticas. Su nivel de cultura puede medirse, generalmente, por su forma de hablar: Los más simples suelen ser pródigos en detalles innecesarios, que a veces obligan al presidente a llamarlos al orden, mientras que las personas cultas son hábiles para decir las cosas necesarias en palabras mejor escogidas y exactas. Es decir, saben reflejar su pensamiento con mayor precisión y brevedad.

Al dar testimonio de su experiencia de conversión tenga en cuenta que muchos estarán midiendo su grado de inteligencia por la cantidad de palabras que usted emplea, aunque por cortesía se mantengan callados. Dé solamente los detalles indispensables para que sea claro y cohesivo su mensaje. Los hechos concretos –y el ejemplo– son siempre de mayor valor que las largas peroraciones de carácter exhortativo. Deje esta tarea al pastor o al presidente, y usted limítese a contar la experiencia de su conversión de un modo claro y concreto.
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MANUAL DE EVANGELISMO Capítulo III

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 05 Nov 2013, 2:52 am

Capítulo III

CONFERENCIAS EN LUGARES PÚBLICOS

Este sistema de evangelismo que parecía un sueño hace bien pocos años en España es hoy posible, como lo ha sido, y lo es, en muchas naciones de Latinoamérica. Existen muchos locales, de sociedades culturales, u organismos estatales, a los que podemos tener acceso a bajo coste, y a veces incluso gratis, cuando son solicitados para dar una conferencia cultural o una audición musical de canto en coro.

Toda conferencia, sea sobre el tema que sea, debe tener un objetivo evangelístico, y ello debe declararse abiertamente en su parte final, ya que de otro modo sería inútil y ociosa su realización.

Hay quienes dicen que basta con ser «un medio para darnos a conocer», aunque el tema no sea religioso, pero este objetivo no es suficiente, pues el pueblo nos conoce ya, particularmente en poblaciones pequeñas, y no valdría la pena el esfuerzo si no es para hablar al corazón de la gente y hacerles reflexionar sobre las cosas eternas, aun cuando la invitación sea para un tema cultural.

Las películas del Instituto de Ciencia, Moody, terminan siempre con un mensaje espiritual, sea cual sea el tema que traten.
Pero tienen lugar muchas conferencias, así como recitales de canto y representaciones dramáticas patrocinadas por iglesias, que se limitan a presentar aspectos culturales, y sus promotores parecen avergonzarse de mencionar siquiera el nombre de Dios o hacer alusión a las altas verdades del Evangelio.

Y aún es más inexplicable –como decíamos– la dicotomía que tiene lugar frecuentemente en conferencias y fiestas musicales y dramáticas que celebran algunas iglesias en locales propios, en los cuales proceden exactamente como si se tratara de sociedades laicas, pues creen que deben separar los actos de carácter festivo o cultural de los servicios religiosos, olvidando el mandato del apóstol Pablo (Colosenses 3:17), referido en el anterior capítulo.

Es cierto que en centros ajenos hemos de respetar las reglas establecidas por sus propietarios, no dando un carácter extremadamente religioso a nuestras actuaciones, si las hemos anunciado como de carácter cultural o recreativo.

Pero en todos los casos debemos dejar la marca y el impacto de nuestra fe hasta donde nos lo permiten los principios y reglas de la sociedad.
Estos principios son hoy más amplios que en otros tiempos, debido al respeto a las convicciones religiosas diversas que amparan las democracias de una sociedad pluralista.

Pero ninguna limitación existe (a no ser la de la propia frialdad espiritual y falta de celo misionero) en las festividades celebradas en locales propios de la iglesia, para no terminarlos con una oración y un insistente anuncio de los actos de culto de la iglesia, por más que la fiesta haya sido anunciada con carácter cultural o musical.
Además, diremos que debe existir entre los cristianos evangélicos un estrecho sentimiento de cooperación entre las diversas iglesias que tratan de acercar las almas a Cristo.
Por tal razón deben aprovecharse todos los actos públicos en los cuales nos consta que han concurrido personas ajenas a nuestra fe para anunciar los demás esfuerzos evangelizadores a los que el auditorio puede tener fácil acceso, como son programas evangélicos por radio, u otras iglesias ubicadas en diversos lugares de la ciudad.

Sólo de este modo se puede demostrar el celo evangelístico, que no consiste en el propósito de aumentar, exclusivamente, la membresía de la propia iglesia, sino en procurar la salvación de las almas.

Evangelización mediante fiestas musicales
Los conciertos corales son especialmente apropiados para la evangelización: En tales actos es indispensable leer antes la letra de los cánticos, a menos que haya habido la posibilidad de repartir copias entre el auditorio. Es muy difícil distinguir y comprender las palabras cantadas por un coro si no se ha procedido antes a su lectura; y si el tiempo y lugar lo permiten, es aún mucho más provechoso hacer alguna consideración de carácter evangelístico antes de la interpretación coral.

Estos mensajes intercalados no deben exceder de tres minutos, especialmente si son varias las actuaciones del coro y éste ha de permanecer de pie en los intervalos.
Estas pausas tienen tres objetivos a cual más importante:
•Permitir un descanso a los actuantes.
•Que el público pueda relajar su oído, y así apreciar y gozar mejor de la siguiente interpretación.
•Sembrar la semilla del Evangelio en el corazón de los oyentes.

El canto es siempre mucho mejor apreciado y gozado cuando pueden ser comprendidas las palabras. Un recital de cánticos evangélicos puede ser un verdadero sermón cuando mediante la concertación de piezas se le da una estructura de orden homilético, como si fuera una cantata, aun componiéndolo de himnos diferentes.

Para ello es necesario poner en primer lugar cantos que expresen el pecado, la tristeza, la soledad, el dolor, es decir, cosas que tengan que ver con el mundo presente; seguidos de otros cantos que se refieran a Jesucristo y su obra redentora, para terminar con otros que expresen la esperanza celestial y el triunfo de la gloria. Este es el gran mérito de la celebérrima cantata «El Mesías» de Hændel, y debería ser la característica de todas las cantatas evangélicas.

