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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS

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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 26

Mensaje por ZARGOTEAM el Lun 02 Dic 2013, 4:35 pm

26. - “ENRIQUETA LA DESCUIDADA”

Enriqueta estaba realmente bailando de contenta.
Había llegado el día que había esperado durante todo un año:
Su cumpleaños.
Y había, realmente, novedades en la casa.
Los estantes de la despensa estaban cargados de cosas buenas para comer, y estaban llevando los muebles de la sala al garaje a fin de dejar lugar para los juegos, y se añadían a la mesa del comedor todas las tablas de extensión para que fuese bastante larga para acomodar a todos sus invitados.

¡Y había que ver la torta!
Estoy segura de que ninguna niña tuvo jamás una torta de cumpleaños más hermosa, con crema en la parte superior y azúcar.
Se había escrito su nombre y su edad, y dibujado un lindo ramo de flores de azúcar rosada en la parte superior.

En su pieza estaba su vestido nuevo que acababa de mandar la costurera para la fiesta.

Enriqueta estaba casi enloquecida por los pensamientos cuando de repente oyó la voz de su madre que la llamaba.

Volvió a la sala donde su padre y su hermano Juan estaban todavía arreglando los muebles.
- Enriqueta
– dijo la madre,
- quiero que barras bien la pieza ahora, y que le saques cuidadosamente el polvo, porque estoy demasiado atareada ahora cocinando y no puedo hacerlo, y debe estar todo bien presentable para esta tarde.

Así enseguida se puso un delantal, se armó con una escoba grande y se puso a trabajar.
Nunca había pensado que la pieza tendría tanto polvo, pero en la mudanza que habían hecho su papá y Juan, era necesaria una limpieza a fondo.

Lamento tener que decir que aunque Enriqueta estaba siempre lista y deseosa de hacer cualquier cosa, era muy aficionada a terminarlo de la manera más fácil posible, así que cuando descubrió que se había olvidado de traes una pala para juntar la basura y un cepillo, decidió que no se iba a molestar ara buscarlos.

Había un lindo escritorio contra la pared y podía empujar por debajo de él todo el polvo y nadie se daría cuenta.

Luego sacó cuidadosamente el polvo de los muebles, porque eso se notaría, y finalmente sacudió su trapo por la ventana y corrió a decir a su madre que había terminado.

Durante un instante la conciencia de Enriqueta la molestó cuando vió a su madre mirar hacia el escritorio, pero exhaló un suspiro de alivio cuando el polvo que estaba debajo permaneció sin haber sido notado.

- Estoy muy contenta que lo hiciste tan bien, querida.
Creo que estás aprendiendo el significado de este proverbio que dice:
“Lo que merece ser hecho, merece ser bien hecho”  dijo sonriendo su madre.
Enriqueta se sonrojó y se alejó rápidamente.

Por fin, llegó el momento en que Enriqueta se puso el vestido nuevo.
Se arregló bien el ancho cinturón rozado, porque estaba segura de que iba a ser una fiesta muy linda.

Luego la campanilla empezó a sonar y uno por uno entraron los invitados. Todo fué muy bien hasta que Alfredo resbaló sobre una alfombra y se golpeó la cabeza contra una esquina del escritorio, de manera que el papá decidió que era necesario trasladar dicho escritorio al rincón, a fin de evitar más accidentes.

El corazón de Enriqueta dió un sobresalto al pensar en lo que iba a suceder si se descubría tan repentinamente ese polvo que había empujado bajo el mueble.
En un cuchicheo tartamudo explicó a su madre lo sucedido, y le rogó que hiciese algo.
Así que mamá acudió en su auxilio y sugirió que como era tiempo de comer, pasasen todos al comedor, mientras papá y Juan movían el escritorio.

Había lágrimas de vergüenza en los ojos de Enriqueta cuando corrió a la cocina a buscar la pala y la escoba.
Se olvidó de la fiesta y de los vestidos nuevos, al ver el rostro grave de su madre.

- Pero ¿por qué metiste la basura allí abajo? – preguntó.
- Bueno mira... me... olvidé de la pala y no quería molestarme para ir a buscarla.
Yo no pensaba que alguien lo iba a ver
– balbuceó Enriqueta, mientras hacía desaparecer su culpable secreto.
- Pero querida, yo te estoy diciendo siempre que las cosas que la gente no ve deben ser hechas como aquella que ve.
Si empezamos a hacer mal las cosas pequeñas, seguimos obrando así durante toda la vida, y también hacemos mal las cosas grandes.
– explicó su madre.
- Lo siento mucho, mamita, y de ahora en adelante seré más cuidadosa
– prometió
Enriqueta, - Si no hubieses hecho salir a los chicos, todos lo habrían visto.

Creo que siempre recordaré el polvo que estaba bajo el escritorio, cuando me vea tentada a hacer mal algún deber.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 27

Mensaje por ZARGOTEAM el Lun 02 Dic 2013, 4:36 pm

27. - “EL RELOJ QUE GANÓ EL PREMIO”

Hace mucho, en medio de una gran selva de Europa, se levantaba una aldea cuyos habitantes habían sido muy hábiles fabricantes de relojes.
Pero, muertos los antiguos relojeros, sus hijos habían ido a las ciudades para trabajar, ganar dinero y divertirse, ya que no podían hacer esto último en lo que ellos llamaban un pueblucho atrasado y sin vida.

De modo que se fabricaban pocos relojes en el lugar.
Un día, el príncipe del país visitó la aldea y se le mostraron algunos de los excelentes relojes que habían fabricado anteriormente.
Supo también cuan pocos relojeros quedaban en la aldea.

- ¡Qué lástima que cese una industria tan buena!
– dijo.
– Premiaré los dos mejores relojes que se hagan aquí este invierno.

La noticia no tardó en divulgarse por toda la aldea, y todos los que sabían hacer relojes se esforzaron por ganar el premio.

Vivía con su abuelo un muchacho llamado José, que durante las largas veladas de invierno, mientras la nieve cubría con su espeso manto el suelo y los árboles de la selva, solía sentarse junto al anciano y mirar cómo hacía relojes de madera, de modo que finalmente llegó a poder fabricarlos por sí mismo.

- Yo quiero ganar el premio
– dijo a su abuelito.
– Si me ayudas, estoy seguro de que lo obtendré.

Pero el abuelo no estaba muy convencido.

- Somos demasiado pobres para comprar pintura o esmaltes costosos, u oro y plata para dar rica apariencia al reloj.

Temo que el nuestro sea demasiado sencillo.
- Sí – repuso José, - eso es verdad, pero en cambio será muy bueno, y yo voy a inventar alguna novedad para él.

Pero no era cosa fácil pensar en algo que fuese a la vez nuevo y útil.
Y muchos días pensó el muchacho meditando, mientras el abuelo esperaba su invento.

Cierta vez, mientras José estaba en la selva, viendo cómo se derretía la nieve y comenzaba a manifestarse la primavera por todas partes, oyó de pronto el canto de bienvenida del cuclillo: “¡ Cu-cú! ¡Cu-cú!”

Y el muchacho dijo para sí:
- ¡Ojalá ese pajarito me diese alguna ida nueva!
- y de repente añadió:
- Pero claro; en vez de que toque las horas, podría conseguir que el reloj haga cantar a un ave.
José corrió a su casa como un relámpago para contar a su abuelo la novedad, y ver si podía llevarse a efecto.
El abuelo consideró el asunto largo rato, y finalmente llegó a la conclusión de que podría realizarse, pero dijo que primeramente debían trazar los planos.

Buscaron, pues, papel, lápiz y regla, y bosquejaron los planos del reloj, del cuclillo y de la puerta por donde debía salir.

Luego pusieron manos a la obra juntos, e hicieron el reloj bueno y sólido, pero desgraciadamente, de aspecto muy sencillo.
Cada día oían hablar de los maravillosos relojes que fabricaban sus vecinos.

La esfera de uno tenía pintadas hermosas frutas.
Otro estaba esmaltado con plata y un tercero era primorosamente tallado.

Pero el abuelo dijo:
- No te aflijas, José.
El nuestro es algo original, y si anda bien cuando lo terminemos, puede ser que, a pesar de todo, obtengamos el premio.

Al fin estuvo terminado el reloj, y el abuelo le dio cuerda y lo puso de modo que marcase la una menos cinco.
Nunca pasaron tan lentamente cinco minutos como aquellos de ansiosa espera para ver si el reloj funcionaría debidamente.

A la una en punto se abrió la puertecita, salió el cuclillo, cantó; “¡Cu-cú!” y volvió a entrar.

- ¡Anda bien! – exclamó José. - ¡Es maravilloso y quizá obtengamos el premio!
Al fin llegó el anhelado día.
Se llevaron los relojes para ser juzgados en el salón municipal del pueblo, y allí el príncipe y la princesa los examinaron cuidadosamente.

Algunos eran grandes y hermosos, pintados, primorosamente talados o esmaltados y José quedó abatido.

Su sencillo relojito estaba en un rincón y se perdía entre los otros.
“¡Oh! ¡Si sólo faltara poco para la hora, para que lo pudiesen oír tocar!” pensó para sí; pero eran apenas las dos y diez, y bien sabía que el príncipe terminaría pronto de juzgar los relojes y se iría.

No pudiendo contenerse más, se acercó al príncipe, y le dijo:

- Señor, ¿me permitiría adelantar mi reloj para mostrarle como toca la hora?
- ¿Cuál es tu reloj
– repuso amablemente el príncipe.
– Eres un relojero muy joven.
José señaló su reloj, y el príncipe sonrió, porque era muy pequeño y sencillo.
- Claro que sí, hijo; ponlo a la hora
– le respondió bondadosamente.
José adelantó las manecillas hasta casi las tres.
Al momento salió el pajarito, cantando: “¡Cu-cú! ¡Cu-cú! ¡Cu-cú!”.
Luego volvió a entrar, y la puerta se cerró.

- ¡Bravo! – exclamó el príncipe, y la princesa sonrió.
- El reloj recibirá el primer premio, pues tiene algo nuevo y original, que es lo que buscamos.

De manera que José recibió el primer premio, y con el dinero compró una vaca y algunas cabras para su abuelo.

Al poco tiempo recibían tantos pedidos de relojes “Cu-cú” que estaban ocupados todo el día, hasta que el abuelo tuvo que decir:

- Es necesario que tengamos un nuevo taller, y algunos ayudantes.

Tal es la simpática historia de esos relojes que han llegado a todas partes del mundo, y que muy alegremente nos señalan la hora.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 28

Mensaje por ZARGOTEAM el Lun 02 Dic 2013, 4:37 pm

28. - “ENRIQUE APRENDIÓ A ORAR”

Cuando Enrique tenía seis años, sus padres vivían frente a la costa norte del estado de Florida, EE.UU.

Un hombre que era bien conocido por sus pronósticos del tiempo había dicho que antes de un año la isla en la cual el niño vivía sería azotada por un huracán y una oleada.
En aquel entonces, el niño empezó a rogar a sus padres que se trasladasen de esa isla, pero ellos se reían de sus temores.
Más o menos medio año más tarde, su padre fue a buscar trabajo en otro estado, dejando a la familia hasta que pudiese regresar a buscarla y llevarla al nuevo hogar en Virginia.

Más o menos en el tiempo en que ocurrió lo que vamos a relatar, el tío favorito de Enrique, juntamente con su familia, que se componía de su esposa y dos hijos que eran más o menos de la misma edad de Enrique, fueron a pasar una temporada con ellos en su pequeña propiedad.

A los muchachos les agradaba jugar juntos, de manera que el tiempo pasaba rápidamente.

Hacia el fin de su vivista, se produjeron unos cuantos acontecimientos.
Una noche un huracán azotó la isla desamparada; pero hacia la mañana todo volvió a la calma.
Enrique recuerda muy bien como él y su hermana vieron los campos de maíz y de batatas debajo del agua, sin saber que ya el agua del océano se estaba acercando a su casa en la isla.
Luego, en forma tan repentina como había amainado, la tormenta volvió a hacerse sentir.
Esta vez principió con una tremenda oleada que rodeó la casita con un rugido como el que producen los embates de las olas en la playa.

Enrique y su hermana estaban entonces lavando la loza del desayuno en la cocina, que era una piecita separada de la casa.

Asustados, dejaron su trabajo y corriendo a la casa donde estaba el resto de la familia.
Su hermana Alicia fue la heroína de la ocasión.

Salió corriendo de la casa al patio tan pronto como vió que el agua continuaba subiendo.

Salvo las gallinas y los patos de una muerte segura.

Cuando el agua, que iba subiendo, casi le hizo perder pie, su madre la llamó para entrarse y se quedase con el resto de la familia.

Enrique recordaba que se les había dicho que el agua subiría hasta una altura de cinco metros, que era más de lo que tenía la casa.

A medida que el agua seguía subiendo, el niño temía que realmente llegase a los cinco metros de altura.

Pronto alcanzó la parte superior de las camas sobre las cuales todos se habían refugiado.

Los estantes de libros, los armarios con la ropa, las cómodas, todo quedó sumergido.
Pero sucedió una cosa rara.
Un patito al que todos mimaban debe haber pensado que se trataba de una fiesta para él.
Disfrutaba mucho de las circunstancias y nadaba de un lado a otro.

Enrique oyó a su tío que decía a su mamá:
- Carlota, creo que debemos procurar escapar del agua.
- Sí – contestó ella, - pero ¿dónde iremos?
- Voy a examinar el altillo para ver si podemos subirnos allí.
Pronto se le pudo oír que caminaba por el altillo, y uno a uno, desde una silla puesta sobre una cama, con un poco de ayuda del tío, cada uno de los miembros de la familia pudo subir por un boquete que él había abierto en el cielo raso.

Ahora estaban un poco más lejos del agua, pero ¿estaban seguros? El huracán seguía soplando con toda su fuerza, y un gran roble que estaba a poca distancia de la casa, se vino al suelo.
Otros árboles que no eran altos y más jóvenes, se inclinaban bajo el soplo del viento hasta tocar las aguas.

Cuando se hubieron refugiado en el altillo, Enrique preguntó a su mamá, a la cual casi no podía ver por tener los ojos llenos de lágrimas:

- ¿Te parece que Dios querrá escuchar las oraciones de un niño?
- Por cierto que sí, - contestó valientemente la madre, - y creo que todos debemos orar.
- Pero – insistió Enrique, - tendrás que enseñarme lo que debo decir.

Y así fue como Enrique, su mamá, su hermana y también el tío y su familia, aunque no estaban acostumbrados a ello, empezaron a orar.

Y el Señor los oyó por encima del ruido que hacía el huracán.
La casa temblaba, pero ellos oraron durante un largo rato.
Por fin recibieron ayuda.
Se oyó una voz que los llamaba desde abajo.
- ¿Hay alguien en esta casa? – preguntaba.

Contestaron al unísono:
- Sí, aquí estamos.
La voz continuó diciendo:
- ¡Salgan entonces; el agua va bajando!
Y así era. Casi no podían creer lo que veían.
Evidentemente desde el momento en que habían empezado a orar el agua había dejado de subir, y no había llegado al nivel más elevado que el que tenía cuando subieron al altillo.

Centenares de años antes, mucho antes que hubiese nacido el bisabuelo de Enrique, Dios había dicho en su Libro: “Invócame en el día de la angustia: te libraré.” Pero, como no eran cristianos, nunca habían leído esa hermosa promesa.
Sin embargo, se había cumplido en su favor.

Al rato estuvo toda la familia rodeando una comida improvisada, que no había sido arruinada por el agua.
Su caballo se había salvado manteniendo la nariz fuera del agua.

En el carro, al cual engancharon el fiel caballo, la familia feliz se fue a pasar la noche con la familia del joven que había cruzado la inundación para rescatarlos.

La madre de este joven era cristiana; y aunque su casa estaba aparentemente tan cerca del bañado como la de Enrique, ni una gota de agua había entrado en ella.
Cuarenta y dos personas agradecidas durmieron en dicha casa esa noche.

Las atenciones de esta fiel cristiana siguieron a la familia de Enrique a través de los años, aun en el estado de Virginia donde el padre llevó a los suyos después.

