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¡Consolación!, Porque consuelo nos debemos

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Mensaje por Evangelista el Lun 26 Ago 2013, 11:05 pm



¡Consolación!, Porque consuelo nos debemos

La diferencia entre el incrédulo y el creyente Dios la ha subrayado como sigue:

Mientras el primero anda en la prosperidad material todo le sabe a bien, porque los medios materiales conforman su meta, pero cuando la bonanza comienza a marchitarse también se apaga su luz a falta de consuelo.

Porque como sabiamente escribió un buen amigo en sus notas tomadas del aprendizaje a su paso por la vida.

“No importa cuan roto esté tu corazón; el mundo no se detendrá a consolarte.”

No hay consuelo para el incrédulo, el mundo no le presta atención. En tanto que el creyente -que da gracias a Dios sin importar las circunstancias que lo rodea-, encuentra en cada paso que da el aliento consolador que lo impulsa a llegar a una meta segura.

A veces Dios permite que pasemos por momentos difíciles para mostrarnos el tipo de consuelo que necesita el caído, y que el creyente no debe ignorar para diferenciarse del mundo.

1 Corintios 1: 3-11


1:3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación,

1:4 el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios



1:5 Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación

1:6 Pero si somos atribulados, es para vuestra consolación y salvación; o si somos consolados, es para vuestra consolación y salvación, la cual se opera en el sufrir las mismas aflicciones que nosotros también padecemos



1:7 Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación.

1:8 Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida

1:9 Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos;

1:10 el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte;

1:11 cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a nosotros por medio de muchos.


Aun en el extremo caso que nos encontremos abandonados en medio de las aflicciones, Dios siempre tiene para nosotros un consuelo refrescante:

una palabra, una acción, un enviado especial, que de manera inesperada conviene en enjugarnos las lagrimas amargas que producen el abandono propiamente dicho y la desolación.

Las aflicciones son una compañera que también camina con el creyente, pero que no puede señorearse en él, porque por cada lágrima que éste derrame tendrá el correspondiente consuelo que da el Espíritu Santo como cumplimiento de la promesa de nuestro Señor Jesucristo para gloria y honra del Padre.

El hombre, por muy espiritual que se sienta, todavía posee una naturaleza carnal que en su fuero interno aun alberga ciertas dudas que afloran en los momentos difíciles.

Pablo, con sencillez, se hace explícito en este aspecto cuando nos narra cómo perdieron en el Asia la esperanza de conservar la vida en medio de grandes aflicciones.

Pero la palabra y la fe en Cristo se sobrepone a la duda cuando pedimos al Espíritu Santo que nos conduzca y nos fortalezca en tal estado de duda.

De otro modo ciertamente pereceríamos.



Salmos 46:1-3

46:1 Dios es nuestro amparo y fortaleza,

Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.

46:2 Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida,

Y se traspasen los montes al corazón del mar;

46:3 Aunque bramen y se turben sus aguas,

Y tiemblen los montes a causa de su braveza.

La palabra de Dios, en cualquier situación, es el consuelo propicio para aquél que pone su fe en ella.

Salmos 119 49-50

119:49 Acuérdate de la palabra dada a tu siervo,

En la cual me has hecho esperar.

119:50 Ella es mi consuelo en mi aflicción,

Porque tu dicho me ha vivificado.


Conclusión

La aflicción nos puede llegar por razones circunstanciales, por las consecuencias del pecado, o sencillamente porque Dios permite que la experimentemos por alguna enseñanza que a través de ella nos quiere dar para fortalecernos en la fe y para usarnos certeramente en la consolación a otros que sufren.

Cualesquiera que sean las razones por las que la aflicción nos llega,

para el que cree, siempre habrá consolación en Cristo Jesús

Juan 16:32-33

16:32 He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo.

16:33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción;

pero confiad, yo he vencido al mundo.

Esta promesa de Cristo es un consuelo en medio de la aflicción donde aun nos es posible tener paz si se puede creer.

Para los creyentes, ser consolados no basta, estamos llamados a reconfortarnos unos a otros porque consuelo nos debemos.


por Antonio J. Fernández




¡Consolación!, Porque consuelo nos debemos 12-08-10

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