Conciertos musicales
Éstos consisten exclusivamente en música instrumental de piano, violín, órgano u orquesta. Sólo las personas expertas en el arte musical pueden hallar sentido y disfrutar intensamente de tales interpretaciones, que para los no expertos son simplemente una serie de acordes más o menos agradables.
Muchas de las piezas corales de Bach llevan en sí mismas un sentimiento religioso y espiritual que las caracteriza; pero ello es generalmente desconocido por el público, por figurar los textos originales en el idioma alemán.

Ahora bien, si la interpretación musical va precedida de una introducción explicando algún detalle de la vida del célebre autor, o un comentario basado en el texto original, no sólo puede aumentarse la buena comprensión y deleite de los expertos en música, sino también de los profanos, y así ser, para ambos públicos, un medio de evangelización y comprensión espiritual.

Desafortunadamente, algunas veces hemos sido testigos de un concierto musical, realizado por algún magnífico ejecutor evangélico, al que han asistido expertos musicales no creyentes, y que ha sido convocado con un propósito evangelístico (por lo menos así se ha declarado a los miembros de la iglesia) en el cual no se ha hecho mención alguna del Evangelio, y su único fruto ha sido la presencia de elementos no evangélicos en un local donde otros días se acostumbra predicar el Evangelio.

Sin embargo, los inspirados trozos musicales que expresaban, musicalmente, excelentes sentimientos cristianos, que podían ser utilizados para dar el mensaje evangélico de palabra, fueron totalmente ignorados, como si se tratara de un concierto secular.

Sin embargo se publicó la noticia en la revista denominacional como una labor de evangelización.

La evangelización por films cinematográficos
Se trata, quizá, del método moderno más efectivo de evangelización. Es un principio pedagógico bien conocido que queda fijado en la mente doblemente, y con mejor comprensión, lo que entra conjuntamente por dos de los sentidos –el oído y la vista–, que lo que entra por uno solo.

Como decíamos en el capítulo anterior, hoy contamos con los films del Instituto Moody, preparados especialmente para la evangelización de escolares adolescentes; aunque pueden también ser usados con provecho ante público de adultos; los de Concordia Films, y otras sociedades misioneras, así como también los films de la Asociación Billy Graham, que, tras una historia interesante, suelen concluir con un sermón del famoso evangelista.

Estos últimos films apenas necesitan comentario de los presentadores, ya que el sermón de Billy Graham es una exposición tan clara y sencilla del Evangelio que difícilmente puede ser superada. Sin embargo, una breve conclusión por parte de alguien con facilidad de palabra tiene el calor de la presencia personal.

Siempre que sea posible, el presentador del programa visual debe ofrecer la oportunidad de continuar ampliando el conocimiento del Evangelio que ha sido expuesto en la pantalla, anunciando otros medios al alcance del auditorio, como emisiones radiofónicas o cultos regulares en iglesias de la localidad. Nunca debe olvidarse este detalle.
Si el film ha sido proyectado en una iglesia, lo más oportuno es cerrar el acto con una breve oración. Se trata de una nueva forma de culto, y como tal debe ser considerado.
Si se trata de un local público, quizá será necesario abstenerse de este detalle para evitar que los escépticos puedan criticar que han sido invitados a una conferencia y se les ha dado un culto religioso.
Pero de invitación a los cultos no puede prescindirse jamás, si el propósito del acto es realmente la evangelización. Debemos dar gracias a Dios por los medios modernos de difusión del Evangelio con que contamos, y aprovecharlos al máximo, según las posibilidades económicas de cada grupo cristiano.
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MANUAL DE EVANGELISMO Capítulo IV

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 05 Nov 2013, 3:07 am

Capítulo IV
EL EVANGELISMO PERSONAL

Esta es la forma más eficaz de evangelización, ya que puede ser llevada a cabo, no por una sola persona, el pastor, a una hora y lugar determinado, sino por todos los miembros de la Iglesia en muchos momentos y circunstancias, y a ella nos hemos referido de modo particular en la introducción. Este método puede ser practicado yendo de casa en casa, pero también tratando de entrar en conversación con personas en parques, vehículos de transporte público, o cualquier lugar donde se nota la presencia de gentes ociosas, especialmente en aquellas ciudades pequeñas donde la gente suele salir a la calle en frente de sus casas, en días de fiesta o en tiempo de calor. Este último método tiene la ventaja de que a las personas desocupadas, se les evita la molestia de tener que ir a abrir la puerta, que siempre significa una contrariedad si la visita no es de un conocido.

El uso de folletos
Para ambas formas de labor evangelizadora, es elemento de primer orden el folleto, breve y económico, que sirve para iniciar la conversación. Es del todo desaconsejable –por cómodo que sea– echar folletos en buzones y debajo de puertas, aun cuando se haya tenido la buena precaución de poner en ellos el sello con la dirección de algún lugar de culto, pues sin el contacto personal es muy raro que el folleto –por bueno que sea– llegue a despertar suficiente interés para que una persona se decida a acudir a un local de culto desconocido.

Siempre es mejor que nada, pero sólo puede permitírselo personas que cuenten con recursos propios para comprar los folletos, pues tiene muy poco mérito repartir a manos llenas lo que nada cuesta.
Sólo es perdonable este sistema a personas muy celosas para la extensión del Evangelio, pero muy tímidas e incapaces de iniciar una conversación con personas ajenas; y la que tenga este carácter tiene el deber de esforzarse para saber dar un testimonio personal hasta que esté capacitado para poder hacerlo.

El folleto debe servir en todos los casos como un medio para introducir una conversación y contacto personal.
Resulta mucho más aprovechado el coste del folleto si antes de entregarlo se pregunta a la persona:
—¿Estaría usted dispuesto a leer este folleto si me permite regalárselo?
Lo que ocurrirá en un 95 % de los casos es que la persona preguntará:
«¿Qué es esto?, o «¿De qué trata?».
Ello dará ocasión a una respuesta de testimonio, que puede ser dada en estos términos: •«Es un folleto evangélico que trata de nuestro porvenir eterno.»
•«Es un folleto evangélico que trata de lo que va a ocurrirnos cuando muramos.»
•«Es un folleto evangélico que trata de la salvación de nuestra alma.»
•«Es un folleto evangélico que trata del amor de Dios.»
•«Es un folleto evangélico que trata de Jesucristo y sus promesas para el más allá de la muerte.»
•«Es un folleto evangélico que trata de los problemas de las familias y de los hijos.»
•«Es un folleto evangélico que nos enseña cómo vivir en paz y amor con nuestros prójimos.»