Nadie prestó mucha atención a las revistas que aquella hermana mandaba semanalmente; pero el interés de ella no disminuyó.

Finalmente, después del fallecimiento del padre de Enrique, la familia regresó al estado de Florida.
La hermana volvió a presentarles la verdad y tuvo el gozo de ver a toda la familia aceptarla.
El niño que aprendió a orar durante un huracán llegó a ser cristiano.
Después que falleciera su madre, fue al colegio y estudió para ser misionero y ayudar a salvar a otros niños de sus temores e infundirles esperanza de una tierra mejor.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 29

Mensaje por ZARGOTEAM el Lun 02 Dic 2013, 4:39 pm

29. - “LAS DOS TARDANZAS”

Cualquier alumno que llegue tarde dos veces este mes, perderá su medio día de asueto,
- declaró la maestra.

Roberto Pacheco miró a Dante Tasi, y éste devolvió la mirada a Roberto.
Los dos ya habían llegado tarde una vez y era muy fácil que esto volviera a repetirse.

Cuando terminaron las clases, hablaron ellos.
- Tenemos que llegar a tiempo – dijo Roberto, - de lo contrario, no vamos a poder jugar fútbol el viernes próximo.

- En eso mismo pensaba yo – contestó Dante.

Los días siguientes ambos muchachos llegaron a la hora.
Se levantaban temprano y salían a tiempo.
Pero el viernes fue diferente.
Se atrasaron por un motivo u otro y, cuando salieron sólo faltaban quince minutos para las nueve.
- Tendremos que correr – dijo Roberto.
- No podemos ir corriendo todo el tiempo.
Caminemos rápido, y corremos al final.
Y así lo hicieron, cuidando de no detenerse para nada.
- Me parece que vamos a llegar a tiempo – dijo Dante. – Corramos ahora.
Apenas habían empezado a correr, una voz los llamó. Roberto se detuvo.
- Sigue corriendo – le dijo Dante, - vamos a llegar tarde si nos paramos para ver que quiere ese viejo.
- Pero es que es ciego – le insistió el primero. – Mira cómo va tanteando el camino con su bastón.
- No podemos ayudarlo.
Corre, si no quieres perder el partido de esta tarde.
- No puedo – contestó Roberto, sacudiendo la cabeza.
Dante se fue corriendo a la escuela, pero su compañero se detuvo y ayudó al anciano.
Ya habían empezado las clases cuando llegó a la escuela todo colorado y sin aliento Roberto.

La maestra estaba muy angustiada.
- Roberto Pacheco, llegó dos veces tarde – dijo.
Luego hizo una anotación en su libro.
El muchacho comprendió que había perdido el asueto.
“Pero esto no me aflige”, pensó.
Sin embargo, cuando vio que todos los demás salían, se le hizo pesado tener que quedarse en el aula.

Dante salió lentamente.
Roberto lo despidió con una señal en la mano como si dijera:
“Diviértete.”
Pero Dante sacudió la cabeza.

Pronto estuvo de vuelta.
- ¿Te olvidaste de algo Dante?
– le preguntó la maestra.
- Sí, señorita Miranda.
Me olvidé decirla que usted debería haberme dejado a mí en lugar de Roberto.
Él se detuvo para ayudar a un ciego, y yo seguí corriendo.
Por favor me quedaré yo y que vaya Roberto a jugar.

- Roberto
– dijo la Srta. Miranda,
- es muy bueno ser puntual, pero hay algo mejor.
Has ganado tu medio día de asueto por algo mejor que la puntualidad.
Estoy orgullosa de los dos, de ti y de Dante.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 30

Mensaje por ZARGOTEAM el Lun 02 Dic 2013, 4:40 pm

30. - “NO TEMÍA LA MUERTE”

Lo que vamos a relatar sucedió en China, durante una época perturbada.
Los cristianos eran perseguidos.
La fórmula de los perseguidores, los cuales se llamaban los bóxeres, era:
“Renunciar a la religión cristiana o morir”.

El joven Seng era cristiano.
Toda su familia había sido tomada prisionera y Seng sabía que tal vez no la volvería a ver.
Guardaba preciosamente en su corazón las últimas palabras que su padre le había dirigido:
“El cristianismo no tiene nada que temer, hijo mío; no lo olvides nunca”.

Cuando los bóxeres se habían llevado cautiva a la familia del joven Seng, habían dejado libre al niñito.
Su cara inteligente y despierta los había predispuesto en su favor y los perseguidores habían pensado que una vez alejado del padre, el niño no tardaría en olvidar la religión cristiana, que ellos calificaban de estúpida, y así les manifestaría su agradecimiento por su actitud hacia él.

Cuando volvieron, los acompañaba un oficial.
Seng se puso a temblar, pero no dejo de mirar al oficial bien de frente.

- ¿Sabes lo que oído decir de ti – dijo el hombre uniformado, dirigiéndose al niño.
- Que soy cristiano- contestó Seng sin vacilar.
- Te haré castigar con látigo si repites eso – dijo con dureza el oficial.
- Pero es la verdad, señor.
- Suponte que yo ordene que te fusilen. ¿Qué dirás entonces?
- Mi padre me dijo siempre que un cristiano no debe temer a nada.

El oficial lo miró con fijeza, luego tomándolo del brazo le dijo:
- Ven conmigo.
Nuestro amiguito temblaba de pies a cabeza, y pensaba que iba a suceder algo horrible.
Llegaron a la casa más linda que Seng hubiese visto, y entraron en ella.

Allí el oficial se detuvo, y con voz grave preguntó:
- ¿Dónde esta tu familia?
- No sé, señor. Los bóxeres se la llevaron
– y las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas.

- Estáis locos
– declaró el oficial.
- ¿No sabías que sólo tenías que decir que no erais cristianos para poder escapar?

Seng sacudió la cabeza en forma afirmativa y contestó:

- Pero, señor un cristiano no miente jamás.
El oficial seguía mirándolo fijamente.
Un momento después le dijo:
- Quédate aquí; yo voy a atender tu caso.
¿Me prometes quedarte?
- Sí, señor, se lo prometo.

Y mientras tanto nuestro valiente hombrecito pensaba:

“Se fué probablemente a buscar soldados para matarme”.

Miró la puerta que estaba entreabierta y una voz murmuró:
“He aquí tu oportunidad de salvarte.
Escápate pronto, mientras tienes la oportunidad de hacerlo.”
Pero, como en un sueño, Seng creyó oír la voz de su padre:
“Un cristiano no tiene nada que temer.”
Y dijo el niño, hablándose a sí mismo:
“Por cierto que me quedaré”.
Por fin volvió el oficial.
Estaba solo.
No traía soldados para ejecutar la triste tarea.
Miró a Seng con extrañeza.

- ¿Todavía estas aquí?
¿Por qué no huiste?
La puerta estaba abierta.
- Yo le había prometido que me quedaría
– dijo el muchacho.
El oficial estaba asombrado.
Había proporcionado intencionalmente ocasión a Seng de evadirse, pero él se había quedado.

- Escucha hijo
– dijo
– te aprecio y quiero que quedes conmigo.
Sólo dime que adorarás mis ídolos y te perdonaré la vida.
Serás mi hijo.
Si no, ya sabes lo que se les hace a los cristianos.

- Si, señor, lo sé – contestó Seng.
– Pero soy cristiano y debo permanecer cristiano.

El oficial no había conocido jamás a un niño como ése.
Respondió:
- Ya sé que eres cristiano, pero un día te darás cuenta de tu locura y cambiarás.

Seng reflexionó profundamente.
Todo lo que tenía que contestar era la palabra “quizás” y el incidente quedaba terminado.
Seng sabía muy bien que si pronunciaba esa sola palabra el poderoso oficial que estaba delante de él le consideraría como hijo.

Pero no podía hacerlo.
Prefería morir antes de hacerlo.
Y sacudiendo la cabeza negativamente y con resolución dijo:

- ¡Oh, no, un cristiano no cambia!
El instante de silencio le pareció interminable.

- Seng, eres un muchacho extraño, pero eres valiente.
Serás mi hijo, aun que hayas de ser siempre un cristiano.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 31

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:35 am

31. - “MISIONEROS EN LA CÁRCEL”

David y Josué se dirigían hacia la cárcel.
Mientras iban en el automóvil con sus padres, se preguntaban qué iba a representar para ellos estar dentro de una enorme cárcel donde se encontraban los criminales detrás de altas paredes y puertas de hierro.

Hasta cierto punto estaban algo atemorizados porque David tenía solo diez años y Josué nueve.

Después de viajar casi una hora, se acercaron a un gran edificio de color gris, rodeado de altas murallas de piedra.
Las puertas del frente del edificio estaban abiertas, y los cuatro visitantes se dirigieron lentamente a una gran sala de espera.

Allí vieron algunos bancos en los cuales había unas cuantas personas sentadas.

Frente a ellas había un escritorio grande, al lado del cual había dos guardianes.

El Sr. Dee y su esposa y los dos niños se dirigieron a estos guardianes, quienes los examinaron detenidamente.

¿Os preguntáis por qué el Sr. Dee, su esposa y sus dos hijos iban a esta cárcel?

Sucedió así:
Un día el Sr. Dee supo que había muchos presos chinos en la vasta cárcel llamada Cárcel Nueva de Bilibid, situada a unos cuántos kilómetros de Manila, en las Islas Filipinas.

El Sr. Dee es un negociante, pero trabaja también activamente para Dios, y quería comunicar el evangelio a estos infortunados presos.

Los encargados de la cárcel les permitieron hacer los arreglos para celebrar reuniones allí.

Mientras se estaba entrevistando con los guardianes, uno de éstos preguntó:

“¿ Para qué quieren ustedes entrar?”
- Para celebrar reuniones religiosas con los presos chinos.
Fue su respuesta.
- ¿Qué son todos estos libros?
– preguntó el guardián al ver los himnarios y las Biblias que llevaban debajo del brazo; y extendiendo la mano, tomó uno de los libros y dijo:

- ¿Pasaron por la censura?

- Sí – contestó el Sr. Dee.
– Son libros buenos.
El que usted tiene en la mano es la Biblia.

El guardián se la devolvió prestamente, como si se avergonzara de haber hecho una pregunta tal.

Luego abrió una puerta de hierro lo suficiente como para que pasaran los visitantes uno a la vez.

Siguiendo por un largo corredor llegaron a otras puertas de hierro, delante de las cuales había otro guardián.

Los dejó entrar en una pieza pequeña sin hacerles preguntas.
En esta pieza había dos bancos largos.
Sobre los cuales se hallaban sentadas algunas personas que venían a visitar a amigos o parientes que estaban presos.

Frente a ellos, había otras puertas de hierro. Delante de ellas habían un guardián, y al lado de una mesa cercana estaba sentado otro soldado.

En un banco se veía sentado a un inspector de uniforme.
Fueron dirigidas otras preguntas a la familia Dee, y cuando los guardianes se hubieron convencido de que se trataba de personas buenas, se llamó a otro guardián para que los acompañase.

La puerta de hierro se abrió lentamente, y pasaron por ella nuevamente uno a la vez. Ahora estaban realmente en la cárcel.

No se sentían muy cómodos, pero sabían que habían venido con un buen propósito.

El guardián los condujo a una sala que servía de capilla para la cárcel, pues allí debía celebrarse la reunión.
Entraron y se sorprendieron al ver unos cincuenta presos ya sentados y esperando.

Muchos otros presos se congregaron delante de la puerta para ver lo que iba a suceder, y dos guardianes se unieron al grupo para vigilarlo y ver que todo fuese bien.

Esa capilla no tenía piano ni armonio, pero la familia Dee venía preparada. David había traído su acordeón piano, y conocía bastante bien la mayoría de los himnos para tocarlos de memoria.

La señora Dee empezó a enseñar a los presos algunos himnos.
David tocaba el himno en su acordeón, y luego toda la familia lo cantaba.

Gradualmente los presos empezaron a participar del canto.
Después del servicio de canto, hubo un estudio bíblico, en forma muy parecida a cómo se da la lección de la escuela dominical.
Luego el Sr. Dee predicó un corto sermón.
Tanto los cantos como la predicación eran en chino, porque algunos de los hombres no entendían otro idioma.

Desde entonces se han celebrado reuniones periódicamente.

A los presos les agrada oír los himnos y el acordeón de David.

Con frecuencia le piden que toque algunos himnos especiales.

Otros presos se congregaron alrededor de la puerta y escuchan y se sonríen al ver a un niño tan pequeño tocar tan bien.

Se le ha pedido a David que toque en las reuniones celebradas para los presos japoneses y filipinos.

Dios ha recompensado los esfuerzos que hacen estos misioneros en la cárcel.

Ya se han celebrado dos bautismos, en los cuales han sido bautizados diez de los presos.

Generalmente pensamos en las Islas Filipinas como en un campo misionero. Pero allá hay dos niños que no aguardan que les llegue ayuda del extranjero.

Son misioneros allí donde están.
En vez de jugar, pasear o dormir los sábados de tarde, recorren gustosamente esta larga distancia para llegar a la enorme cárcel y comunicar el Evangelio a los hombres aislados para los cuales no parece haber esperanza.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 32

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:36 am

32. - “FEDERICO EL JACTANCIOSO”

Federico, muy derechito y con aire de suficiencia miraba a Tomás mientras éste trabajaba en su huerta.

- La mía es dos veces más grande que la tuya – aseguró Federico.
Una sombra de tristeza pasó por el rostro de Tomás mientras miraba su huerta.
- No creas, mira esas remolachas y lechugas.
Tengo tres hileras de cada una.
- Pero son muy chicas, las mías son el doble.
- Sí, puede ser – murmuró Tomás.

Federico se fue muy satisfecho de sí mismo.
Mientras iba a su casa, pasó por la de Guillermito y lo vio cortando rosas con su hermana Beatriz.
Silbaba alegremente mientras cortaba las flores y se las entregaba a ella.

- ¡Hola! – Los interrumpió el jactancioso, - te apuesto que soy capaz de silbar dos veces más fuerte que tú.
- Yo no apuesto nunca – le contestó Guillermito sorprendido.
- ¡Ah! Porque sabes que puedo ganarte.
- No es por eso – replicó su amigo.
Los ojos azules de Beatriz se agrandaron de temor, pues pensó que a lo mejor los dos muchachos iban a pelear.
- ¿Ves mis rosas blancas?
¿No son lindas?
– intervino la niña, mostrándolo un ramillete a Federico.

- ¡Bah! Mi tía tiene rosas rojas más lindas
– le contestó descortésmente y siguió su camino.

- ¡Qué antipático!
– exclamó la niña.
- ¿Por qué no silbaste más fuerte que él?
- Porque no puedo silbar con mucha fuerza
– admitió modestamente el muchacho.
– Además no me gusta hacerlo.
- Eso me da una idea
– interrumpió una voz profunda y bondadosa.
- ¿Qué idea tío Pepe?
– preguntaron los hermanitos, pues generalmente las ideas del tío Pepe eran muy buenas.

- He estado observando a Federico, y creo que en vez de discutir con él, la próxima vez que diga que algo suyo es mejor que lo de ustedes, díganle que están de acuerdo con él, y agreguen que lo de ustedes es como es, porque ustedes lo quieren así.

Y voy a aconsejarles esto mismo a los demás niños.

Al día siguiente. Mientras Federico y Duilio jugaban con sus carritos, el primero le dijo jactanciosamente, como de costumbre:

- Yo puedo correr más ligero que tú.
- Me parece que sí, pero yo puedo ir a la velocidad que yo quiero.

No iría más rápidamente de lo que voy.
Federico miró sorprendido a su compañero.

Había esperado una discusión, y su expectación quedaba frustrada.

Sin embargo, un poco después, cuando Guillermito se unió con ellos y les mostró una navaja que el tío Pepe le había dado, Federico aseguró:

- Mi papá tiene una con el doble número de hojas.
- ¡Qué bien
– asintió Guillermo.
–Pero prefiero ésta.
Tiene las hojas que yo quiero.
Federico cambió de conversación.
- Vamos a patinar
– sugirió, volviéndose a Duilio.
Al rato los muchachos estaban de vuelta con sus patines.
- Los míos son más nuevos que los de ustedes, y por eso puedo ir más rápido – afirmó Federico.
- ¡Yo no cambiaría los míos por un par nuevo!
- exclamó Guillermo.
– Estoy acostumbrado con éstos y me gustan mucho.

Federico siguió fanfarroneando, pero siempre recibió respuestas similares.

Algunos días más tarde, al pasar frente a la casa de Guillermo y al encontrar a Beatriz arrancando unas rosas, comenzó a decir que las flores d su tía eran más lindas, pero de pronto se acordó de la forma en que todos sus amigos le habían contestado durante los últimos días, y calló.

- Mira, - agregó corrigiéndose,
- tus rosas blancas son muy bonitas y no creo que las rosas de mi tía sean mejores, pero te voy a traer unas cuantas de regalo.

- Te lo agradezco mucho
– contestó la niña y le dijo:
- ¿Sabes, Federico, que has comenzado a corregirte?

Es la primera vez que no dices que lo tuyo es más lindo o mejor.
El niño reconoció que antes había procedido mal y se fue.

Entonces apareció el tío
Pepe y dijo.
Dirigiéndose a Beatriz:
- Me parece que ha aprendido la lección.
Ya no será más “el jactancioso” y ahora sí que parece simpático.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 33

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:38 am

33. - “PERDIDOS EN EL DESIERTO”

Desde que Tomás y José Bienvenido habían llegado a vivir en la meseta de Nuevo México, habían encontrado muchas cosas raras y visto muchos espectáculos curiosos.

Se habían trasladado allí con su padre, su madre y sus hermanita Julia.

El padre había comprado un “rancho grande” situado en un hermoso valle entre las montañas.

A cierta distancia de allí, se extendía hacia el este un gran desierto.
Transcurrieron casi dos meses antes que Tomás y José tuviesen la oportunidad de visitar el desierto.

Mientras tanto, Pedro, el peón mexicano, que ya desde antes trabajaba en el rancho, les había regalado un burrito acostumbrado a las montañas, que se llamaba Bongo.

El animal era muy manso y permitía que los muchachos lo montasen.

Pero no tardaron en descubrir que Bongo podía ser muy terco.

Cuando quería, los dejaba andar en él como quisieran.

Pero cuando resolvía que no iba a caminar, se quedaba parado y no había manera de hacerlo mover.

Cuando Tomás y José se propusieron visitar el desierto, no quisieron llevar a Bongo.

Tomás buscó su cantimplora y la llenó de agua fresca; José llevaba la merienda que su mamá les había preparado.

Querían permanecer en el desierto todo el día, e iban a llevar una brújula para poder ir siempre en la debida dirección.

Pero resultó imposible hacer que Bongo quedase en casa.

El burrito estaba resuelto a seguirlos.

Los muchachos de alguna manera salían y se iba detrás de ellos, pues había algunas grietas en el cerco del corral.

Así finalmente los dos hermanos decidieron escapar por la parte trasera de la casa.

Después de volver a poner el burro en el corral, entraron en la casa y a los pocos minutos salieron por la puerta trasera y se marcharon.

Echaron una mirada atrás y no vieron a Bongo.

Después de caminar un par de kilómetros, llegaron a la orilla del desierto.

Encontraron muchas especies de cactus.
Se sorprendieron mucho al encontrar flores tan hermosas en estas plantas del desierto.
A las doce, bebieron un poco de agua, pero cuando José quiso enroscar la tapa de la cantimplora, la dejó caer y se derramó el resto del precioso líquido.

- Bueno – dijo Tomás, - no nos perjudicará mucho, pues no tardaremos en regresar y sin duda no necesitaremos agua hasta llegar a casa.
- Tienes razón – dijo José, - pero sigamos y veamos que podemos descubrir todavía.
Fueron caminando por la arena caliente.
Cuando Tomás quiso sacar su brújula, descubrió que la había olvidado.

Ahora sí que se veían en dificultades.
Se encontraban perdidos en el desierto y sin agua.
Ambos muchachos se sentaron y permanecieron callados por un rato.
De repente oyeron que algo se movía detrás de ellos.
De un salto se pusieron de pie y vieron que venía hacia ellos su compañero Bongo.

- ¡Míralo! – exclamó Tomás.
– Ya es bastante grave encontrarnos perdidos aquí y sin agua.
¡Ahora resulta que tenemos a Bongo con nosotros!
- ¡Ojalá que estuviéramos en casa!
Mamá y papá se van a asustar cuando no nos vean regresar.
¡Estamos perdidos, Tomás! – dijo José.

- Tal vez estaremos aquí toda la noche
- contestó Tomás.
– Me han dicho que hace mucho frío en el desierto durante la noche.

Vámonos, pongámonos en marcha.
Creo que podemos encontrar nuestro camino siguiendo las pisadas que dejamos en la arena, y así podremos regresar a casa.

- Sí, ésa es una buena idea – convino José.

Apenas habían dado algunos pasos cuando descubrieron que el viento había borrado sus pisadas.
Ambos comprendieron que se veían en grave dificultad.

Habían oído historias de mineros, vaqueros y otros hombres que se habían perdido y habían muerto de hambre o de sed en esos desiertos.

No sabían que hacer.
No habían prestado mucha atención a Bongo, pero cuando miraron alrededor de ellos, vieron que el burro estaba escarbando el suelo cerca de unas plantas.

Parecía como que hubiese habido una vez un arroyo en ese lugar.

El animal estaba muy ocupado escarbando.

Y no teniendo los muchachos otra cosa que hacer, se detuvieron a observarlo.

Antes de mucho Bongo había excavado un hoyo bastante hondo.
Luego se detuvo y se pudo a oler la tierra.
Siguió escarbando un poco más.
Finalmente se detuvo.
Tomás y José fueron a ver lo que había estado buscando el burro.
Para gran asombro suyo, vieron que había agua en el fondo del hoyo.

El burro sabía que había agua en el lecho seco del arroyo y había escarbado en busca de ella.

Se pudo a beberla, y los dos muchachos hicieron lo mismo.

Esta agua tenía mejor gusto que cualquier cosa que hubiesen probado antes.

Cuando miraron alrededor de ellos, vieron que Bongo se había alejado, y decidieron seguirlo.
Siguieron detrás de él durante dos horas.

Precisamente cuando el sol se hundía detrás de ellos, divisaron hacia delante las colinas que había cerca de su casa.
Bongo los había conducido directamente hacia el rancho.
Esa noche los muchachos le dieron una ración adicional de avena y pasto.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 34

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:39 am

34. - “LA MURALLA QUE DIOS CONSTRUYÓ”

En una casita situada en la orilla meridional del mar Báltico, vivía hace muchos años, una viuda piadosa llamada Berta Schmidt, con su hijo Carlos y su joven esposa.

En el verano, cuando estaba cubierta de enredaderas, la casita era real mente bella.

Pero una mañana de invierno llegaron noticias tristes al hogar.

Un ejército enemigo se acercaba a la ciudad de Stralsund, y podía llegar de un momento a otro.

La tristeza invadió todas las casas.

El día transcurrió en una esfera angustiosa, la noche sumió en la oscuridad a una ciudad en vela. Y, cuando las tinieblas eran más densas, se desencadenó una terrible tempestad, que dio a la escena un aspecto aún más lúgubre.

Pero. ¿Qué sucedía en la casa de la viuda? Carlos había cerrado cuidadosamente las puertas y las ventanas, reforzándolas con trozos de madera a fin de ofrecer cierta resistencia a los soldados.

Había hacho lo mejor que podía para defender a los suyos. Luego se había hundido en un hosco silencio, y su joven esposa, pálida y temblorosa, estaba sentada cerca de él.

La valiente viuda tenía los ojos fijos en su Biblia.
De repente, alzó la mirada: y con el rostro iluminado pronunció estas palabras:

“Dios nos rodeará con una fuerte muralla, y nuestros fieros enemigos no nos hallarán.”
- ¿Es esto posible querida mamá
– dijo Carlos. - ¿Piensas realmente que Dios construirá en derredor de nuestra humilde morada una muralla sólida para impedir que entre un ejército?

- ¿No leíste, hijo mío, acerca de los pajarillos, que ni uno de ellos cae a tierra sin el permiso de nuestro Padre?

Carlos no contestó, y todo quedó nuevamente sumido en el silencio.

Hacia la medianoche, la tempestad amainó un momento.

Se oyó el reloj de una iglesia tocar doce campanadas.
Y al mismo instante, como a lo lejos, una música militar.

Según todas las apariencias, había llegado la hora fatal.
Los habitantes de la casa se estrecharon unos contra otros, y la anciana madre, teniendo en la suya la mano de su hijo, repitió: “ Con fuerte muralla Dios nos rodeará, y nuestros fieros enemigos no nos hallarán.”

La música se acercaba, mezclada con el sonido confuso de los pasos y los clamores.

Pronto se oyeron gritos, y el crepitar de las llamas les indicó que la obra de destrucción se realizaba.

Pero ningún paso hostil cruzó el umbral de la viuda.

Aunque estuviese en medio del tumulto, la pequeña familia no fue molestada, como si hubiese ángeles acampados alrededor de la casa.

Al fin, se apagó el ruido, se aplacó la tempestad, y un silencio de muerte envolvió la escena.

Después de haber esperado varias horas, Carlos se atrevió a abrir un postigo, pero la luz llegaba muy débilmente a través de la nieve que se había acumulado hasta la altura de las ventanas.

Con mil precauciones, abrió la puerta, y vio que necesitaba despejar el camino.
Permaneció mudo de estupefacción al ver el espectáculo que se ofrecía a sus ojos.

Enormes montones de nieve habían cubierto completamente la casita, dándole aspecto de un simple montículo de nieve.
Habían estado verdaderamente escondidos “por una muralla”, protegidos por la mano del Altísimo.

Carlos condujo a su madre al umbral para que contemplase la muralla de su fe.

La piadosa viuda, con lágrimas en los ojos y la mirada dirigida hacia el cielo, exclamó: “En verdad el que hizo la promesa es fiel.”
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 35

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:40 am

35. - “LA COMPASIÓN RECOMPENSADA”

Lo que vamos a contar sucedió en pleno invierno y en Sudamérica.
Un joven vendedor de biblias llamado Alfredo trabajaba en el campo con un automóvil.

Esto sucedía en una región muy poco poblada y donde hace mucho frío, a saber la Patagonia.

Hay allí grandes estancias o haciendas donde se crían ovejas.

Alfredo iba pensando en los libros que iba a vender y a entregar, cuando de repente vio un espectáculo lastimero, era el que ofrecía un cordero que había quedado apresado en una de las rejillas puestas en el camino para evitar que pasen los animales.

Alfredo bajó de su automóvil, sacó al cordero de su trampa y lo puso a un lado para luego seguir viaje.
No había ido muy lejos, cuando pudo ver a través del espejo retrovisor, que el cordero había vuelto a meterse en la rejilla.

Inmediatamente Alfredo pensó que tenía algo más importante que hacer que ayudar a los corderos tontos a evitar las trampas.

Luego recordó el versículo de la Biblia que siempre había significado mucho para él: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría.” (Eclesiastés 9:10)

Por lo tanto decidió alzar al animal, ponerlo en su coche, y dejarlo en la próxima estancia.

Posiblemente era de allí y los dueños apreciarían que se lo llevase.

De manera que retrocedió y alzó al corderito.
Al llegar a la casa de estancia, sacó al animalito del automóvil y explicó por qué lo había traído.

No pertenecía al hombre que lo había atendido, pero este era muy amable. Sacó tijeras de esquilar ovejas y cortó la lana que se había helado alrededor de los ojos del animal.

- Esto es lo que le pasa – dijo:
- no podía ver porque esta lana se había quedado apresada alrededor de los ojos y no lo dejaba ver.

Inmediatamente el cordero se fue saltando tan ligero como podía.

Puesto que era tarde, el dueño de casa invitó a Alfredo a pasar la noche en su casa. Dijo:
- Un hombre que se compadece de un animal merece un cómodo lugar de descanso donde pasar la noche.

Y, además, la noche se anuncia mala; no me gustaría estar solo en el camino.

Creo que se está preparando una tormenta de nieve detrás de esa montaña.

Vio Alfredo que el hombre era bueno y que tal vez le compraría uno o dos libros, de manera que decidió quedarse.

Había otros hombres en la estancia, y varios empezaron a interesarse en las cosas de Dios y de la Biblia que Alfredo les relataba.

Era ya muy tarde cuando decidieron acostarse, pero Alfredo pidió que lo despertasen a las cinco de la mañana.

¡Que tremenda sorpresa se llevó cuando abrió los ojos!

Se había iniciado una tormenta durante la noche, y se había transformado en una ventisca enceguecedora.

Se preguntó que habría hecho si hubiese estado en el camino acurrucado en su automóvil en lugar de hallarse en una estancia cómoda.

No tuvo que pensar mucho al respecto, porque pronto entró en la pieza uno de los peones trayendo malas noticias.

- Ha sido una noche terrible – dijo el hombre.

–Todos los automóviles que había en el camino se quedaron atascados.

Dos viajeros comerciantes que abandonaron su coche por algún motivo han sido encontrados muertos.

Otro hombre también abandonó su coche, y se perdió en la nieve donde estuvo tanto tiempo que habrá que amputarle las dos piernas.

Otros siete automóviles han tenido que ser auxiliados.

A Alfredo le embargó un sentimiento raro, porque sabía muy bien que podría haberse encontrado en el lugar de alguno de esos hombres.

Si no hubiese sido bondadoso con el corderito, él también habría tenido que pasar la noche en el camino.

¡Cuando agradecimiento sentía hacia su padre celestial, por haber enviado a su paso este importante corderito!

Al prestarle auxilio y salvarle la vida, Alfredo había salvado su propia vida.
Siempre vale la pena ser compasivo con los animales.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 36

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:42 am

36. - “LA COCINITA DE HIERRO”

Anita se estaba divirtiendo mucho jugando en el patio de su casa, cocinando la comida de sus muñecas Raquelita y Tilita.

Por supuesto su cocinita no era más que una tablita puesta sobre dos cajoncitos, sus platos eran pedazos de loza rota que su madre había descartado.

Pero en imaginación tenía una muy linda cocina.
Anita era una niña de solo cinco años de edad, con pecas en la nariz y cabello largo que a veces le tapaba los ojos.

Pronto tuvo todo listo y colocado sobre una mesita hacha con una caja que había contenido cigarros, y cuando se aprestaba a alimentar a sus hambrientas “hijas “, oyó a su madre que la llamaba.

Anita se quedó muy quieta, no quería dejar su juego en este momento tan interesante y deseaba que su madre no oyese ningún movimiento.

- ¡Anita! – volvió a llamar la mamá.
¿Quieres venir a la casa de la Sra. Burgos y ver a Patricia?.

Olvidándose de todo lo demás, Anita se puso de pie de un salto y corrió prestamente al interior de la casa.

Por supuesto que quería ir.

Patricia era la hija única de la familia Burgos y tenía muchos lindos juguetes. ¡Hasta tenía una casita de muñecas!

- ¿Cuándo vamos?
¿Ahora mismo?
– Preguntó vivamente la niña.
- Sí, querida.
Pero tienes la cara sucia.
Corre a lavarte y saldremos.
Después de lavarse la cara y peinarse el cabello, salió con su madre hacia la casa de la Sra. Burgos.
Patricia estaba jugando en su casita de manera que Anita fue hasta allí.
- ¡Mira Anita!
– dijo Patricia
– mamá me ha comprado algunos muebles nuevos para mi casita
¿Son lindos, verdad?
Ahora podré deshacerme de algunos muebles viejos.
- ¿Los vas a arrojar a la basura?
– Preguntó Anita, casi sin aliento, pues pensaba que tal vez se los regalaría.

- Bueno, no los voy a tirar
- explicó Patricia.
– Mamá dijo que se los iba a mandar a mis primas.

Anita se divirtió mucho durante las horas siguientes jugando a las casitas con su amiguita.

Una cosa de la cual casi no podía sacar sus manos era la cocinita nueva de hierro.

No era grande, pero era muy linda.
Las hornillas tenían tapitas, exactamente como las de su mamá, y en la parte de atrás había un caño por donde salía el humo.