Estas respuestas son adecuadas y aplicables a casi cualquier clase de folleto; o puede también responderse en una frase breve que resuma el contenido del folleto, sobre todo si se trata de los que llevan una breve ilustración anecdótica.
No se limite a decir «es un folleto evangélico», como si usted fuera un repartidor a sueldo, no interesado en el contenido del folleto, diga algo más que dé ocasión a alguna réplica, y quizá a una conversación, con la persona a quien usted ofrezca el folleto.

Es muy conveniente ir siempre provisto de algunos trataditos evangélicos para entregar a las personas con quienes entramos en relación y han respondido amablemente a cualquier pregunta que hemos tenido que hacerles.
Tales incidencias son oportunidades que no debemos dejar escapar, pues el haber tenido antes conversación sobre cualquier tema o cuestión secular nos ofrece una introducción para el obsequio, y una posible conversación ulterior sobre temas espirituales. Representa una manifestación de aprecio por el pequeño favor que nos han hecho contestando a nuestra pregunta sobre la dirección de una calle, o sobre cualquier otro tema.

Las personas recordarán mejor el motivo de nuestro interés. No parece tanto un acto de propaganda como un reconocimiento a su amabilidad.


Una estratagema eficaz
Una de mis tácticas, siempre que viajaba en tren por España visitando iglesias, era sacar de mi maletín varios folletos y dejarlos sobre el asiento del compartimento, si no se hallaba totalmente ocupado, y ponerme a leer yo mismo con mucha atención uno de ellos, como si lo desconociera, aunque la mayor parte los había escrito yo mismo.

Y cuando me parecía que las miradas de los circunstantes indicaban la pregunta «¿Qué contendrán estos folletos que este señor los está leyendo con tanta afición?» levantaba la mirada y ofrecía un ejemplar a cada persona del compartimento.

Casi siempre conseguía ver que algunos –o por lo menos un viajero– lo leía hasta el final, lo cual me permitía entablar, al fin, una conversación en voz alta con algunas preguntas: ¿Qué le ha parecido? ¿Le ha gustado? o ¿No es bien cierto lo que dice? ¿No cree que vale la pena hacernos las reflexiones que se encuentran en este folleto?
Muchas veces la pregunta provocaba un diálogo o discusión en la que tomaban parte varios pasajeros. Otras veces me respondían con monosílabos, pero raramente. Casi siempre originaba una amplia oportunidad de testimonio.


Prudencia sin timidez
En ocasiones, personas religiosas católicas daban su asentimiento y facilitaban una conversación fraternal sobre temas religiosos. En esos casos procuraba enterarme de la estación en que debía bajar la persona o personas católicas; y no en seguida, para evitar que se cerraran y cortaran la conversación con un protestante (lo más común en aquellos tiempos, sobre todo si se trataba de alguien que vestía hábitos), les declaraba mi condición de pastor evangélico.
Ya que habían manifestado su complacencia entusiasta ante las afirmaciones evangélicas que yo había hecho, deseaba que antes de bajar supiesen de quién procedía el lenguaje que ellos habían aprobado. Otras veces la persona se adelantaba a decir: «Me parece que usted es un protestante», lo cual me permitía entrar en el terreno del diálogo controversial expresando con toda cortesía, pero con claridad y firmeza, nuestros puntos de disidencia del dogma católico.

De haber principiado con la controversia me habría sido imposible expresar las grandes verdades de la Redención por Cristo, en las cuales convenimos los católicos y los cristianos evangélicos, ni dar a todos los presentes la impresión favorable a nuestra fe que el método de prudencia hacía posible. Este método de prudencia, multiplicado centenares de veces por pastores y creyentes responsables, durante un siglo, ha contribuido a formar el cambio de opinión que hoy reina en España entre la mayoría de católicos en cuanto a los antes odiados protestantes.

Aunque a ello han contribuido también otros dos factores: las emisiones evangélicas por radio y la nueva táctica del Vaticano en cuanto a los disidentes, derivada del Concilio Vaticano II.
Lo esencial de nuestro mensaje es presentar a Cristo como Salvador completo y suficiente de los pecadores; combatir los errores de otra iglesia es accesorio. Si el interlocutor dirige la conversación hacia algún punto de conflicto, o pregunta nuestra opinión acerca de un tema concreto, hay que responderle con toda verdad y valentía; pero la seguridad de la salvación por Cristo es el tema esencial y principal y el que mejor impresión produce en los católico-romanos fervorosos; a la vez que despierta una inquietante pregunta en el corazón de los indiferentes, por leve que sea el rescoldo de fe que haya quedado en sus corazones de su educación católico-romana.

¿Qué hacer con los que rehúsan el folleto o lo tiran al suelo?
Este último caso raramente ocurrirá si nos hemos tomado la sabia precaución de interrogar al receptor antes de soltar el folleto de la mano. Pero en el caso de que eso ocurra a nuestra vista es necesario inclinarse y recoger el folleto del suelo, pues todos los reglamentos municipales ordenan el mantener las calles limpias, y el distribuidor de folletos no tiene que permitir jamás que los agentes de la autoridad puedan reprenderle por tal motivo. Además de demostrar, con ello, su aprecio por el folleto, que puede ser recibido por otra persona.
La prosecución, «follow up», de los contactos personales

Una precaución importante es preguntar a quién manifiesta algún interés especial por el Evangelio su dirección personal, adelantándonos a ofrecerle nuestra tarjeta, y si éste la da tan sólo de palabra procurar recordarla y anotarla, a fin de continuar la labor evangelística por correspondencia.
Cada cristiano debería ser un agente evangelizador y, además de dar testimonios espontáneos, continuar enviando, al menos cada tres meses, un nuevo folleto a las personas que se han mostrado receptivas y simpáticas.