Hasta tenía un horno.
¡Oh, si tan sólo pudiera tener una igual!
Pensaba.
Pero sabía que su mamá le diría que no tenía suficiente dinero para comprársela.

Finalmente la madre salió a la puerta y llamó a Anita, pues ya debían irse a casa.
- ¿No puedo quedar un momentito más? – Preguntó Anita.
- Sí, por favor, déjela un poco más – rogó Patricia.
- Lo lamento, querida
- dijo la mamá,
- pero será mejor que nos vayamos.

Y dándose vueltas hacia la Sra. Burgos, terminó su conversación con ella. Anita apenas tuvo tiempo para entrar de nuevo a la casita a buscar su muñeca Tilita, que había traído consigo

Pero aprovechó la oportunidad para alzar rápidamente la cocinita de hierro y, ocultándola bajo la muñeca, echó a correr para alcanzar a su madre, que emprendía el regreso a su casa.

Anita había actuado con tanta presteza, que Patricia no había notado sus movimientos.

Mientras regresaba a casa, iba caminando un poco rezagada, detrás de su madre.

Esta no lo notó, pues estaba estudiando un modelo que había pedido prestado.

Tan pronto como llegó a su patio, Anita corrió a donde estaba su propia casita de juegos, hizo a un lado la estufita que había arreglado, y con ternura puso en su lugar la cocinita de hierro y dio un paso atrás para admirarla.

¡Qué linda le parecía!.
Oyó que se cerraba la puerta trasera de la casa, y rápidamente puso algo sobre la cocinita.
¿Sería su madre que venía?
Con un sentimiento de culpabilidad, dirigió una mirada hacia la casa.

No, la mamá no venía en esa dirección, sino que daba vuelta a la casa.
Anita sabía que no debería haberse apoderado de la cocina; pero era tan linda que la había tentado.
La destapó, y se puso de nuevo a jugar.
Pero cada vez que oía un ruido, volvía a cubrir la cocina.

Finalmente se entusiasmó de tal manera en su juego que se olvidó de toda vigilancia.
- Anita – oyó de repente que le decía su madre de pie al lado de ella
- ¿dónde conseguiste esta cocinita?

Anita se puso de pie de un salto y agachó los ojos.
No dijo una sola palabra.

Pero la madre volvió a preguntar:
- ¿De dónde la sacaste?
¡Contéstame!
– insistió, puesto que la niña no decía una palabra.
- La... encontré
– dijo lentamente Anita.
- ¿Dónde?
- Cuando volvíamos a casa.
La encontré en unas matas
– dijo Anita, mintiendo.

La mamá se agachó y alzando la cabeza de la niña para mirarla en los ojos, le preguntó, con expresión triste:

- Anita, ¿es ésta la cocinita de Patricia?
Al principio Anita lo quiso negar, pero de repente se echó en los brazos de su mamá y con voz llorosa confesó la verdad.

La madre mantuvo abrazada durante unos minutos a su hija que lloraba, y luego le dijo:

- Anita, sabes muy bien que tendrás que llevarla de vuelta.
- ¿Vas a venir conmigo?
- Te acompañaré hasta el portón, pero tendrás que llevarla adentro tú misma. Porque sabes que es muy malo apoderarse de las cosas que pertenecen a otros.. Y si lo hacemos, debemos devolverlas.
Esto significa que debes llevar esta cocinita a su dueña y pedirle que te perdone.

También debemos pedir a Jesús que te perdone, ¿no te parece?
- Sí, mamá – dijo Anita con voz triste.

Después de arrodillarse y pedir perdón a Jesús, Anita y su madre se fueron hacia la casa de la Sra. Burgos.

Anita llevaba la cocinita de hierro, que ya no le parecía tan deseable.
¡Cuánto habría dado por no haberla sacado de su lugar!

¡Cómo arrastraba los pies mientras caminaba!
¡Qué lejos le parecía la casa cuando esta mañana le había parecido estar a tan corta distancia!

Al llegar al portón, la madre dijo que debía seguir adelante sola.
Anita dio unos pasos, y miró con ansiedad a su madre.

Esta sonrió para alentada, pero se quedó donde estaba.
De manera que Anita debió llegar sola a la puerta y llamar.
Abrió la Sra. Burgos, y detrás de ella estaba Patricia.

Cuando esta última vio de quien se trataba, se adelantó rápidamente preguntando:

- ¡Oh, Anita!
¿Viniste para jugar?
- No Patricia, traje esto de vuelta.

Y poniendo la cocinita en las manos de la sorprendida Patricia, se dio vuelta para irse.

Recordó, sin embargo, que su madre le había dicho que debía pedir perdón, así que, dándose vuelta otra vez, dijo, pero en voz muy baja:

- Lamento habérmela llevado a casa.
Y girando sobre sus talones echó a correr hacia su madre.

La Sra. Burgos miró a la mamá de Anita y ambas cambiaron una sonrisa comprensiva.

La mamá de Anita se agachó y tomó a su hijita en los brazos; luego emprendieron el regreso a casa, dándose la mano.

Ahora la niña caminaba alegremente; no necesitaba tener ya miedo de todo ruido que hiciera mientras jugaba.

Ya no había peligro que su mamá la sorprendiese con algo que no le pertenecía.

Anita es ahora una señorita, pero nunca se olvidó de la lección que aprendió ese día.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 37

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:43 am

37. - “CÓMO ESCAPÓ NARA”

Nara vivía con su familia en una aldea situada a orillas del río Godavari, en el sur de la India.

Era una niñita muy útil en la casa, pues ayudaba a su madre trayendo agua desde el río y haciendo muchos otros trabajitos.

Su padre era un pobre agricultor, y juntamente con Dumma, el hermano de Nara, tenía que trabajar arduamente para cultivar el maíz con que se sostenían y pagaban los impuestos.

Un día, el padre de Nara volvió por la noche, y mientras estaba comiendo, observó que le dolía el pie.

- Pisé en un trozo cortante de cáscara de coco en el campo, y me corté bastante hondo – dijo.
- Será mejor que te haga algún remedio – dijo su esposa.

De modo que preparó algunas hojas y las molió con tierra que buscó en el corral de la vaca, porque los hindúes piensan que todo lo que está relacionado con las vacas es sagrado.

No es extraño que el pobre campesino empeorase a tal punto que no podía dormir por el dolor que le causaba el pie hinchado debido a la infección.

- Será mejor que te llevemos al médico de los extranjeros en Santapur – dijo finalmente su esposa.

– Nosotros tenemos que ir también, y como no puedes caminar, voy a alquilar un carro de bueyes.

De modo que cerraron la casa al día siguiente, y emprendieron el viaje que duraba todo un largo día para llegar al hospital más cercano.

El doctor de la misión examinó el pie del campesino y le dijo que tendría que quedar internado varias semanas.

Hasta se llegó a creer que el hombre había llegado demasiado tarde y que posiblemente no sanaría.

Pero habiendo mejorado, pronto empezó a preocuparse por su campito de maíz.

- Dumma – dijo, - tendrás que irte a casa y cosechar el maíz, de lo contrario no tendremos nada que comer más adelante
- Haz lo mejor que puedas, y tal vez tu tío te pueda ayudar.

Nara irá a visitarte dentro de diez días.
Yo sé que te esforzarás para evitar que nos veamos en dificultades.

Dumma se fué enseguida, resuelto a hacer todo lo que pudiese, aunque le pesaba tener que volver solo.

Nunca antes se había separado Nara y él, y la niña también se sentía muy solitaria los primeros días.

Maryamma, la bondadosa matrona del hospital, le estaba enseñando a cantar himnos y coros de Jesús y Nara sentía mucho placer en oír las historias bíblicas que la señora le contaba ayudada por hermosas láminas en colores.

- ¿Te gustaría ser esta niña que está sentada en la rodilla de Jesús? – preguntó a Nara.

– Fíjate cómo está mirando con amor a su Salvador y Amigo.
¿Sabes lo que quiere decir el himno que cantamos tantas veces: “Jesús me ama, oh cuánto me ama a mí”?

Transcurrió un tiempo antes que Nara pudiese contestar, pero varios días más tarde, Maryamma oyó que cantaba para sí: “Amo a Jesús, sí lo amo; es el Salvador de Nara también.”

Cierta mañana notó que su padre estaba preocupado:
- Hija – le dijo, - he tenido un mal sueño acerca de tu hermano, y no podré descansar hasta que vayas a casa y veas cómo está.

- Saldré mañana muy temprano – contestó la niña.
Y después de un día muy caluroso de penoso viaje, llegó a la aldea.

- ¡Oh, Nara, cuán contento estoy de verte! – exclamó Dumma. – Encontré que el trabajo era tan pesado que nunca podría haberlo hecho solo; pero nuestro tío vino y me ayudó.

- Estoy segura de que el Señor Jesús lo indujo a ello- dijo Nara. – Le pedí a él que te ayudase. Conversaron por un largo rato, pero ambos estaban muy cansados y con sueño.

- Yo apagaré el farol – dijo Dumma, - y nos acostaremos enseguida, ya que tienes que volver mañana.

Al cabo de pocos minutos los niños dormían en la calurosa oscuridad de la chocita.

Pero pronto Nara se despertó sintiendo algo pesado sobre su cabeza. Pensando que era un gato, se movió y trató de ahuyentarlo, pero tenía tanto sueño que no podía despertarse.

Casi enseguida después, sintió un dolor agudo en la cabeza y el ruido de una lata vacía que caía la despertó, y se incorporó.
Para gran sorpresa suya, encontró que tenía la cara mojada y pegajosa.

- ¡Pronto, pronto Dumma! – Gritó – enciende el farol.
Cuando el muchacho lo hubo hecho, se quedó horrorizado al ver que la sangre inundaba la cara de su hermana por una herida profunda que tenía en la cabeza.

Salió lo más rápidamente que podía y despertó a los vecinos quienes encontraron a una joven pantera entre algunos arbustos cercanos, pero ella logró escapar en la confusión y las tinieblas.

Las mujeres trataron de socorrer a Nara: buscaron agua caliente y le lavaron la cabeza, pero en su ignorancia llenaron la herida de melaza y telarañas, cubriéndola luego con trapos sucios.

La pobre niña se sentía muy mal, acostada sola en la casa oscura, porque Dumma tenía que trabajar en la cosecha.

- ¡Oh, Padre celestial
- seguía orando,
- déjame volver a donde está mamá y la bondadosa Maryamma!
Yo sé que ella aliviará este terrible dolor.

Hacia la noche, su tío, que pasaba por la aldea, entró a ver cómo les iba, y decidió llevarse a Nara al hospital al día siguiente.

- Dumma no puede salir en este momento, y si estás enferma, será mejor que estés con tus padres – le dijo a la niña.

Nara llegó contenta al hospital, y muy a tiempo porque la herida de su cabeza necesitaba un tratamiento adecuado para empezar a sanar lentamente.

- La verdad, mi tesoro – dijo Maryamma, - si no te hubiesen traído aquí habrías estado muy enferma, así que damos gracias a Dios por sus bondades hacia ti.

- Y también estoy agradecida – murmuró Nara, - y cuando sea grande me dedicaré a curar a los enfermos como usted.

- Muy buena idea, Nara, pero mientras tanto debes tratar, cuando regreses a casa, de ayudar a otros niños y niñas a amar al Señor Jesucristo.

Nara asintió con la cabeza, y tan bien manifestó su gratitud a Dios con los niños de su aldea, donde muchos de ellos, fueron inducidos a conocer y seguir a su Salvador.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 38

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:45 am

38. - “NO SEAMOS EXCLUSIVISTAS”

Mabel y Rosa habían sido amigas desde que Rosa había venido a vivir en la casa contigua a la de Mabel.

El hecho de que eran más o menos de la misma edad favorecía su amistad, pues Mabel tenía once años y Rosa seis meses menos. A ambas les gustaba la música, ambas aprendían a tejer. Desde que habían terminado as clases, habían estado juntas. Se querían tanto, que no sentían la necesidad de tener otras compañeras de juegos.

Un día, al principio de las vacaciones, Rosa se torció un tobillo.
Tuvo que quedar inmovilizada durante lo que pareció ser un tiempo muy largo.
Mabel estaba casi constantemente con ella, procurando hacerle pasar el tiempo en forma agradable.

Esa misma semana Flora H. Dio una fiesta de cumpleaños.

- Por supuesto, no puedo ir – dijo Mabel a su madre.
- A mí me parece que debieras ir – contestó la mamá, - puesto que Flora ha tenido la bondad de invitarte.
Sí, sé que Rosa no puede caminar, pero ¿por qué habría de impedirte esto que asistas?
Estoy segura de que a Rosa le gustará oír detalles de la fiesta.
Le ayudaría a olvidarse un poco de sus dolores.

- ¡Oh!¡No! – exclamó Mabel.
– Más bien se entristecerá más si yo voy donde ella no puede ir; así es como nos queremos Rosa y yo.

- Entonces no me parecen muy sabias.
Tu abuelita solía decir: “No pongas todos los huevos en una canasta.”

Esto puede aplicarse a las amistades tanto como a los huevos.

- ¿Qué quieres decir mamá?
- Bueno, supongamos que Rosa se mudase a otra parte.
Te quedarías muy sola, pues las otras niñas están haciendo cada vez menos esfuerzos para incluirte en sus planes para divertirse.

Esto quiere decir que se están acostumbrando a no desear tu compañía.
-No es muy probable que Rosa se mude lejos – dijo Mabel.
– Su padre compró la casa donde viven.
Y yo prefiero ser un poco “exclusivista” en mis amistades.

Su madre se sonrió al oír la palabra altisonante, pero dijo con gravedad:
- Hay otras niñas en el vecindario que son tan amables como Rosa.

Pienso que descubrirás que es mejor tener amistad sólida con más de una persona.

Cierto día Mabel se negó a acompañar a sus padres en un paseo porque quería hacer compañía a Rosa.
Esta ya podía andar por la casa, aunque con cierta dificultad, pero no se atrevía a salir.

Las dos amigas estaban sentadas al lado de la ventana con sus labores, cuando de repente Mabel exclamó:
- ¡Oh, mira! Hay un carro de mudanzas frente a esa casa vacía del otro lado de la calle.
Vamos a tener nuevos vecinos.
Esperemos que serán todos adultos, y no habrá niños molestos y ruidosos.

- Esperemos que sea así
– repitió Rosa como un eco.
Más tarde durante la semana, cuando Mabel regresaba a su casa después de hacer una diligencia, vio a Rosa que estaba al otro lado de la calle, conversando con una niña a la cual no conocía.
Esa niña era muy linda.
Tenía hermoso cabello negro.
Rosa la tomó del brazo, y juntas se fueron al encuentro de Mabel.
- Te presento a Lidia Domínguez, nuestra nueva vecina
– dijo Rosa, y dirigiéndose a la otra niña añadió:
- Lidia, ésta es mi amiga Mabel.

Amabas niñas murmuraron:
- ¡Mucho gusto! – luego Rosa dijo:
- Lidia tiene un piano.
¿No te parece lindo?
Estamos aprendiendo a tocar un dúo juntas.
- ¿No quieres venir y oírnos tocar? – preguntó Lidia.
- No, gracias – contestó Mabel, con voz medio ahogada.
– Creo que mamá necesita mi ayuda.

Y dicho esto, se fué apresuradamente a su casa.
- Pero, Mabel – le dijo la mamá al saludarla.
- ¿No quieres jugar con Rosa y la niña recién llegada, que es tan amable?
No tengo ninguna tarea especial para ti.
- Prefiero quedarme en casa – dijo Mabel.
– Rosa y Lidia están aprendiendo a tocar un dúo en piano y esto requiere solamente dos personas.
- Pero podrías escuchar y alentarlas.
Si deseas que te quieran, debes aprender a saber escuchar.

- Y a mí, ¿qué me importa que me quieran o no? – dijo Mabel.
- Cumple con tus gustos, pero temo que te vas a sentir solitaria si sigues así.
Durante todo el resto de la semana, Mabel se mantuvo reservada y sola, mientras que Rosa y Lidia se divertían juntas.

Un día oyó a Rosa que la llamaba por la ventana:
- ¡Oye, Mabel! Lidia y yo nos vamos al centro.
¿No quieres acompañarnos?.
- No, gracias – contestó Mabel.
– No tengo ganas de salir.
Las niñas se fueron, y Mabel se quedó pensando amargamente:

- Rosa ya no tiene interés en mi amistad.
Los días que siguieron fueron muy tristes para la niña.
Lidia se estaba haciendo de muchas amistades.
Siempre había un grupo alegre de niños jugando en su patio, o sentados en el vestíbulo.

Rosa estaba siempre en ese grupo.
Se divertía tanto, que no echaba de menos la compañía de Mabel.

Esta no decía nada de todo esto a nadie, ni siquiera ella misma quería admitir que se sentía muy solitaria.

Una tarde en que había nubes, Rosa y Lidia y una docena de otros niños de su edad estaban jugando a la mancha en el patio de Rosa.

Mabel había estado ayudando a su mamá a preparar masitas, pero ahora estaba de pie frente a la ventana mirando el juego.

Por fin dijo:
- Mamá, ¿puedo llevarles algunas masitas?
- Por supuesto que sí, querida
– contestó la mamá.
– Pero sería mejor invitarlos a entrar.

Hace frío para comer afuera.
¿Por qué no les damos una taza de chocolate caliente con las masitas?

Empezaré a prepararlo mientras los invitas a entrar.
Esto era algo difícil para Mabel, pero salió valientemente a hacerlo.

Al verla, Rosa y varios otros niños la llamaron:
- ¡Hola Mabel! ¡Ven a jugar!.
- Ya vendré dentro de un rato
– prometió Mabel.
– Pero primero todos ustedes van a venir para comer algunas masitas y tomar una taza de chocolate.

- ¡Chocolate y masitas!
¡Que rico!
– gritó Miguel Tirón, dirigiéndose rápidamente a la casa.
¡Cuánto se divirtieron todos!
- Esto parece casi una fiesta- declaró Lidia.
- Sólo que es más lindo que la mayoría de las fiestas – opinó Rosa.
Por fin la madre de Mabel dijo:
- Ahora vayan todos a jugar.
- Ven Mabel – dijo Rosa, y ella con otras tres niñas llevaron a Mabel consigo.
Más adelante, esa misma tarde, Mabel dijo a su mamá:

- Tenías razón en lo que decías que uno necesita más de una amiga.
Es realmente más lindo tener todo un grupo de amistades.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 39

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:46 am

39. - “CASTIGADO POR LA NATURALEZA”

Las clases habían terminado hasta el otro día, y cuando las puertas se abrieron, los felices niños del segundo grado salieron corriendo al terreno de juegos.

No era un día de frío en que los niños se abrochaban los abrigos para protegerse contra la nieve y el viento.

¡No, de veras!
Era un día benigno en que un niño de siete años podía con facilidad olvidarse que había traído un abrigo a la escuela por la mañana.

Pero Eugenio se había acordado de su abrigo como para echársela al hombro y con su cestita verde destinada a contener su almuerzo, corrió con su amigo Guillermo hasta el portón.

La mamá había notado que últimamente Eugenio dedicaba al regreso de la escuela a la casa dos veces más tiempo y hasta tres veces más de lo que era necesario, de modo que esa mañana la había dicho:

- Acuérdate de volver directamente de la escuela a casa.
Y cuando Eugenio prometía algo a su madre, lo hacía como quien lo va a cumplir.
Pero ese día en particular resultaba tan especial que apenas Eugenio y Guillermo hubieron caminado una cuadra después de salir de la escuela, empezaron a conversar de cuánto se iban a divertir durante el verano cuando hubieran terminado las clases.

Luego Guillermo, que nunca se apresuraba para ir a la escuela ni para volver de ella, sugirió que tomasen un camino de atajo a través de un campo baldío para echar una mirada al arroyo.

Esto no les iba a tomar mucho tiempo, y como quedaba en la dirección de su casa, Eugenio aceptó.

Posiblemente su madre no se fijaría en unos pocos minutos de atraso. Así que los muchachos corrieron hacia el arroyo.

Una sorpresa tras otra fue impidiendo a los muchachos que fueran adonde debían ir.

Guillermo estaba mirando hacia la parte superior de un árbol alto y bien recto, con la intención de treparse a él, cuando Eugenio sugirió que tal vez convendría regresar a casa.

Cuando la mamá de Eugenio recibió a su hijo en la puerta, éste se estaba secando el sudor de la frente y quejándose del calor.
- ¿Dónde estuviste tanto tiempo después que terminaron las clases? – preguntó la mamá.
- ¡Oh! Correteando por ahí – dijo Eugenio y cambió enseguida el tema.

Esta no era una respuesta satisfactoria, pero la mamá no dijo más.

Eugenio no había cumplido su palabra y ella se propuso sostener una conversación con él después de la cena, para demostrarle que esperaba ser obedecida.

Pero después de la cena llegaron algunas visitas inesperadas, y Eugenio y su hermano menor tuvieron que acostarse apresuradamente.

El día siguiente resultó tan delicioso como el anterior.

Eugenio y Guillermo regresaron de la escuela a su casa en un tiempo “record”, porque venían pateando una lata, y ésta no hacía desvíos.

Cuando Eugenio entró apresuradamente en la cocina, la mamá notó que una franja colorada le cruzaba la nariz y llegaba hasta cerca del ojo.

- ¿Recibiste un golpe en el ojo? – le preguntó.
Eugenio le dijo que no.
- Realmente parecería que algo te golpeó muy cerca del ojo.

Tengo miedo que por la mañana esta parte de la cara amanezca amoratada.

Por la mañana siguiente, el enrojecimiento era más pronunciado, pero no se le prestó mucha atención.
Sin embargo, después de las clases, la mamá notó que el niño tenía una erupción en el cuello, igual que en la nariz y el párpado.

- Caballerito, ¿dónde estuvo usted para contagiarse con zumaque venenoso en esta época del año? – fue la pregunta que le hizo la madre.

- Yo no sé. En ningún lugar que yo recuerde – fue la respuesta que dio el muchacho, sin reflexión.

Algunas otras preguntas le hicieron relatar lo que había sucedido durante la caminata que había hecho hasta el arroyo con su amigo Guillermo, y se llegó a la conclusión de que lo más probable era que había tocado algún ejemplar de esa planta venenosa en algún lugar mientras andaba por allí.

Estoy seguro de que nadie podría desear mayor castigo a Eugenio.
Es difícil describir el aspecto que presentó durante los días siguientes, ni explicar cuánta molestia sufrió por la noche, mientras trataba de dormir.

Un ojo se le hinchó de tal manera, que se le cerró, y sentía, tanto a la entrada como en el inferior de las fosas nasales una picazón insoportable.

Pero Eugenio había tenido mucho deseo de ver las películas cinematográficas que iban a mostrar en su escuela el sábado de noche, pues en ellas iba a poder ver a su perro ovejero favorito.

Pero la mamá le explicó que, aun cuando la gente no huyese al ver su cara, mirar las películas impondría demasiado recargo al único ojo que tenía sano.

Por supuesto su mamá lamentaba mucho que Eugenio tuviese que pagar un precio tan elevado por su desobediencia.

Pero sobre todo expresó la esperanza de que su dolencia bastaría para ayudarle a recordar que siempre conviene obedecer.

Y no cabe duda de que cuando sanó resolvió que al andar entre matorrales o bosques se fijaría siempre en las clases de plantas que tocaba, pues las erupciones que causaba el zumaque venenoso son demasiado dolorosas para que uno las olvide con facilidad.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 40

Mensaje por ZARGOTEAM el Mar 03 Dic 2013, 3:47 am

40. - “LO QUE MERECE SER HECHO”

La mamá de Alicia tomó uno de los platos y los puso de lado. Corrieron por él algunas gotas de agua que cayeron sobre la mesa.
- ¿Secaste estos platos Alicia? – preguntó.
- ¡Oh, mamá!– exclamó Alicia descontenta. –
¿ Por qué siempre encuentras al todo lo que hago?.
- Lo que merece ser hecho, merece ser bien hecho – contestó su madre, con voz serena.
- A mí no me gusta secar los platos – contestó la niña de mal humor.
- ¡Oh! – Suspiró la mamá, - ¡cuánto me gustaría que hubiese alguna manera de hacerte comprender lo importante que es hacer las cosas correctamente! Alguna vez algo muy importante va a depender de cuán bien hagas tu tarea, entonces...
- ¡Oh, no te aflijas! – interrumpió Alicia.
– Todo saldrá bien mamá. ¿ Me permites usar la máquina de coser ahora?.
La madre pensó: “Si tan sólo Alicia fuera tan concienzuda acerca de todas las otras cosas como acerca de su costura.”
Alicia amaba coser.
Hacía puntadas muy nítidas y parejas, y le gustaba especialmente hacer ojales.
Los ojales que hacía estaban bien hechos y fuertes.
- Cuando yo sea grande, voy a ser costurera
– decía la niña con orgullo.
Algunos días más tarde, Alicia estaba sentada en la escuela trabajando en sus ejercicios de matemática, cuando de repente empezó a tocar la campanilla grande de la pared.
Se oyeron tres toques cortos, un silencio, y otros tres toques cortos.
¡Esto significa un incendió!
Con presteza y serenidad, la maestra empezó a hacer desfilar la clase en una hilera hacia la ventana donde estaba la salida para los casos de incendio.
- ¡Probablemente no es más que otro ejercicio!
– pensó Alicia. - ¡Ojalá se dejasen de tener tantos ejercicios para los casos de incendio! No me gustan nada.
Pero de repente su atención fue despertada por el ruido de una sirena aguda. ¡Eran los bomberos que llegaban!
El corazón de Alicia empezó a latir rápido.
¡Era realmente un incendio!
Los niños iban saliendo al terreno de juegos.
Algunas niñas menores empezaron a llorar, pero no Alicia.
Ella pensaba:
- ¿De qué serviría llorar? Hemos tenido tantos ejercicios para los casos de incendio que ya deben estar todos afuera del edificio.
Miró hacia arriba y se sorprendió al ver que ya había una silla ardiendo en la plataforma del segundo piso.
Parece que en esos momentos de agitación, alguien había puesto esta silla que ardía sobre la plataforma de la vía de escape.
De repente se oyó un grito, y al alzar los ojos Alicia vio, en la parte superior de las escaleras de escape, a su propia hermanita Julia.
¿Cómo había quedado la niña rezagada detrás de su clase?
Tal vez había salido al corredor para beber agua, pues Julia siempre quería ir a tomar agua.
Tal vez había otro motivo, pero todo lo que Alicia podía pensar en ese momento era que su hermanita estaba sola en la parte de arriba de la escalera de escape, y en la plataforma que debía cruzar, había una silla que ardía. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo podría pasar?
- ¡Espera!
– gritaban los bomberos a Julia.
- ¡Quédate quieta, niñita! Te vamos a buscar.
Pero Julia estaba demasiado asustada para quedarse quieta o para escuchar lo que le decían.
Se quedó un momento mirando a la muchedumbre que veía abajo, y luego empezó a treparse por la baranda de hierro en cuya parte superior había largas púas.
- ¡No!
¡No hagas eso!
– gritaron todos a la vez.
- ¡No hagas eso, Julia, espera!.
Pero Julia siguió trepando por la baranda.
Le resultaba difícil por causa de las largas púas de hierro que estaban a corta distancia una de la otra.
Aunque se levantaron enseguida escaleras que llagaban hasta cerca de donde estaba la niña, y por ellas subían los bomberos, Julia actuaba con demasiada presteza.
Para que ellos la alcanzaran antes que hubiese terminado de trepar.
Pasó por encima de las púas y de repente resbaló.
Alicia cerró los ojos, y se apoderó de ella un miedo espantoso, que ni siquiera le dejaba gritar.
Cerró los ojos y elevó una corta oración a Dios: “¡Oh Señor, salva a Julia!”.
De repente la muchedumbre dejó oír un clamor, y Alicia abrió los ojos.
Vió a un bombero en la parte superior de la escalera, y allí estaba Julia también.
Colgaba de la baranda, pues su vestido se había enganchado en una de las púas y el bombero la estaba sacando de su posición peligrosa.
Cuando el bombero llegó cerca del suelo, media docena de manos se extendieron para ayudarle.
Julia estaba llorando, pero estaba sana y salva.
El bombero decía:
- Fueron buenos ojales los que hizo alguien en el vestido de esa niña.
Uno de los ojales quedó enganchado en una púa, y era lo que la sostenía.
Si no hubiese sido fuerte...
“¡Un ojal fuerte!” Alicia había hecho los ojales del vestido de Julia, y los había hecho bien, fuertes y sólidos, porque le agradaba hacer toda clase de costura.

Pero, ¿qué habría pasado si no le hubiese agradado coser?
Y supongamos que el hacer ojales hubiese sido una de las cosas que le desagradaban a Alicia.
La niña se estremeció al pensar en esto.
De haber hecho los ojales descuidadamente, Julia no estaría con vida ahora.
Esa noche Alicia secó los platos para la mamá.
Los secó con mucho cuidado y reflexivamente.
Recordaba todas las otras cosas que había hecho con negligencia, sin que le importase que salieran bien o no.
Había resuelto que nunca volvería a ser negligente.
Había aprendido que algunas veces una vida depende si alguna persona ha sido cuidadosa o no.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 41

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:28 am

41. - “LA ABNEGACIÓN DE UN NIÑO MÚSICO”

Wolfgang Mozart y su hermana Mariana estaban de viaje para Viena. Les acompañaba su padre, pues el niño, que tenía solamente diez años, debía dar conciertos en la gran ciudad.
El papá Mozart era músico él mismo, pero recibía poca paga por su trabajo de director de orquesta, y esperaba que los conciertos del niño prodigio le darían lo suficiente para ayudarle a vivir.

El viaje de Salzburgo a Viena se hizo, en gran parte, por barco.
Los niños hallaron mucho placer en ello, y se pasaban las horas apoyados sobre la baranda, mirando el paisaje o el río de aguas espumosas.

- ¿Por qué tienes aire tan triste?
– dijo Wolfgang a su hermana. - ¿no te alegras de llegar a Viena?
Dicen que es una ciudad maravillosa...

- Mira mi vestido
– dijo la niña,
- Dime si con esto podré presentarme ante las hermosas señoras que vendrán a escucharte.

El muchacho miró a su hermana.
Y en verdad, su vestido había visto mejores días.
Era demasiado corto, desteñido y remendado en diversos lugares.

- Es necesario que papá te compre otro
– dijo con tono decidido el jovencito.
- No, ¿cómo le pediría esto a nuestro pobre padre? Tiene ya bastantes preocupaciones sin esto.
Apenas si tuvo dinero para pagar nuestro viaje hasta Viena, los gastos de aduana para tu arpa y otros gastos.
Cuando hayas dado tus conciertos, las cosas irán mejor; pero hasta entonces debo conformarme con mi vestido viejo.

Wolfgang no contestó pues pensaba en cómo podría realizar el deseo de su hermana.
No pensó un momento en que su traje estaba bastante gastado también y que, para presentarse en público, le habría convenido tener uno nuevo.

De repente cruzó una idea luminosa por su mente y se sonrió solo.
Si realizaba su proyecto, Mariana tendría su vestido nuevo.
Ya se iban acercando a la ciudad. Wolfgang, cuyos ojos brillaban y cuyo rostro expresaba animación, estrechaba contra sí su querida arpa.
- ¿Te alegras de ver Viena?
– dijo el padre.
- ¡Ya verás cuántas cosas lindas hay!
- Sí – dijo el niño
– pero también tengo un poco de temor.
¿Crees que la gente será amable con nosotros?
- Así lo espero
– dijo el padre. – Pero ya llegamos...
- Papá, quítale la funda a mi hermosa arpa, por favor.
- ¿Tan orgulloso te sientes de ella?
– dijo el Sr. Mozart sonriendo y cumpliendo el deseo del niño.
- ¿Que tiene para declarar?
– dijo el aduanero cuando se acercaron los tres viajantes.
- Esta arpa – dijo el padre.
- Es muy hermosa y de gran valor
– dijo el hombre; y después de haber consultado la tarifa, mencionó una cifra tan elevada que los recursos de los viajeros bastaban apenas para sufragar este gasto.