Si alguna de ellas contesta, procede enviarle una carta personal con las señas de la iglesia más próxima, y los datos oportunos referentes a estaciones de radio, a su alcance, que emiten programas evangélicos. Posiblemente algún lector dirá que un tal sistema requiere mucho trabajo y atención. Pero cualquiera que lo inicie se dará cuenta de que no es insoportable, ya que por desgracia no suelen ser muchas las personas a quienes hablamos del Evangelio que se interesen hasta el punto de estar dispuestos a darnos su dirección, y mucho menos las que contestan haciendo preguntas.

El sembrar mucho, pero no continuar el «follow-up», siempre que es posible, ¿no es hacer, exactamente, lo que se dice en Job 39:13-17, o sea, demostrar tan poca inteligencia y cuidado espiritual como el avestruz que pone sus huevos en el desierto y luego los olvida?
Dejamos la continuación de la obra al poder y atención del Espíritu Santo; decimos que él es poderoso para bendecir el pequeño esfuerzo que hemos hecho al hablar de Cristo a una persona; todo ello está bien si regamos esta siembra con oración, pero aun la oración es un método demasiado fácil si no hacemos nada más para corroborar nuestro testimonio de un ınodo continuado. ¡Vale la pena ahorrar un poco de tiempo del que perdemos en fruslerías para dedicarlo a un servicio tan importante!
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MANUAL DE EVANGELISMO Capítulo V

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 05 Nov 2013, 3:20 am

Capítulo V
UN PUESTO EN LOS MERCADOS PÚBLICOS

Otro método plausible de evangelización es poner una mesa de libros en un mercado público.
Este sistema tiene la ventaja de no tener que ir de casa en casa, y obligar a las personas a venir a abrir la puerta dejando sus ocupaciones, sino que éstas acuden a hojear los libros y así nos ofrecen la ocasión de hablarles del Evangelio, sin ninguna molestia de su parte.

Esta labor ofrece dos posibilidades: la venta de libros y el reparto de folletos como medio de entrar en conversación sin parecer intromisivos.

Tiene sólo la desventaja del coste de derechos a la Municipalidad. La evangelización de casa en casa puede hacerse fácilmente, sobre todo si no se hace como profesión diaria, sin coste alguno; pero no se puede eludir el pago de derechos en un mercado. Dicho coste puede ser cubierto, generalmente, por el descuento que hacen las librerías a los vendedores públicos; pero es difícil hacerlo como negocio, porque generalmente no es rentable, sino como labor voluntaria de evangelización.

El reparto de folletos no es prudente efectuarlo a granel, como si se tratara de propaganda, a menos que se impriman hojitas menos costosas para tal objeto. El sistema más eficaz y prudente es empezar a hablar a los curiosos acerca de los libros y regalar un folleto solamente a los que han mostrado interés en sus preguntas (pero no suficiente hasta llegar a adquirir un libro), como una muestra de aprecio por su atención de pararse a examinar el estante.
Esto da la oportunidad de decir algunas palabras del Evangelio y recomendar la lectura del folleto.

No abuse del reparto a granel
Algunos jóvenes emplean el sistema de tener a uno o dos de ellos detrás del stand, y otro, u otros, repartiendo folletos a todos los que pasan por delante, aun cuando pasen de largo, sin prestar la menor atención al puesto de libros.

Este es un sistema tan equivocado como el repartir tratados a granel en plazas y parques, con la desventaja de que las personas en los parques suelen estar sentadas, y más dispuestas a leer, mientras que los que pasan por delante del puesto del libros no están en disposición de leer, sino de curiosear en la feria; y lo más probable es que se deshagan del folleto tirándolo al suelo tras haber andado algunos pasos.

Es cierto que algunos lo ponen en su bolsillo y pueden leerlo más tarde, pero en la mayor parte de los casos es un desperdicio del folleto, que siempre cuesta dinero, ora haya sido adquirido por el distribuidor, o regalado por alguna entidad evangélica.
Lo más recomendable es entregar a los transeúntes, no un folleto, sino una hojita de propaganda de los libros expuestos, indicando el lugar donde se halla ubicado el stand, con su número, si es una feria oficial.
Si es un puesto ambulante, indicar el lugar en que el evangelista suele acudir a exponer los libros, dando el nombre de la calle más próxima.
Este método no resulta aconsejable más que en ferias de varios días, o en exhibiciones semanales, para que el coste de las hojitas sea bien aprovechado.
Aproveche el libro para evangelizar


Un método recomendable es incluir en los libros, al entregarlos al cliente, una hojita con el siguiente aviso: «SI DESEA USTED CONOCER MÁS DETALLES ACERCA DE LAS VERDADES EVANGÉLICAS QUE SE EXPONEN EN ESTE LIBRO LE INVITAMOS A ESCUCHAR LAS EMISIONES RADIOFÓNICAS X… CONFERENCIAS PÚBLICAS EN LAS CALLES X Y X… Es aconsejable poner las direcciones de todas las iglesias evangélicas de la ciudad sin distinción de denominaciones, con tal de tener la seguridad de que se anuncia en ellas el mensaje salvador de Cristo, y si se trata de una gran ciudad, las de la barriada o distrito donde se expenden los libros. Como, desgraciadamente, no es de esperar que las ventas sean muy considerables, estos avisos incluidos en los libros pueden ser hechos por fotocopia o ciclostyle. Es aún más deseable que habiendo entrado en una relación más íntima con el comprador, éste facilite su dirección. Aun en tal caso es necesaria la hojita para que éste tenga otros medios de escuchar el Evangelio, aparte de su visita personal.

Todo evangelista tiene que recordar que está buscando almas para Cristo, no exclusivamente para su propio grupo o iglesia, y que no va a obtener beneficios materiales que compensen su esfuerzo, sino que está dando parte de su tiempo y de su dinero al Señor –quien le pagará con creces– ya en esta vida o en la venidera.


Aproveche el más mínimo interés
La labor en los mercados públicos es muy distinta de la tarea personal por las casas, en parques o en la playa; en cuyas ocasiones hay que procurar no hacerse pesados a las personas con conversaciones excesivamente largas.