Mariana y su padre se miraron consternados, pero Wolfgang no pareció preocuparse.
Se instaló en un rincón, atrajo el instrumento hacia sí y tocó.
El aduanero miró al niño, estupefacto al ver que este hombrecito sacaba sonidos tan maravillosos del hermoso y pesado instrumento.
Los deditos del pequeño artista recorrían las cuerdas y las pellizcaban con destreza.

En algunos segundos, todos los concurrentes quedaron hechizados.
Los viajeros se habían agrupado alrededor del niño y se dejaban conmover por los acentos a veces alegres y a veces nostálgicos.
- ¡Sigue!
– dijo el aduanero, cuando Wolfgang parecía a punto de detenerse, y el niño comenzó de nuevo con más entusiasmo que antes, hasta el momento en que el padre le interrumpió para decirle:
- Ya se hace tarde; tenemos que marchar.

He aquí su dinero, señor.
El aduanero sacudió la cabeza.
- No lo quiero
– dijo. – Un niño que toca como él no paga derechos de aduana por su arpa.
Nosotros, los que hemos gozado de su concierto, somos los que pagaremos. Guarde su dinero, señor y cómprele alguna cosa..

Al oír esto, Wolfgang exclamó:
- Papá, podrás comprar un vestido para Mariana ahora.
¡Qué felicidad!
- ¡Este niño es extraordinario!
– dijo el aduanero, - y es tan generoso como extraordinario.
Así fue como Mariana obtuvo un vestido nuevo para acompañar a su hermano en los conciertos que dió en Viena, conciertos que tuvieron gran éxito.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 42

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:30 am

42. - “CÓMO SALVARON UNA VIDA”

Los padres de Mario eran misioneros en la India.
Vivían en la ciudad de Bangalore.

Había en esa ciudad muchas personas que no habían oído nunca hablar de Jesús ni de su amor.

La mayoría de ellas eran hindúes, adoradores de ídolos.

Cierta tarde, Mario, que tenía entonces nueve años, se hallaba con su madre y una maestra misionera en un barrio de la ciudad muy alejado de la misión donde vivían.

Habían alquilado un cochecito típico de la India para regresar a casa.
Esa clase de coches se llamaba “gharry”.

Tiene dos asientos, uno frente al otro, y otro asiento alto, adelante, donde se sienta el cochero para manejar el caballo.

Esa tarde, mientras el caballo iba trotando por el duro camino, dejando oír el ruido característico de sus cascos, Mario notó de repente a un grupo de hindúes reunidos al pie de la colina sobre la cual estaban construidos los edificios de la misión.

Dicho grupo estaba cerca de un estanque de aguas destinadas al abastecimiento de la ciudad.

- ¡Miren toda esa gente! – exclamó Mario.
- ¿Qué habrá sucedido? – dijo la madre.
- Yo iré a ver de qué se trata – dijo la maestra.
– Cochero, deténgase, por favor, al lado del camino, bajo ese árbol.
Hace demasiado calor para quedarse al sol.
- ¿Puedo ir yo también con ustedes?
– preguntó Mario a la maestra.
El cochero detuvo al gharry debajo del árbol, y sus tres pasajeros se bajaron para dirigirse hacia el grupo de gente.
- ¿Que ha sucedido?
– preguntó la maestra aun hombre que estaba allí.
- ¿Se ha hecho daño alguno?

Notaron enseguida a un niño que yacía inmóvil en el suelo.

Tenía los ojos cerrados, y parecía muerto.
La madre de Mario y la maestra se inclinaron sobre él y le tomaron el pulso.
- Cayó en el estanque
– dijo alguien hablando en idioma tamil.

La maestra entendía este idioma, y preguntó:
- ¿Dónde está su madre?
¿Está aquí?
- No; está trabajando
– explicó una mujer.
– Trabaja para una familia inglesa que vive en una casa grande al lado de la plaza del mercado.
Ella no sabe que sus hijos estaban aquí.
Los dejó en casa, vinieron a jugar.

- La madre no vendrá a casa hasta la noche
– añadió otra mujer.
- ¿Y qué dirá cuando venga?
– dijo con tristeza una mujer de más edad, sacudiendo la cabeza.
– Porque éste es su único hijo varón.

Sólo le queda, además, una niña.
- Ella vendrá ahora si alguien va a comunicarle que falleció su hijo
– dijo una niña.
-Aquí está la hermana del muchacho
– dijo un hombre, señalando a una niña de unos cinco años, que miraba muy asustada.

- Yo voy a avisar a la madre
– dijo la joven que había hablado antes, y se dirigió hacia el camino.
- ¡Espere un minuto!
– le dijo la maestra.
– No vaya todavía.

Creo que puedo salvar al muchacho; por lo menos voy a probar.
La mamá de Mario ayudó a la maestra a dar vuelta al niño, de manera que tuviese la cara hacia abajo, y juntas le alzaron un poco para que saliese el agua que tenía en la boca y la nariz.

Luego la maestra se arrodilló en horcajadas sobre el niño y empezó a comprimirle el pecho y aliviar la presión con movimientos regulares.
Esto es lo que se llama administrar respiración artificial, y tiene por fin hacer recobrar el conocimiento a una persona que se ha ahogado o asfixiado.

Sólo se necesitaron algunos minutos de esto para hacer funcionar de nuevo los pulmones del muchacho, que al rato estaba respirando como de costumbre.

Abrió los ojos y miró alrededor de él con aire extrañado, luego los volvió a cerrar.
Parecía muy cansado.

Mientras la maestra estaba trabajando con el niño, un hindú dijo a la persona que estaba cerca de él:

- Yo sé quiénes son estas personas.

Son las misioneras que viven en la casa que está allí arriba

– y señalaba hacia la cumbre de la colina; luego miró con sorpresa al ver que el niño respiraba otra vez.

- ¡Ah! ¡Los misioneros han hecho revivir al niño!
– dijeron los hindúes uno al otro.
- Ahora su mamá no se afligirá, sino que va a estar muy contenta.

La maestra se volvió hacia la niña que había ofrecido llamar a la madre del muchacho y le preguntó:

- ¿Vive cerca de tu casa?
La niña sacudió la cabeza para decir que sí, y contestó:
- Vivo en la casa del lado de la suya.
Es al otro lado del camino, allí
– y señalaba a una casita pequeña.

La mamá de Mario y la maestra ayudaron a llevar al niño a la casita, donde lo acomodaron para que pudiese descansar hasta la noche; luego regresaron al coche.

Mientras el caballo iba caminando cuesta arriba y las rudas del gharry giraban lentamente sobre el camino, Mario preguntó:

- ¿Habría muerto ese muchacho si nosotros no hubiésemos llegado a tiempo?
- Sí, habría muerto a los pocos minutos
– contestó la maestra.
- ¿Notaste que nadie hacia nada en su favor?
¡Qué impotentes estaban todos!
- No sabían qué hacer
– explicó la mamá de Mario.
– Para esto vinimos a vivir entre los hindúes, para enseñarles y para salvar vidas.
Después de lo que ha sucedido, esa gente estará más dispuesta a escuchar cuando les hablemos de Jesús y del cielo.

- ¡Cuánto me alegro de que pudimos hacer algo en su favor!
– dijo Mario reflexivamente.
– Me alegro de que hayamos venido a la India.
Cuando sea grande, yo también quiero ser misionero y ayudar a la gente.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 43

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:32 am

43. - “SALVADAS DE UN INCENDIO”

Vengan, niñas, es hora de lavar los platos – dijo la mamá.
Alma puso cuidadosamente su muñeca en el cochecito, y Daniela cerró su libro.

Ambas niñas se apresuraron hacia la cocina.
La tía Elsa, que estaba de visita, dijo:

- Nunca he visto unas niñas tan dispuestas a lavar la loza.
- No nos agradaba ayudar hasta que mamá inició nuestro nuevo plan – explicó Alma.
- ¿En qué consiste vuestro nuevo plan? – preguntó la tía.
- Solíamos protestar tanto que ello se volvía desagradable – dijo Daniela, mientras alzaba el repasador y empezaba a secar uno de los vasos. – Un día Alma dijo: “Mamá, ¿por qué no nos cuentas una historia cada noche mientras te ayudamos?

Entonces el tiempo pasará rápidamente, y no nos importará lavar los platos”

“Mamá dijo que era una buena idea.
Nos dijo que podríamos turnarnos en la elección de la clase de historia que nos gustaría oír.

Por ese motivo, nos agrada ayudarle ahora.”

- Me toca a mí – contestó Alma. – Me gustaría oír otra historia acerca de cuando eras niña.

- Recuerdo una muy interesante – dijo la madre. – Cuando mis dos hermanas y yo éramos niñas, nuestros padres se establecieron en un rancho de un país llamado Texas. No había vecinos cerca, ni otros niños con quienes jugar. Pero, ¡cuánto nos divertíamos! Había animales interesantes que vivían en cuevas, de vez en cuando veíamos venados y hasta potros salvajes. Teníamos un perro, varios gatos y una ardilla llamada Friquita.

Cada una de nosotras tenía su propio jardincito, y papá nos edificó una casita para jugar, donde pasábamos muchas horas felices.
Un día nuestros padres se habían ido al pueblo a comprar comestibles, y nos habían dejado solas.

Yo me sentía muy importante, pues era la mayor de las tres niñas. Nos hallábamos en nuestra casita de juegos cuando notamos olor a humo.

Miramos para ver si había algo que se quemaba alrededor de la casa, pero no notamos nada que ardiera.

“Dije a mis hermanas: “Subamos al segundo piso y miremos por la ventana”. ¡Qué espectáculo vimos!
Parecía que toda la región estuviese incendiada.
Venía hacia nuestra casa una quemazón que abracaba muchas hectáreas de tierra.
No sabíamos qué hacer.
Mi hermanita menor, Nelly, empezó a llorar.”

“Unas semanas antes habíamos aprendido el versículo:

“Porque yo Jehová soy tu Dios, que te ase de tu mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudaré.” Recordé entonces ese versículo.”

“Así que dije: “Arrodillémonos aquí al lado de la ventana y pidamos al Señor que nos cuide y no permita que el fuego se acerque a nuestra casa.”

“Nos arrodillamos y pedimos a Dios que nos protegiese a nosotros y a la casa.

Cuando nos levantamos, mi hermana Rut repitió el versículo: “Porque yo Jehová soy tu Dios, que te ase de tu mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudaré.”

“Dios oyó nuestras oraciones y las contestó.
El viento cambió de dirección, y el fuego también:
de manera que quedamos a salvo.”
“Cuando nuestros padres regresaron a casa, tuvimos mucho que contarles. Qué agradecidos estaban a Dios por que nos había cuidado.
Y por nuestra parte nos alegramos de que ellos nos habían enseñado a pedir a Dios que nos ayudase en tiempo de necesidad.

Aquel versículo es todavía uno de mis pasajes favoritos en la Biblia, y siempre he recordado que Dios nos oye cuando oramos a él.”

- ¿Dónde puedo encontrar ese versículo en mi Biblia, mamá? – preguntó Daniela. – Quiero aprenderlo también.

- Yo lo aprenderé también – dijo Alma.
Para aquel entonces los platos ya se habían lavado, secado y guardado en los estantes. Tía Elsa dijo:

- Vuestro plan es admirable. Ahora entiendo por qué a las niñas les agrada lavar la loza.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 44

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:34 am

44. - “SANTIAGO SALTA LA VALLA”

¡Saltó una valla de cuatro pies! – era una de las expresiones favoritas de mi abuelito.

Cuando yo era niño, siempre me reía cuando se la oía decir. Para mí era una broma interesante.

Siendo ya mayor, tenía muchas ganas de ser un buen saltarín.
Pero era más bien gordo y mis piernas eran cortas. Era el que menos podía saltar de entre toda mi clase.

Empecé a notar que abuelito usaba esa frase cuando alguno hacía algo verdaderamente difícil.
Cuando mi hermano Ricardo se graduó de la escuela secundaria a la cabeza de su clase, abuelito dijo:

- Bien, Ricardo, saltaste una valla de cuatro pies. Estoy orgulloso de ti.
Pero cuando mi hermana Luisa empezó a estudiar el piano, le resultó difícil aprender sus notas, y casi se desalentó. Por eso mamá le dijo:

- Hay tal vez otras cosas que te resultarían más fáciles, Luisa. Si quieres suspender las lecciones, puedes hacerlo.

- No – dijo Luisa, - ya que comencé voy a perseverar.
Y cumplía fielmente con sus ensayos cada día.
Ahora tiene fama de tocar muy bien.
Un día abuelito dijo:

- Luisa ciertamente saltó una valla de cuatro pies.
Principié entonces a comprender lo que quería decir, y sentí el deseo de que algún día pudiera decirlo acerca de mí…

En la escuela, por mucho que me esforzara, mis notas no eran altas.
Pero Ricardo era buen alumno; y yo no podía ver por qué no podría serlo yo también.
Iba bastante bien en matemáticas, pero era flojo en ortografía.
Muchas veces pensaba:
“Estoy seguro de que no podría nunca salir el primero de la clase.”

Uno de los miembros de nuestra junta escolar quería mucho a los niños, y procuraba ayudarles. Cada año ofrecía a algún alumno que se hubiese destacado, y yo deseaba mucho poder ganar ese premio.
Un día la maestra dijo:
- Niños, el Sr. Grant ha ofrecido una recompensa al que gane un certamen de deletreo, que se celebrará dentro de un mes.

Cuando conté esto en casa, mamá dijo:
- ¿Por qué no tomas parte para ver si ganas el premio, Santiago?
- ¿Cómo podría ganarlo, mamá? – Dije – ya sabes que hay muchas palabras que no sé deletrear.

- ¿Hasta cuántos pies de altura puedes saltar hijo? – preguntó abuelito.
Este me hizo pensar.
Resolví estudiar ortografía.
Ricardo se dio cuanta del esfuerzo que hacía y me dijo:

- Voy a ayudarte Santiago.
Eso era muy amable de su parte, porque tenía muchas tareas escolares que cumplir y, además, trabajaba parte de su tiempo en un negocio, para ayudar con los gastos de casa.

Pero cada momento libre de que disponía, me hacía deletrear palabras.
Al principio me resultaba difícil recordar las palabras nuevas, pues siempre había pensado:
- No sé deletrear, de manera que es inútil probarlo.

Ahora no me detenía a jugar después de las clases, sino que iba directamente a casa; entregaba los diarios a mis clientes y hacía los mandados que mi madre me pedía, y luego estudiaba ortografía hasta la hora de acostarme.

Cuando recordaba cómo Ricardo se había distinguido, y Luisa había aprendido a tocar el piano, a pesar de que le resultaba tan difícil, se fortalecía mi decisión de ganar el certamen.

Un día, durante la escuela dominical aprendimos este versículo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece,” y pensé:

“Esto se aplica a mí también.”
De manera que repetí este versículo cada día.
Por fin llegó la noche en que se iba a celebrar el certamen de deletreo. El gimnasio estaba decorado con los colores de nuestra escuela; tocaba la banda, y parecía que habían venido todos los habitantes del pueblo.

Me dominaba la agitación cuando ocupé mi lugar en la plataforma con los demás.

Repetí mentalmente el versículo de la Biblia que había aprendido, y confié realmente en que se cumpliría.

Gané el certamen.
El premio del Sr. Grant era un billete nuevo de cinco pesos.
Cuando llegamos a casa, se lo di a mamá, porque le resultaba difícil obtener bastante dinero con que pagar las cuentas.
Ella dijo:
- Estoy orgullosa de ti, hijo mío.
- ¡Te felicito hermanito! – dijo Ricardo.
El abuelito me miró con una expresión de picardía en sus bondadosos ojos azules y dijo:

- ¡Muy bien Santiago! Saltaste una valla de cuatro pies.
Esto fue lo que más me llenó de felicidad, porque había esperado mucho tiempo oír estas palabras. Contesté:

- Abuelito, he aprendido que se necesita trabajar y tener fe para saltar una valla de cuatro pies, pero bien merece el esfuerzo.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 45

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:35 am

45. - “UN POCO DE BUENA VOLUNTAD”

¡Qué lindo que la señorita Gray nos deja usar los pizarrones! – dijo Patricia a Lucía durante el recreo.

- Sí, pero no me gusta quedar adentro para limpiarlos cuando los días son lindos
– contestó Lucía a su amiga.
- Me gusta mucho jugar afuera
– contestó Patricia.
- ¿Vamos a saltar a la cuerda después de clases?

Hacia la mitad de la tarde, las nubes se desvanecieron y empezó a brillar un hermoso sol.
- ¿Quién quiere ayudar a limpiar los pizarrones?
– preguntó la maestra, cuando despedía a sus alumnos.

No se levantó una sola mano.
Generalmente los niños se manifestaban gustosos de ayudar; pero hoy, sin duda porque la tarde era tan agradable, todos tenían otros planes.
De modo que la Srta. Gray tuvo que limpiar ella misma los pizarrones
- ¿Me deja pasar al pizarrón, señorita?
– preguntó Patricia a la mañana siguiente.
- No, no vamos a usar los pizarrones hasta mañana – contestó la maestra.
- ¿Podemos usarlos esta tarde? – preguntó Lucía.
- No, Lucía – respondió pacientemente la Srta. Gray.
– No nos gusta limpiarlos; así que no los vamos a usar.
A la mañana siguiente, después que se hubo pasado la lista, los niños pidieron una historia.
A la maestra le agradaba tanto contar las historias como a los niños escucharlas.
Todos los alumnos guardaron silencio para que la maestra pudiese empezar.
“Le voy a contar la historia de dos hermanas llamadas Isabel y Perla.
Isabel era de disposición alegre y feliz.
Siempre llevaba una sonrisa en la cara y le agradaba hacer felices a otras personas.
Siempre manifestaba un espíritu servicial en su casa.”

“- Mamá, ¿quieres que coloque los cubiertos en la mesa?
– preguntaba a menudo, o tal, vez buscaba un trapo y se ponía a sacudir el polvo para hacer una sorpresa a su mamá.”

“- Isabel, ¿quieres lavar los platos?
– le preguntaba a veces su mamá.”
“- Sí mamá
– contestaba Isabel.
– Les voy a lavar la cara.”
“Pero Perla era diferente; era egoísta.
Siempre quería disponer de su tiempo.
Muy rara vez estaba dispuesta a ayudar a otros.”
“- Perla, ¿quieres barrer el piso?
– le preguntaba a veces su madre.”
“- ¿Por qué no lo puede hacer Isabel?
– contestaba la niña.
– Yo quiero ir a saltar la cuerda.”
“- Perla, por favor pon los cubiertos en la mesa
– decía quizá la mamá.”
“- ¡Oh! No me gusta hacerlo
– era la respuesta.”
“Un día sucedió que la madre enfermó.
Isabel hacía todo lo que podía para ayudar, pero Perla estaba generalmente demasiado atareada con sus propios planes.”
“- ¿Quieres ir a la farmacia a buscar un remedio para mamá?
– le preguntó una vez Isabel.”
“- No voy a tener tiempo; prometí a Anita que me encontraría con ella en la puerta de su casa
– fue la respuesta que dio Perla.”

“Transcurrieron los años.
Las manos de Isabel no eran tan lindas como las de Perla, porque le tocaba los trabajos duros.
No podía tener ropas muy lindas porque había poco dinero después de comprar las medicinas y obtener los tratamientos que la madre necesitaba.

Pero todo esto no le importaba a Perla.
Ella pensaba solamente en vestirse bien para ir a una parte u otra.”

“Un día, la madre de las niñas falleció, y las dos quedaron solas.
Como de costumbre, Isabel siguió siendo abnegada, y dejaba para Perla lo mejor de todo.
Pero ocurría algo raro.
La bondad de Isabel se reflejaba en su rostro.
Parecía tan buena que todos la consideraban hermosa.
Pero el egoísmo de Perla se le notaba en su cara.
La gente la consideraba fea aun cuando llevaba lindos vestidos.”

“Cierto día, una señora muy rica conoció a las dos hermanas.
Enseguida simpatizó con Isabel, porque era bondadosa y considerada.”
“- Isabel, ¿te gustaría viajar conmigo a Europa?
– le preguntó después de haberla conocido un tiempo.”
“Isabel quedó abrumada de gozo pero Perla se enojó.”
“- ¿Por qué te lo preguntó a ti?
– exclamó llena de celos. –
Yo tengo lindas manos, y visto mucho mejor que tu.”
“La señora no se había fijado en las manos de las niñas.
Tampoco había notado las ropas que llevaban.
Todo lo que había visto era la expresión dura y egoísta que se notaba en la cara de Perla.
Y así fue como Isabel hizo un hermoso viaje a Europa con la señora rica.”

Nadie hizo una sola pregunta después que concluyó el relato.

Los niños siguieron haciendo sus tareas como de costumbre.
- ¿Podemos usar los pizarrones hoy?
– preguntó Lucía.
- Sí
– contestó amablemente la Srta. Gray.
– Todos pueden pasar a los pizarrones.
En el momento de despedir a sus alumnos esa tarde, la Srta. Gray preguntó cómo de costumbre:

- ¿Quién quiere quedar a ayudar a limpiar los pizarrones?
Todas las manos se levantaron, y la de Lucía fue la primera.
Entre todos los niños decidieron turnarse para limpiar los pizarrones hasta el fin del año escolar.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 46

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:36 am

46. - “EL CUMPLEAÑOS DE MÁXIMA”

Era el 8 de noviembre, cumpleaños de Máxima.
Cumplía 10 años, y su madre le había prometido hacer una fiesta en su honor.
Cuando la niña se despertó por la mañana, le dolía la cabeza y parecía que había contraído un resfrío.
La mamá decidió que era mejor que se quedase en casa en vez de ir a la escuela.
Hacia las doce, empezó a quejarse de dolor de garganta, y la madre le tomó la temperatura.
Estaba en 101° F., o sea, un poco más de 39° C., así que la señora llamó al médico.
Este vino enseguida, y después de haber examinado a la enfermita, ordenó que se acostase.
- Pero mamá
– dijo Máxima,
- no estoy tan enferma como para quedarme en cama.
- El médico cree que sí, querida
– dijo la señora,
- y debes ir a la cama.
¡Pobre Máxima!
Pronto iba a llegar la hora de la fiesta, y ella tenía que estar en cama, enferma.
¡Qué cumpleaños!
Máxima procuraba que su madre no viese las lágrimas que no podía retener.

Vino un hombre a colocar un letrero rojo en el portón.
Decía: “Hay un caso de escarlatina en esta casa. No entre.”
De manera que nadie se atrevía a entrar en la casa, y la mamá no podía salir, ni siquiera para ir al almacén o tienda de comestibles.
Pero esto no era lo peor.

El padre de Máxima era repartidor de una gran panadería de la ciudad, y tenía que utilizar un gran camión rojo para su trabajo.
Debía levantarse a las cuatro de la mañana e irse a la panadería.
Allí cargaba el camión con pan, bollos, biscochos, tortas, masas y pasteles.

Luego se iba lejos al campo y repartía la mercadería a centenares de personas, de manera que no regresaba a casa hasta muy tarde de noche.

La mañana del 8 de noviembre había salido como de costumbre mucho antes que Máxima se despertara, y no sabía que su hijita estaba enferma en cama.
Regresó muy cansado por la noche.

Había sido un día frío y húmedo, y estaba muy deseoso de entrar en su casa, cenar e irse a la cama.

Ya era oscuro cuando llegó, de manera que no vio el letrero rojo a la entrada del callejón que daba a su patio.

Cuando la mamá oyó que el camión se detenía, fue al vestíbulo y le dijo que Máxima estaba con escarlatina; y la casa había sido declarada en cuarentena, de manera que él no podía entrar en ella.

¡Pobre papito! ¡No podía entrar en su casa abrigada, ni acostarse en su cómoda cama!

Decidió vivir en el garage hasta que terminase la cuarentena.

Había una estufa allí, pero no había cama.
Lo primero que hizo fue encender el fuego.
En una pieza desocupada del piso superior, había un colchón; la mamá abrió la ventana y lo puso con la ropa de cama sobre el techo del vestíbulo.

El papá encontró una escalera que usó para bajar las cosas y se las llevó al galpón.
No era una tarea muy agradable eso de armar una cama en el garage, pero el papá solía decir: “Cuando es necesario, se puede aguantar casi cualquier cosa.”
Puso el colchón sobre algunos cajones vacíos y se arregló la cama lo mejor posible; pero no cabe duda de que era algo dura.

La mamá le alcanzó la cena y la comió solo en el garage.
Este programa duró como veinte días.

Máxima llegó a presentar un aspecto tan rojo como el letrero puesto en el portón, pero al fin fue mejorando y se le permitió sentarse en la cama con sus muñecas.
Jugaba a que ellas también tenían la escarlatina, y la cama de la niña era un hospital para ellas.
La mamá venía a hacerle compañía y le leía historias de EL AMIGO DE LOS NIÑOS que una amiga le había mandado.

Se sentían agradecidas que Máxima no había sido afectada en forma más grave, porque muchos niños sufren complicaciones cuando contraen esa enfermedad.

El papá también agradecía a Dios por esto, y cada noche, al regresar a casa iba al vestíbulo para saber cómo seguía la niña y recibir su cena, se sentía agradecido al tener algo caliente que comer, y un garage donde refugiarse.

Se acordaba de los pobres que, a causa de la guerra, habían sido desalojados de sus cómodas casas y no tenían comida ni albergue.

Por fin llegó el día cuando se suprimió la cuarentena.
El papá estaba haciendo su reparto de pan como de costumbre, pero sabía que el departamento de higiene había mandado hombres para desinfectar la casa.
Se iba a sacar el letrero rojo, y podría cenar con su hijita y la mamá y dormir en su propia cama nuevamente.

Fue realmente una cena de acción de gracias.
Será difícil que la olvide ninguno de los tres.
Nunca les había parecido que había tantas cosas por las cuales estar agradecidos a Dios.
El papá dijo que la casa era más agradable que antes y había aprendido a apreciarla más que nunca.
La mamá dijo que nunca había estado tan contenta en su vida, y expresó que debía dar gracias a Dios por estar sana, cosa que nunca había pensado antes. La mamá le dijo que debía a las amiguitas de Máxima de que festejarían el cumpleaños en otra oportunidad.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 47

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:37 am

47. - “UNCE TU CARRO A UNA ESTRELLA”

Roberto estaba muy serio.
Estaba afuera en el patio, con el carrito que le había regalado su padre. Miraba el manubrio del carro y luego hacia arriba, a las estrellas que brillaban ya en el cielo, pues estaba oscureciendo.

- Quisiera que me explicaras algo
– dijo con vivacidad a su mamá, al ver que ella se acercaba.
- ¿Qué quiere decir:
“Unce tu carro a una estrella?”.
- ¿Dónde oíste eso?
- En la escuela dominical.
La maestra de nuestra clase dijo que eran las palabras de un gran hombre.
- ¡Oh, sí!.
Es algo que dijo, me parece, el poeta Emerson.
“Uncir” quiere decir atar, enganchar, como se uncen los bueyes a un carro.
- Sí, pero ¿cómo podría yo uncir mi carro a una estrella?
El manubrio es muy corto.
- ¡Oh, querido!
Es tan sólo una manera poética de hablar.
Emerson compara nuestra vida a un carro y nos aconseja que pensemos en forma elevada, que tengamos altos ideales, que seamos buenos.
¿Recuerdas cómo el Señor Jesús comparó a los buenos con las ovejas y a los malos con las cabras?.
- Sí, la maestra lo mencionó.
- Una comparación por el estilo se hace cuando se habla de nuestro carro y una estrella.

Podríamos decir que el carro representa nuestras ambiciones, las cosas que queremos hacer aquí en la tierra, y la estrella quiere decir que debemos procurar que sean cosas grandes, nobles y bellas, las cosas en las cuales el Señor Jesús quiere que pensemos.
Quiere decir que debemos pensar en cosas buenas y hacer siempre buenas acciones.
- ¿Quieres decir ser amables con otros niños y ayudarlos?.
- Exactamente.
No debemos ser egoístas.
Roberto parecía haber comprendido la ilustración y después de guardar su carrito, entró en la casa con su mamá.

Al día siguiente, la señora oyó voces de niños en el patio.
Mirando hacia fuera vio que Robertito estaba conversando con un nuevo vecinito que había venido, pocos días antes, con sus padres, a vivir en la casa de enfrente.
La Sra. Gómez, o sea, a la mamá de Robertito, no estaba muy segura de que le conviniese dejarlos jugar juntos, pues el vecinito no estaba siempre muy aseado.
Pero hasta entonces no había dicho nada de esto a nadie.
Se había limitado a mantener a Roberto ocupado bajo su vigilancia.
Y ahora verlos juntos, pensó inmediatamente en llamarlo y pedirle que viniera a ayudarle a arreglar su cajón de juguetes.

Precisamente cuando lo iba a buscar alcanzó a oírle decir:
- ¿Sabes Alberto que atar nuestro carro a una estrella, es decir, y hacer cosas lindas a los demás?
Así que yo voy a dejarte jugar con mi carrito.
Me gusta más que cualquier otro juguete.
Pero puedes usarlo.
La Sra. Gómez se detuvo.
Ella había dicho a Roberto que había que ser amable y bueno, y ahora estaba a punto de impedírselo.
- Parecería que yo misma no estuviera unciendo mi carro a una estrella.
– se dijo.
– Me avergüenzo de mi actitud.
Alguien me dijo que el padre de Alberto se lastimó y no puede trabajar, y la madre tiene que mantener toda la familia.
¿Cómo puede estar Alberto bien aseado si su madre está afuera trabajando y su padre no puede moverse de la cama?
¿Y qué he hecho yo para ayudarles?
Y habiendo pensado esto, abrió la puerta y llamó a los niños.
- ¿Cómo está tu papá Alberto?
– preguntó.
- ¿Está en casa?
- Sí señora.
Está muy enfermo y no puede salir.
- ¿Me acompañas para ir a verle?
Tal vez pueda ayudarle en algo.
Alberto condujo a la señora hasta su casa, donde ella preguntó al enfermo si quería que le preparase algo de comida para él y para su hijito.

- ¡Oh! No debe usted molestarse así – dijo el papá de Alberto, pero al fin aceptó agradecido el ofrecimiento de la Sra. Gómez.

Ella volvió, pues a su casa y preparó algo de comida para todos.
Llamó a los niños y todos comieron juntos.
Después lavó los platos con la ayuda de los muchachitos, y enseguida se dispuso a preparar algo para la cena.
Enseguida lavó algunas ropitas de Alberto, y le puso un trajecito limpio.
A la noche llegó la madre de Alberto a su casa y casi inmediatamente vino a la casa de la Sra. Gómez diciéndole:

- Quiero agradecerle por la gran ayuda que usted nos ha prestado hoy.
Fue para mí una grata sorpresa encontrar tanto de mi trabajo hecho.
A veces regreso tan cansada que me resulta difícil mantener mi hogar y las ropas de Albertito como me gustaría verlas.

- ¡Oh! yo no hice mucho
– dijo la Sra. Gómez.
– Debiera haber ido a verla a usted antes y haberle preguntado en qué podía ayudarle.
Pero a veces no pensamos las cosas a tiempo.
Ahora, si usted quiere, trataré de prestarle algún servicio mientras su esposo está incapacitado.
Si quiere dejar al niño conmigo durante el día mientras usted va a su trabajo, con gustó lo cuidaré.
- Si usted cree que no le molestará mucho, se lo agradeceré de todo corazón...
- ¡Oh! no me molestará en nada.
Es un niño muy tranquilo, y hace mucho que Roberto necesita un buen compañero de juegos.
Y los dos me harán compañía en ausencia de mi esposo.
- ¡Cuánto le agradezco su bondad, Sra. Gómez!
Muchísimas gracias por todo.
- No tiene que dármelas a mí, sino s Robertito, quien me hizo acordar de mi deber.
¿Me permite llevar a Alberto a la escuela dominical cuando vayamos esta semana?
- Por supuesto, y con mucho gusto.
- El gusto será nuestro al poder llevarlo
– contestó la Sra. Gómez.