En el mercado la iniciativa no parte del evangelista, sino del público que se acerca a examinar los libros.
Por tal razón hay que procurar entrar en conversación antes de que, satisfecha su curiosidad, la persona se aleje, pues está en plena libertad de hacerlo.
Las personas tímidas, que tienen constante miedo de hablar, o de ser inoportunos, no sirven para el trabajo en los mercados, a menos que corrijan su timidez y se hagan francos y osados.
A las preguntas de los curiosos que se acercan, jamás hay que limitarse a contestar con monosílabos, sino aprovechar los momentos para entrar en conversación.
Sin embargo, tampoco hay que ir al otro extremo de interrogar inmediatamente a todo el que se acerca para curiosear. En algunos casos ésta es la manera para cortar el interés de la persona y hacer que se aleje.

Es necesario estar atento al rostro y actitudes de la persona en cuestión, y tratar de entrar en diálogo en el momento en que está a punto de alejarse, si no da ninguna señal de interés.
Los vendedores seculares suelen ser muy expertos en este arte.
El evangelista debe esforzarse en cultivar y desarrollar lo que vulgarmente se llama «don de gentes».


El método del coche bíblico
Un sistema magnífico y muy eficaz de concurrencia a ferias y mercados es el coche-librería, pero no siempre está al alcance de creyentes particulares.
Es tanto mejor si el coche va equipado con sistema de altavoces.
Este valioso instrumento de evangelización puede ser usado lo mismo en ferias y mercados que en otros lugares donde suele concurrir un número considerable de personas.
Algunos lo sitúan a la salida de fábricas, o en plazas de barriadas.
A los que tienen el privilegio de contar con este valioso instrumento de trabajo, hacemos extensivas las mismas instrucciones que damos anteriormente para los vendedores que sólo cuentan con una modesta mesa portátil.


Modo de usar los altavoces
Nos resta añadir que los que tienen un coche equipado con altavoces deben usarlo con prudencia, dada la seriedad y valor del mensaje evangélico. No es cuestión de usar el altavoz constantemente, a guisa de charlatán público.

Un método muy recomendable es anunciar en medio de un cassette de música, no estridente, cada tres minutos: «A las X horas (dentro de 15, 12, 9, 6 y finalmente 3 minutos), podrán ustedes escuchar una conferencia sobre el tema…» (Mencionar el que sea). Y llegada la hora, entrar en el coche y leer un artículo de algún periódico evangélico o un folleto, ya que tal lectura tendrá, naturalmente, mejor hilación de pensamiento que una improvisación de cualquier hermano, quizá con muy buena voluntad pero con pocos conocimientos para hablar en público.

La revista «Decisión» publica buenos artículos apropiados para el público no evangélico. Hay muchas otras revistas cristianas con artículos a propósito.
Es conveniente que el lector tenga una buena pronunciación, clara e inteligible, y que se esfuerce en ello leyendo el artículo en voz alta, en su propia casa, varias veces, para mejorar su dicción, empleando como críticos a sus propios familiares, o a algún hermano que tenga interés en esta obra.

Es indispensable que lea con tal facilidad que ninguno de los oyentes –que no le ve, por hallarse dentro del vehículo– sea capaz de descubrir si está leyendo o no, sino que parezca que está predicando y sacando de su corazón las palabras que pronuncia.
No conviene que sean discursos muy largos.
Por tal razón, quizá algunos de los artículos se tendrían que abreviar, suprimiendo párrafos que no corten el pensamiento del autor; lo que es siempre posible en artículos extensos pero bien redactados.

Tenemos un libro titulado El Supremo Dilema, que contiene 31 mensajes de 14 minutos de duración que fueron escritos ex-profesamente para público no evangélico, y emitidos por Radio Tarrasa, los cuales pueden ser muy útiles para esta labor de predicar en lugares públicos por medio de altavoces, y lo están siendo para emisiones de radio en todos los países de la América Latina, por consistir en una serie de temas de gran interés, respondiendo a preguntas que suele hacerse la gente.

Otra posibilidad para usar el coche con altavoces es utilizar cassettes que se venden en librerías evangélicas, los cuales contienen también cantos apropiados.
Este sistema tiene la ventaja de que el obrero evangélico puede atender a los clientes que se acercan a su puesto de libros mientras el cassette va emitiendo su mensaje, sin otra preocupación que entrar en un momento en el coche a pararlo, y volver a ponerlo en funcionamiento en el momento oportuno.
También cuando se usan cassettes que contienen mensajes es recomendable anunciar la radiación y el tema de tres en tres minutos, para preparar o juntar auditorio. Procúrese evitar situar el coche muy cerca de otros altavoces de feriantes.
Es preferible situar el coche en un lugar menos céntrico, pero más tranquilo, para poder utilizar el altavoz con provecho.
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MANUAL DE EVANGELISMO Capítulo VI

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 05 Nov 2013, 5:35 am

Capítulo VI

LA PRESTACIÓN DE LIBROS

Un excelente procedimiento en la obra de evangelización es el préstamo de libros.
Muchas veces hemos repetido en nuestros mensajes por las iglesias que el primer diezmo de cada nuevo convertido debería invertirse en algunos libros evangelísticos y apologéticos para formar en su propio hogar una biblioteca de préstamo, siempre dispuesta para facilitar libros a las personas a quienes el creyente tiene oportunidad de dar testimonio, y se muestran dispuestas a recibir un libro prestado, hasta el punto de dar su nombre y dirección, para que pueda ser recogido el libro al cabo de un mes, o pueda visitárseles, o preguntarles por teléfono si han podido o no leerlo.

Este método, además del beneficio espiritual que puede derivarse de la lectura, es una puerta abierta para una nueva visita y una nueva conversación. No importa que los libros se deterioren al pasar de mano en mano, pues son propiedad sagrada del Señor, una vez el creyente los ha dedicado a tal objeto.
Algunos buenos libros ingleses tienen en sus últimas páginas una cantidad de líneas en blanco para ir anotando los nombres de las personas que los han tenido en turno. Este sistema tiene sus ventajas y sus desventajas. Ventajas si los primeros nombres anotados son de personas de prestigio, y desventaja si es a la inversa. Lo más importante es que el evangelizador tenga un buen archivo con las direcciones y la fecha de los libros prestados; pero lo indicamos como un ejemplo de lo práctico y eficaz que es la prestación de libros, para que lo imitemos los hispanos en nuestras labores de evangelización.