Cuando la mamá de Alberto hubo regresado a su casa la Sra. Gómez miró afuera para ver dónde estaban los niños, y los vio que jugaban con el carrito, turnándose para subir en él.
Roberto se reía con todas sus ganas, pues estaba de veras muy feliz.
- Unció ciertamente su carro a una estrella
– pensó la madre,
- y me enseñó a hacer lo mismo.
Es como dice la Biblia: “Un niño los conducirá.”
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 48

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:40 am

48. - “EL LEÓN ENCADENADO”

Mientras Samuel y su mamá bajaban del ascensor y se dirigían por el corredor hacia la calle, el niño preguntó:

- ¿Cuándo dijo el dentista que debemos volver?
El consultorio del dentista estaba en el cuarto piso, pero Samuel no le había gustado tanto como otras veces el descenso en el ascensor.
Estaba muy preocupado acerca de la próxima visita que tendría que hacer al consultorio.
- El Dr. Laínez dijo que podríamos venir el lunes próximo.
– contestó la mamá.
- ¿Te estás afligiendo acerca de un dientecito que se te tiene que extraer? Ya sacaste varios tú mismo, ¿no te acuerdas?
- Sí, pero esta muela no está floja siquiera.
¿Por qué no la deja tranquila hasta que se afloje?
Sólo me ha dolido algunas veces.

- La cosa es Samuel
– dijo la mamá,
- que no es un diente de leche.
Ya es una muela permanente, y lamento mucho que la hayamos descuidado tanto tiempo.
Es realmente culpa mía si no me fijé que tenía una cavidad y que era necesario emplomarla.
Ahora el dentista dice que hay que sacarla.
Llegaron a la calle, y Samuel seguía pensando en el lunes siguiente.
Volvió a hablar para preguntar:
- ¿No es como si le sacaran a uno un hueso del cuerpo?
- No digas tonterías – dijo la madre.
Déjate de imaginarte cosas terribles.
Nuestros dientes están como enganchados en el maxilar, y el dentista sabe cómo desengancharlos.
A ver si me hacer acordar que te cuente una historia esta noche antes de acostarte, una historia acerca de unos leones.
Esa noche, tan pronto como el niño estuvo listo para acostarse, su mamá vino a la pieza para asegurarse de que no se había olvidado de cepillarse los dientes, y él le dijo:

- ¿Me vas a contar ahora la historia de los leones?
- Muy bien
– contestó la mamá.
– Creo que no te causarán pesadillas.
Leí esa historia hace mucho tiempo en un libro muy antiguo llamado El viaje del Peregrino.
El Peregrino hacía un viaje hacia la santa ciudad, y el libro relata todos los peligros y dificultades que encontró en el camino.

En una parte que siempre he recordado, el Peregrino vio dos leones feroces que rugían al lado del camino por el cual debía pasar.
No tenía más remedio que seguir adelante, aunque temblaba de miedo.
Rogó a Dios que lo protegiese, y caminó hacia los leones.
¡Qué amenazadores le parecían!
“¿Y qué te parece? Cuando se acercó a los leones, vio que estaban encadenados y no podían acercársele.”
- ¡Qué suerte! – exclamó Samuel. – Me imagino que el Peregrino estaba contento.
La mamá siguió hablando:
- Muchas veces he pensado en esta historia cuando me hallaba preocupada por alguna cosa, o sentía temores.
Cuando llegaba frente a lo que temía, las cosas no eran tan graves como me habían parecido.
Los leones estaban encadenados.
El lunes siguiente por la tarde, Samuel no estaba muy animado cuando subía con su madre por el ascensor para llegar al cuarto piso donde estaba el consultorio del Dr. Laínez.

Este era muy amigable y mientras Samuel se instalaba en el gran sillón, le dirigió alguna broma acerca de los niños que comen tanto que se les desgastan las muelas.

- Vamos a mirar ese diente que no quieres más
– dijo el doctor mientras tanteaba en la boca del muchacho con instrumentos resplandeciente.
Samuel temblaba de miedo, el pensar en lo que el dentista iba a hacer.
Era algo que no le agradaba nada.
¡Cuánto deseaba entonces haber cuidado mejor sus dientes, cepillándolos después de cada comida!.
Mientras Samuel estaba así lamentándose y pensando, el Dr. Laínez iba preparando todo lo que necesitaba para sacar la muela.
Uno de sus instrumentos resbaló y le causó a Samuel un poco de dolor en la encía, pero el dentista dijo: “¡Ay!” e hizo un visaje antes que Samuel pudiese dejar oír una queja.

Luego el doctor se dirigió a la mamá y empezó a preguntarle a qué escuela asistía el pequeño paciente y qué juegos le gustaban más.
Samuel iba a explicarle todo eso cuando el dentista regresó para examinar otra vez la muela.
Alzó otro instrumento niquelado, y Samuel deseó que éste no le hiciese doler.
Lo siguiente que sintió Samuel fue un tirón fuerte en la cabeza, y el Dr. Laínez sostenía en alto una cosita blanca.

La mamá sonreía y decía:
- ¡Ya está!
No te dolió mucho, ¿no es cierto?
Cuando Samuel hubo terminado de escupir sangre, y pudo hablar dijo:
- Mamá, me parece que el león estaba encadenado.
- ¿Qué es eso de un león encadenado?
– preguntó el doctor, y la mamá le contó la historia.
Cuando estaban listos para salir, el dentista dijo:
- Adiós Samuel. Acuérdate de que en este consultorio siempre tenemos encadenados a los leones, así que no tengas miedo de volver.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 49

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:42 am

49. - “LAS MANOS MÁGICAS”

Tomás y Juanita sorprendidos y algo preocupados cuando papá, en vez de su mamá, los llamó para que se levantasen.
Era lunes de mañana, y generalmente a esa hora se sentía un rico olor proveniente del desayuno que se preparaba en la cocina.

- Mamá no se siente bien esta mañana
– explicó el padre,
- de tal manera que tendremos que preparar nuestro propio desayuno.

Eso de prepararse el desayuno les parecía interesante a los niños, de manera que saltaron inmediatamente de la cama.
Tomás no podía encontrar uno de sus calcetines marrones, y se puso uno azul en el pie izquierdo.
Juanita encontró dificultad para hacer una raya recta en su cabello y ésta quedó más bien torcida.

Cuando se hubieron lavado la cara, fueron apresuradamente a la cocina.
El padre estaba preparando algo en el sartén, pero los niños no podían ver de qué se trataba, porque salía bastante humo de la puerta del horno.

- ¡Oh, papá! ¡Se te está quemando el pan que tuestas!
– exclamó Juanita.
La niña abrió la puerta del horno y trató de sacar el pan.
- ¡Ay, ay, ay!
– Sollozó- me quemé la mano.
- ¡Cuánto lo siento querida!
– Contestó el padre, quien se veía en dificultades cada vez mayores
– y dirigiéndose a Tomasito, le dijo
– Ve a buscar el ungüento para quemaduras,
- mientras rociaba los huevos que había estado friendo con azúcar en vez de sal.
Tomasito se fue corriendo al botiquín.
Buscó y rebuscó, pero no pudo encontrar el ungüento.
Miró entonces en el cajón de arriba de la cómoda, donde se guardaban las toallas, y lo encontró, pues allí lo había dejado la semana anterior por descuido.
Después de mucha confusión, Tomás, Juanita y su papá se sentaron para desayunar.
El padre ofreció la oración de gracias y luego suspiró:
- No me había dado cuenta de cuántas cosas hace mamá para nosotros cada mañana.
- Sí y nosotros tres no alcanzamos a hacer lo que mamá hace sola
– convino Tomasito.
- ¡Mira qué hora es!
– advirtió Juanita.
– Si no nos apresuramos, llegaremos tarde a la escuela.
- ¡Qué barbaridad!
– exclamó el padre.
– No me daba cuenta de que era tan tarde.
Yo también debo apresurarme para ir al trabajo.
Tomó su sombrero, los niños buscaron sus mochilas, y los tres salieron “volando”.
Cuando Tomasito y Juanita regresaron a casa después de las clases esa tarde, miraron tristemente alrededor de ellos al entrar en la cocina.

Los platos del desayuno estaban todavía sobre la mesa, como los habían dejado.
En su apresuramiento para llegar a la escuela a tiempo, se habían olvidado de hacer sus camas.
Las hojas del diario de la noche anterior estaban desparramadas por el piso de la sala. Se sentaron y se miraron uno al otro.

- Me parece
– dijo Juanita con tono pesaroso,
- que tendremos que ponernos a limpiar la casa.
- Me parece que sí
– reconoció Tomasito con voz que no parecía muy alegre,
- y eso que yo quería ir a jugar a la pelota con Alberto y Alfredo.

Pero lo primero que hicieron fue ir a ver a la mamá con una sonrisa.
Le aseguraron que les había ido bien, y le dijeron que no se preocupara acerca de nada. Luego trabajaron como nunca lo habían hecho antes. Estaban por terminar sus tareas cuando el padre regresó a casa. Él abrazó los dos niños y juntos fueron a la pieza de la mamá, a la cual dijo:

- ¡Qué buenos hijos tenemos!
- Sí – contestó la mamá,
- estoy orgullosa de ustedes tres.
Ya me siento mejor y creo que me voy a levantar y prepararles la cena.
- ¡De ninguna manera!
– dijo el padre.
– Vamos a traerte un plato de sopa caliente para que comas aquí en cama.
Ya nos arreglaremos, ¿no es verdad niños?
- Claro que sí – dijo Tomasito – pero...
- Pero, ¿qué hijito? – preguntó el padre.
- Quiero decir algo a mamá a solas.
¿Te ofendes papá?
El padre sintió curiosidad, pero dijo:
- Por cierto que no.
Vamos Juanita, vamos a preparar la cena.
- Voy dentro de un minuto
– dijo Juanita seriamente.
– Yo también tengo algo que decir a mamá.
El padre dejó a los tres solos, y Tomas habló primero:
- Yo creo que tienes demasiado que hacer para una sola persona, mamá.
- Y nosotros podemos ayudarte de muchas maneras
– añadió Juanita.
- Yo puedo colocar los cubiertos en la mesa para cada comida
– se ofreció Tomasito.
- Y yo puedo sacudir el polvo, barrer y lavar los platos
– ofreció Juanita.
Había lágrimas en los ojos de la mamá cuando los besó y contestó:
- Gracias queridos.
Ninguna madre tuvo jamás manos tan mágicas para ayudarle.
Esa noche, cuando los niños se fueron a dormir, les dolían todos los músculos, y Tomás dijo bostezando:

- Creo que nunca he estado tan cansado.
- Ni yo tampoco
– contestó Juanita con voz soñolienta,
- pero creo que nunca me he sentido tan contenta.
¿Y tú Tomasito?
Tomás se sonrió y contestó:
- Pues a mí me pasa lo mismo.
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HISTORIAS INFANTILES PARA COMPARTIR DE DIOS CAPÍTULO 50

Mensaje por ZARGOTEAM el Vie 06 Dic 2013, 6:43 am

50. - “EL CANTO DEL CIELO”

Hace más de cien años vivía en los Alpes de Austria un hombre llamado José Mohr, quien dedicaba sus momentos libres a escribir poesías.

Un día de diciembre, se sentó a escribir una poesía sobre Navidad a la cual se le pudiera añadir música.

Un buen amigo suyo, Franz Gruber, era músico de talento y el Sr. Mohr decidió mostrarle su poesía.

Una fría noche de invierno los dos hombres se hallaban juntos, y el Sr. Mohr preguntó al Sr. Gruber si podría escribir una melodía para las palabras del nuevo poema.

Este miró las líneas e inmediatamente se puso a componer una música que se adaptara a las palabras.

La tocó varias veces, y cuanto más la tocaba, tanto más les agradaba a ambos.
Decidieron enseñarla a los niños del pueblo, y éstos la cantaron cuando se celebró el programa anual de Navidad en la iglesia.
Gustó a todo el pueblo y pronto se cantaba esta melodía por el valle.

Los habitantes de este valle de Zillertal no tenían mucho trato con el mundo, y durante muchos años este himno se cantó solamente entre ellos.
Pero era un himno demasiado hermoso para que se lo conociese en ese pequeño valle.

Los habitantes de dicho valle eran pobres, pero una de sus maneras de ganarse la vida era hacer guantes.
Cada año los llevaban a la feria de Leipzig, para venderlos.
Un año, por algún motivo, los guantes no se vendían tan rápidamente como de costumbre.

Los pobres campesinos tenían que quedar mucho más tiempo que antes, porque querían venderlos todos.
Hasta pidieron a sus hijos que es ayudasen a vender los guantes.
Por supuesto los niños hubiesen preferido ir a jugar, pero sabían muy bien que habría poco que comer durante el año siguiente si no se vendía la mercadería; y para empeorar las cosas, era un invierno frío, así que los niños no se sentían muy felices mientras estaban allí en los pabellones abiertos gritando todo el día: “¡Guantes, guantes, guantes para vender!”

¡Cuánto deseaban poder hacer algo que les mantuviese con calor y les ayudase a olvidarse de su nostalgia!
Decidieron entonces cantar, y eligieron el himno que les habían enseñado los Sres. Gruber y Mohr mucho tiempo antes en los Alpes.

No sabían qué nombre darle, pero como el Sr. Gruber les había explicado cuán rápidamente se le había ocurrido la melodía después de leer las líneas del Sr. Mohr, se les ocurrió que no habría ningún nombre mejor que el de “Canto del Cielo”.
De manera que se pusieron a cantarlo, y lo hicieron con muy lindas voces. Pero esto no parecía ayudarles a vender guantes.

Una noche, después de no haber vendido casi nada durante todo el día, estaban muy tristes.
Cuando estaban por cerrar el pabellón, un caballero alto y bien vestido acertó a pasar.
Los niños le mostraron los guantes con la esperanza de que compraría algunos, pero lo que le interesaba era el himno que habían estado cantando.

Nunca había oído un canto tal.
Compró algunos guantes para gran gozo de los niños, que pudieron entonces cantar mejor que antes.
Luego les preguntó si les gustaría cantar su himno en el salón más grande de la ciudad, en una oportunidad en que el rey y la reina vinieran a escucharlos.

Al principio, algunos de los niños pensaron que estaba bromeando; pero cuando vieron que hablaba en serio, se quedaron mudos de sorpresa.

El bondadoso caballero les aseguró que no necesitaban preocuparse por el resto de los guantes.

Los niños dijeron que primero tendrían que pedir permiso a sus padres; y éstos naturalmente estaban conformes.

Finalmente llegó el gran momento.
¡Qué lindo aspecto tenían las niñas en sus lindos vestiditos, y los muchachos con sus trajes pintorescos!
Pero, ¡cuánto temor sentían cuando pensaban en toda la gente que los iba a mirar, especialmente el rey y la reina de Sajonia!
¿Qué harían si se olvidaban de las palabras o de la tonada?
Una niña emitió una idea:
¿Por qué no cerrar los ojos mientras cantaban?
Así se imaginarían que estaban en su aldea, y no en un gran escenario.
Esto fue exactamente lo que hicieron, pero cuando al terminar oyeron los aplausos atronadores, tuvieron que abrir los ojos para asegurarse de que no estaban soñando.
No quedaron con los ojos abiertos durante mucho tiempo, pues la gente quería que siguiesen cantando.
Y el asunto no terminó con esto.
El alto caballero que los había escuchado aquella noche en la feria los invitó a ir al palacio real.

¡Qué emocionados estaban los niños al llegar allí, porque todo lo que habían
conocido en su vida eran las toscas cabañas del valle Zillertal donde vivían!

El rey y la reina fueron bondadosos con ellos y los interrogaron acerca de su vida en las montañas.

Antes que regresaran a sus casas, recibieron una invitación a volver y cantar nuevamente para la siguiente Navidad.

Cada año venían más personas a escuchar a estos niños campesinos cantar: “El Canto del Cielo”.
Pronto lo cantaban muchas otras personas de Europa y del mundo.
El himno se tradujo en muchos idiomas, hasta que hoy los mismos nativos de África y de las islas del mar lo saben también.
Son millones los que pensarían que la Navidad no está completa sin este himno, que ha llegado a ser su favorito.
Es el que empieza: “Noche de paz, Noche de amor.”
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