También es importante para la edificación fraternal en favor de amigos imposibilitados o enfermos, por más que el objetivo principal de tal biblioteca particular sea la evangelización de no creyentes. La prestación de libros es el método más eficaz para proseguir la evangelización, una vez se ha con- seguido despertar el interés de una persona por el primer método, que es el reparto de folletos.


La venta de puerta en puerta

Muchos evangelistas itinerantes están practicando un método, mucho más difícil que el de la prestación gratuita, que es la venta de libros de puerta en puerta, generalmente para completar alguna pequeña ayuda que reciben en favor de tal obra. O por hallarse desempleados y necesitar algo, por poco que sea, para su subsistencia.
Por lo regular, la ganancia es tan escasa que nadie podría subsistir mediante tales entradas, pero la venta de libros es siempre una pequeña ayuda.
Algunos han de apelar al recurso de la limosna, el cual consiste en que, después de haber hablado un buen rato acerca del mensaje, ponen un libro en manos de la persona (generalmente un evangelio, un librito gratuito o una obrita de evangelización económica adquirido a bajo precio) y cuando ésta pregunta cuánto vale, para aceptarlo o rehusarlo, responden: «Deme usted su voluntad», y en el 90 % de los casos reciben un donativo mucho mayor que el precio del libro.

Este recurso no lo emplean, naturalmente, quienes van a evangelizar por pura vocación misionera, sin necesidad de ninguna ayuda. En Norteamérica, la obra evangelística puerta a puerta la realizan cristianos muy bien acomodados, o empleados que ocupan elevados cargos.
No sienten que sea vergonzoso ir de puerta en puerta, no a vender, sino a prestar libros evangelísticos, por amor al Señor y a las almas.


Libros adecuados al propósito de evangelización

Es muy conveniente que el creyente que se propone evangelizar por medio de literatura, conozca bien los libros que va a emplear. No es tan fácil leer un libro como leer un folleto; pero es indispensable una mirada al índice del libro, seguida de una lectura de aquellas partes que el índice indica que contiene mensaje evangélico, o responder a las inquietas preguntas del corazón humano ante el misterio de la vida, el universo y el más allá de la muerte.

En la labor de evangelización a personas desconocidas no conviene prestar libros voluminosos y de difícil lectura, aunque mucho depende de las circunstancias del receptor.
Si se trata de un enfermo o un inválido no tiene tanta importancia el volumen del libro, como si se trata de una persona muy ocupada en actividades seculares.

Por otra parte, es necesario que el libro se adapte a la mente del receptor y que sea de agradable lectura, sobre todo si se trata de niños o jóvenes.
Hay novelitas que han sido escritas con el especial objeto de exponer el Evangelio, así como biografías e historias redactadas con tal propósito.

Como la producción de libros va aumentando de día en día, es imposible recomendar en un pequeño volumen como el presente una lista completa, pero vamos a intentar hacer un esbozo de algunos títulos que consideramos especialmente adecuados para particulares circunstancias.

Libros para niños que contienen un destacado mensaje de evangelización

¿Dios es muy grande? De 4 a 8 años
Dios es mi amigo Dios es mi ayuda De 8 a 12 años
La amazona chiquita La pequeña fe

Libros para jóvenes
Amor en peligro Sinfonía en tono de amor
El invernadero
¿Yo ser como Jesús?
Ser un hombre
Una dicha merecida
¡Corre, Nicky, corre!

Para jóvenes y adultos con tendencia al escepticismo e incredulidad

¿Es razonable la fe cristiana?
El supremo dilema
A Dios por el átomo
Pruebas tangibles de la existencia de Dios
La nada o las estrellas
Cien preguntas acerca de Dios
La Naturaleza habla
El gran fraude intelectual


De evangelización en general para personas indiferentes

El camino hacia Dios
Paz con Dios
Mensajes de siempre para hombres de hoy
Dios espera encontrarte
Fe y bautismo
Tu vida cristiana
Cómo conseguir cosas de Dios
Religión o Cristo


Para adultos de tendencia católico-romana

A las fuentes del cristianismo
Él único camino de salvación
La casa de doña Constanza
El cristianismo evangélico a través de los siglos
Origen e historia de las denominaciones cristianas

Para espiritistas y personas preocupadas por la vida del más allá

El espiritismo y los fenómenos metapsíquicos
La inmortalidad
En el otro lado
La vida en el más allá
Regreso del futuro
Una visita a la Eternidad


Para enfermos e inválidos

Las bendiciones de la enfermedad
El Dios de todo consuelo
Meditaciones diarias
Libro de cheques del banco de la fe
El salmo del pastor
¿Qué sucede cuando las mujeres oran?
La alabanza da resultados
El poder de la alabanza
El propósito de la oración
Libros devocionales, novelas evangélicas y relatos misioneros en general


Para sectarios mormones y rusellistas

Testigos de Jehová o de Satanás
Proceso a la Biblia de los Testigos de Jehová
Los testigos de Jehová a la luz de la Biblia
Invasores de la cristiandad
Los mormones
A Moroni con amor

Existen centenares de títulos a base de historias, biografías y estudios bíblicos que son buenos e instructivos para niños, jóvenes y adultos cristianos; pero en este capítulo hemos querido referirnos sólo a libros a propósito para casos especiales. El lector puede añadir por sí mismo a esta lista aquellos libros que considere más adecuados para su biblioteca de préstamo, que le aconsejamos tener clasificada en estas ocho secciones. Es muy posible que de algún título sienta la necesidad de poseer más de un ejemplar, ya que se trata de dejar cada libro en préstamo, puede tenerlo ocupado durante algunas semanas, o meses, y en algunos casos más de lo previsto, pero aconsejamos no permitirlo más allá de 3 o 4 meses. Si la persona muestra interés y placer en ser visitada, pero arguye que no tiene mucho tiempo para leer, es aconsejable cambiarle el libro por otro de menos páginas, a fin de continuar manteniendo la puerta abierta para otras visitas.
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MANUAL DE EVANGELISMO Capítulo VII

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 05 Nov 2013, 5:49 am

Capítulo VII

EL MÉTODO DE LA ENCUESTA
Este método consiste en visitar hogares de puerta en puerta dando a tal labor una apariencia más formal que la mera distribución de folletos, pues la persona que ha tenido la molestia de dejar sus ocupaciones para ir a abrir la puerta y se encuentra con que le ofrecen un folleto de escaso valor se siente contrariada y mal dispuesta a escuchar las palabras del evangelizador.

Por tal motivo, los practicantes de este método no se presentan como distribuidores callejeros de propaganda, sino como agentes encargados de llevar a cabo una encuesta popular, diciendo a la persona que acude a atenderles:

«Perdone que le moleste un momento, pero soy un agente de… (Aquí es conveniente dar el nombre de una sociedad de jóvenes, de señoras o de cualquier entidad recién formada que suene bien, como “Sociedad Promotora del Bienestar Moral”, evitando un nombre eclesiástico o religioso), y le agradecería muchísimo fuese tan amable de responder a tres preguntas, nada más que tres».
Si se nota titubeo de aire negativo, es buena política insistir:

«No son más que tres preguntas, usted no tendrá que escribir ni firmar nada, y como compensación a la molestia que le estoy ocasionando, voy a obsequiarla con este libro» (un libro que no sea un simple folleto de cuatro páginas, sino un evangelio o uno de los muchos libros de 64 páginas de distribución gratuita, o uno de venta en librerías evangélicas, si los recursos del evangelizador se lo permite).


El ejemplo de los rusellistas

Los formidables éxitos de los llamados Testigos de Jehová son un ejemplo de la eficacia de la labor personal y un acicate para llevarla a cabo nosotros con mayor razón y motivo.

Ellos no tienen un mensaje tan claro y precioso como el nuestro, ya que no creen en la supervivencia del alma, que el día menos pensado puede ser llamada «para estar con Cristo lo cual es muchísimo mejor» (Filipenses 1:24); ni tampoco que la morada que Jesucristo anunció a sus discípulos iba a preparar (Juan 14:2) sea para nosotros, sino tan sólo para 144.000 escogidos; su anuncio es sólo de un reinado de paz sobre esta misma tierra después de la resurrección, doctrina en la cual nosotros también creemos, pero que es más difícil de explicar o aceptar si se empieza por negar la supervivencia del alma, mientras que nosotros podemos dar una esperanza de salvación gratuita e inmediata tras la muerte, apoyándonos en citas de la Sagrada Escritura, como Filipenses 1:23, 2ª Corintios 5:1-10, Lucas 23:39-43 y Apocalipsis 14:13, por tal razón, nuestra propaganda evangélica debería tener más aceptación en los países de tradición católica-romana que la suya, si fuese practicada con la misma tenacidad que ellos lo hacen.

Además, no tenemos dos grandes inconvenientes derivados de su interpretación bíblica y de los mandatos eclesiásticos de sus jefes: la prohibición de cumplir el servicio militar (exigencia que ha llevado a centenares de jóvenes «testigos» a la cárcel), ni la forzada abstención de transfusiones de sangre, ni aún en peligro de muerte.

Todo ello debería hacer lógicamente más difícil para nuestros conciudadanos aceptar la doctrina de los rusellistas que la cristiana evangélica. Sin embargo, ha sido totalmente al revés.
Ellos han aumentado su membresía muchísimo más aprisa que las iglesias evangélicas. ¿Cuál es la razón?
La única explicación de su enorme crecimiento es que practican mucho más que nosotros el evangelismo personal.
Nosotros presentamos un evangelio más fácil, atribuyendo la seguridad de nuestra salvación a las promesas de Jesucristo, en virtud de su obra redentora; es decir una salvación gratuita, por la fe, mientras que ellos insisten en proclamar una salvación por las obras, declarando que es necesario que cada adepto rusellista gane su propia salvación, o derecho a resucitar, mediante su propia labor proselitista, yendo de casa en casa a llevar la buena nueva del Reino.

Nosotros tenemos el mismo mandato de parte de Nuestro Salvador a quien profesamos amar, y muchas más razones para amarle y obedecerle que ellos a sus jefes de Brooklyn, pero nuestro jefe invisible es mucho menos exigente que sus jefes visibles de «la Torre del Vigía»; por lo menos así nos lo imaginamos.
Él nos ama tanto que acepta cualquier cosa que hagamos por Él, sea poco o mucho; y aun-que sabemos que «es menester que todos nosotros aparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o malo» (2ª Corintios 5:10), forjamos a nuestro antojo la medida de su mandato de predicar el Evangelio a toda criatura.

Creemos que Él nos salvará de todos modos, recibiéndonos inmediatamente en su Reino Espiritual cuando muramos; y aun, que añadirá a la corta medida de nuestro fruto espiritual aquella benévola y tan manoseada promesa: «Bien, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré, entra en el gozo de tu Señor»; y confiados en esta benevolencia descuidamos nuestros deberes cristianos o los reducimos a su más mínima expresión. ¿Es justo este proceder? ¿Está de acuerdo con el amor que profesamos tener a Nuestro Salvador, así como a la gratitud que se merece su obra completa, perfecta y tan cruenta a nuestro favor? ¡Oh, que este pensamiento nos estimulara a la obra del evangelismo personal, que todos, todos, por pocos dones que tengamos, podemos llevar a cabo, dentro de nuestras circunstancias!

Las preguntas para el método de encuesta pueden ser:

1.ª ¿Profesa usted alguna religión? Si la respuesta es: Soy católico-romano (como es lo más frecuente en España y países de Sudamérica), la pregunta siguiente debe ser:
2.ª ¿Es usted católico profesante o practicante?
Esta definición la aceptan incluso en los círculos eclesiásticos y si es necesario aclararla puede decirle qué significa si asiste con mucha frecuencia a su iglesia y argumentar a continuación sobre la necesidad de dar la mayor importancia a las cosas espirituales ya que nuestra vida transcurre tan aprisa, etc.
Esto puede dar lugar a que la persona considere al visitante como un católico fervoroso. De ser así, no se apresure usted a contestar: «¡Oh, no!, yo soy protestante, o cristiano evangélico», a menos que las respuestas muestren una inclinación antirreligiosa.
No se cierre usted mismo la oportunidad de dar testimonio de las cosas que son comunes a la fe católica y a la evangélica, pero que nosotros enfatizamos mucho más.
Repita las mejores promesas que tenemos en el Nuevo Testamento acerca de la salvación por la fe, y las seguridades sobre la vida eterna que Jesucristo da en el evangelio de Juan.

Cite textos de este Evangelio, por poco que descubra en la persona visitada algún vestigio de fe. Ya vendrá el momento de hablar de lo que nos separa del catolicismo. No las anticipe, lo que le cerraría el camino para hablar de lo más importante, el mensaje evangélico, desviándose a cuestiones menos importantes de credo o dogma.

Si las respuestas asumen un cariz antirreligioso, o anticatólico, apresúrese a identificarse como cristiano evangélico; pero no se le una con entusiasmo a hablar en contra de la Iglesia Romana, antes bien diga que cada cual dará a Dios razón de sí, y que los hipócritas religiosos serán juzgados, pero no pierda el tiempo insistiendo en aquello de lo cual la persona visitada ya está convencida, pensando que de este modo se hará simpática a ella, antes vaya al grano en cuanto a lo positivo, y deje lo negativo para cuando la persona visitada empiece a ver la luz de la salvación, o muestre algún interés en éste –para ella nuevo– aspecto de la fe cristiana.

Una de las ilustraciones que puede utilizar en el caso de personas que se desatan en improperios contra la Iglesia Católica, es el ejemplo del barco o vehículo averiado. Explíqueles que nuestra vida no es sino como un viaje a la eternidad.
Si nos damos cuenta de que el barco en el cual nos hemos encontrado viajando está averiado y no puede llevarnos al puerto, lo inmediato y más urgente es buscar otro barco.

La Iglesia Católica no puede ser enmendada por nosotros, no está en nuestra mano el hacerlo, pero lo que nos interesa es nuestra propia alma, ya que la Palabra de Dios dice que «cada cual dará cuenta a Dios razón de sí», etc.

3.ª La última pregunta variará, según la respuesta de las dos primeras: Si la respuesta muestra una inclinación religiosa católica, o de cualquier otra fe, pregunte: «¿Qué cree usted que le ocurriría a su alma si al atravesar esta calle un coche la atropellara y le dejara cadáver?» Y ello le dará oportunidad de ratificar las grandes promesas de Jesucristo en cuanto a la salvación, ante la inseguridad que fácilmente demuestran las personas, aun las religiosas, pero no nacidas de nuevo, ante esa tajante cuestión.

Si la respuesta es en sentido antirreligioso, presente pruebas que se exponen en los capítulos dedicados al ateísmo y al escepticismo, páginas 79-105.
Muéstrele que este mundo no puede haberse formado a sí mismo, ante todas las pruebas de inteligencia y designio que se muestran en su organización, particularmente de nosotros mismos, los seres humanos.

Somos una máquina maravillosamente dispuesta.
Es muy efectivo el argumento de comparar nuestro cerebro a una complicada computadora electrónica.
No intente decirlo todo el primer día, haciéndose un visitante pegajoso y pesado. Procure obtener la dirección de la persona, si se trata de una conversación en un lugar o en un vehículo público. Si se trata de un domicilio visitado por usted, procure recordar la dirección anotándola cuando salga a la calle. Procure dejar siempre alguna lectura, ya sea folleto o libro, según los casos, dejando así la puerta abierta para una segunda conversación. Haga la primera tan interesante que la persona desee otra, cortando la primera antes de que se haga pesada.


Consejos para el diálogo personal

La misma advertencia, de ser breves y concretos, tenemos que dar a los que evangelizan por medio de conversaciones personales, no tanto por las casas como en lugares públicos. Por lo general, el signo indubitable de que su interlocutor está cansado y desea ya que usted se calle, es cuando él se calla. Hay buenos creyentes tan abundantes en celo y buenas intenciones como cortos de inteligencia, que sin hacer caso de esta señal siguen hablando, con detalles innecesarios o exhortaciones inoportunas, cuando su interlocutor se queda callado, pero por necesidad (por ejemplo, cuando están de viaje) no puede despedirse de usted y tiene que permanecer a su lado.

Si usted tiene un vivo celo para continuar hablándole del Señor, no lo haga incesantemente, como una cotorra o un aparato de radio; cállese y deje descansar a la persona que tiene a su lado para que ella tenga tiempo de meditar en lo que usted le ha dicho, o para lanzarse por el camino de sus propios pensamientos, si no está interesada en lo que usted le habla.
Déjele descansar por unos minutos, y si desea seguir la conversación con mayor provecho haga intentos de reanudarla, pero no antes de 5 o 10 minutos de silencio. Es posible que si esa persona no ha querido entrar en diálogo antes, lo haga la segunda o la tercera vez que intente hablarle, si usted ha sido lo suficiente prudente para callarse por un breve intervalo de tiempo.
Un método oportuno, en tales ocasiones, es dirigirse a otro de los presentes.
En varios casos he comprobado que la persona que se calló antes, pareciendo estar cansada mientras me dirigía a ella, ha tomado interés en la conversación dirigida a la otra persona hasta el punto de entrar de nuevo en la conversación, bien para contradecir o para aprobar, y entonces he podido reanudar la conversación con ella.
Además, con esta táctica, usted podrá pensar mejor, y sus propias palabras serán mucho más acertadas que si prosiguiera hablando y hablando, porque usted habrá tenido tiempo de escogerlas entre los diversos pensamientos que acudirán a su mente para intentar reanudar la conversación.
El anterior consejo sólo es para cuando su interlocutor se halle obligado a permanecer a su lado; no tiene validez para aquellos casos en que las personas se nos acercan voluntariamente y pueden alejarse cuando les plazca.
En este caso, cuanto más se alargue la conversación, tanto mejor, mientras no tenga necesidad de atender a otra persona.
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